El renacimiento de la esperanza

Al casi llegar a mis 92 años, he visto gobiernos buenos, regulares y desastrosos como los de Samper y, aún peor, el del “tartufo que esta semana termina y, ahora comprendo, el valor de la esperanza como soporte de la vida republicana. El cansancio acumulado por improvisaciones, promesas incumplidas, escándalos y corrupción, empieza a transformarse cuando regresa la confianza en las instituciones, la posibilidad de construir con seriedad y en medio del desencanto, la esperanza vuelve al corazón.

Renacer es un acto de supervivencia democrática cuando la gente decide que merece luchar por su futuro, exige resultados y rechaza la costumbre de vivir entre la frustración y la derrota; implica rebelarse contra la idea de que el deterioro es inevitable.

Durante este desgobierno, el país quedó atrapado en un ciclo ponzoñoso: indignación por lo destruido y resignación por lo que nunca se reconstruyó. Indignación por la corrupción, los escándalos, la incertidumbre y la ligereza con que se gobernó; resignación por las oportunidades perdidas y porque la política se convirtió en espectáculo; pero algo empieza a cambiar, la gente cansada del desorden ya no quiere discursos galácticos, solo soluciones; tampoco revoluciones improvisadas; quiere responsabilidad, orden, seguridad jurídica, instituciones que funcionen y un Estado que dé resultados.

En estas circunstancias la esperanza vuelve a tomar forma. Renace cuando la política deja de ser una tarima con presencia de criminales y vuelve a ser un instrumento de servicio. Renace cuando los discursos dejan de prometer y empiezan a hablar de trabajo, disciplina, acuerdos y límites. Renace cuando el debate deja de ser un campo de batalla y recupera su condición de espacio de construcción; cuando la polarización pierde atractivo y la sensatez recupera prestigio; cuando la sociedad comprende que ningún país sale adelante sin un propósito común.

La esperanza es la convicción de que la patria puede corregir, aprender y levantarse. Es entender que no necesita mesías, sino personas sensatas en el poder: dirigentes capaces de escuchar, gobernar y respetar las instituciones. Este país ha sobrevivido a la violencia, a las crisis y a sus propios errores; por eso esta esperanza no es un milagro repentino, sino una decisión, dejar de esperar que alguien más nos salve y asumir la tarea de salvarnos a nosotros mismos. Cuando esa conciencia despierta, la gente vuelve a creer y el país nace de nuevo.

También es indispensable que los rifirrafes en el Congreso cedan paso al debate serio, a la búsqueda de acuerdos, a la unión nacional y al respeto por las instituciones. Colombia necesita responsabilidad, no peleas inútiles, para avanzar en su recuperación. Lo contrario sería retroceder hacia un modelo que ya demostró su fracaso.

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¡Ojo con las elecciones de gobernadores y alcaldes del 2027! El comunismo no se deja derrotar fácil y como dice el refrían “no se para en pelos” para toda clase de triquiñuelas.

El Rincón de Dios

“Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.” Romanos 15:13

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