El patio del realismo mágico

El patio del realismo mágico

Cuando en la infancia se tiene un “patio” se comprende la dimensión del “realismo mágico”. El “patio” no es otra cosa que la asistencia multitudinaria de los amigos, la eterna algarabía de los primos. 

El asombro de ver crecer las hojas del árbol del “caucho”, que parecen vulvas de africanas. El mar atrás, sin cesar, roncando. El olor de las hierbas en la sopa. La mítica figura de la abuela y su máquina de coser “Singer”. 

El comadreo de las muchachas en el fragor de la cocina, y los fantasmas que se toman los árboles con la complicidad de la noche.

Cuando se ha vivido en la “universalidad” del caribe colombiano, es inevitable que el “realismo mágico” entre por las ventanas y se convierta en el aire que respiras. 

El “realismo mágico” no es más que el sincretismo y la multiracialidad del “hombre caribe”. De esa manera de ser que nos dejó el imperio andaluz, adobada con la religiosidad del africano y el misticismo milenario del indígena.

El “realismo mágico” es una forma de ser, exuberante y desmesurada, pero sobre todo divertida, solo para acabar con la apacible cotidianidad de las cosas y sacarlas del aburrimiento de la vida diaria.

El “realismo mágico” no es siquiera un estilo literario, ni un forma de escribir, sino una manera de vivir, para salirse del fastidio, de la monotonía, para mitificarla y convertirla en un modo de vida que no se parezca a la tediosa realidad.

Pero la importancia del “realismo mágico” es haber develado algo que ya todos sabíamos. Gracias a García Márquez, la “literatura caribe” tiene una identidad, y dejo de ser ese híbrido de la literatura universal. Pero lo interesante es que nos identifica a todos y por eso cala tan profundo.

Cuando se emprende el apasionante oficio de escribir se llega con facilidad a ello, porque así somos, porque el “patio” en que crecimos se convirtió en el crisol que forja todas las cosas.

Basta con leer algunos versos de Raúl Gómez Jattin para ver fluir inesperadamente y aparece en sus poemas cereteanos. Acaso no fue el legendario Juancho Arango y su manera de ser parecido al “realismo mágico”. O los cuenteros de velorios en los pueblos del caribe colombiano no lo son acaso, o Joaquín Lucío, el peluquero de Calamar, es quizás el precursor de esa manera de contar las historias. 

No es potestad única de un solo hombre o de un escritor. Es la manera de ser de un pueblo. Por eso cualquiera puede enmarcarse en esa “realidad” que sale de las entrañas, que llevamos en el alma, que está en todas partes, y que es inevitable, porque uno es como uno escribe o uno escribe como uno es. 

Por eso decía García Márquez: “yo no inventé el ‘realismo mágico’, solo soy un notario de la realidad”.