Bolívar cosecha lo que sembró

Gustavo Bolívar lloriquea porque algunos ciudadanos lo increpan en público y le hacen sentir el peso de la indignación nacional. Pretende aparecer como víctima de una supuesta intolerancia, cuando durante cuatro años fue uno de los más fervientes defensores del gobierno d Petro, untado hasta los tuétanos de corrupción.

Quien decide respaldar un gobierno de esa naturaleza no puede sorprenderse de que la ciudadanía le exija explicaciones. La sanción social aparece donde la justicia no actúa con la contundencia que el país espera. 

El reproche ciudadano, expresado de manera pacífica, constituye una forma legítima de exigir responsabilidades a quienes ejercieron el poder o contribuyeron a sostenerlo.

Bolívar carece por completo de autoridad moral para lamentarse. Hace tan solo cuatro años fue él quien convirtió el matoneo político en una estrategia de electoral. 

Encabezó una despiadada campaña de estigmatización contra la entonces ministra Karen Abudinen. La presentó ante la opinión pública como una corrupta, pese a que fue precisamente durante su gestión cuando se descubrió el multimillonario desfalco de Centros Poblados, se declaró la caducidad del contrato y se impulsaron las actuaciones que permitieron recuperar buena parte de los recursos apropiados por Emilio Tapia y su organización.

Esa realidad, no le importó a Bolívar quien prefirió acuñar un término devastador: «abudinear». 

Con una sola palabra consiguió que millones de colombianos asociaran el apellido Abudinen con el robo de los recursos públicos. No solo destruyó la reputación de una funcionaria absolutamente impecable. Fue mucho más lejos: convirtió el apellido de toda una familia en un sinónimo de corrupción.

¿Mostró entonces alguna preocupación por el daño moral que estaba causando? ¿Pidió prudencia? ¿Invocó el respeto por la honra de las personas? Jamás.

Por el contrario, hizo del señalamiento público, de la cancelación y del linchamiento político una de sus principales herramientas de combate. Alimentó el odio contra sus adversarios y jamás tuvo reparos en exponerlos al escarnio.

Por eso resulta incomprensible que hoy reclame para sí las consideraciones que nunca estuvo dispuesto a reconocerles a los demás.

Quien convirtió el matoneo en herramienta de acción política carece de autoridad para lamentarse cuando la opinión pública le cobra su propia factura.

Bolívar no está siendo señalado por militar en la extrema izquiera. Está siendo cuestionado por millones de colombianos que lo identifican como uno de los principales soportes políticos de un gobierno rodeado de escándalos de corrupción y responsable de un inmenso daño institucional. 

Ese «juicio político» podrá fastidiarlo, pero hace parte del mismo debate público que él contribuyó a envilecer.

Al decir popular, Bolívar está comiendo del cocinado que él mismo preparó.

Durante años sembró el matoneo, la cancelación, la estigmatización y el linchamiento de quienes pensaban diferente. Ahora cosecha exactamente aquello que ayudó a cultivar. 

Ese zascandil no tiene autoridad moral para quejarse. Mucho menos para presentarse como víctima de un fenómeno del que fue su principal arquitecto y uno de sus más entusiastas promotores.

@IrreverentesCol

Publicado: julio 13 de 2026

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