Viento de loma, cálido arrullo de la paloma

Como en los sentidos versos de Homero Manzi, el ambiente que hoy respiramos en nuestro país suscita buen ánimo sobre los tiempos venideros, bajo la guía de gobernantes que inspiran respeto y confianza por la dignidad y la responsabilidad con que han iniciado la conducción de la república. Lejos estamos al parecer de las miasmas que nos tenían sofocados bajo el desgobierno del Astado y la hez que lo rodeaba. 

Pero el entusiasmo hoy reinante no debe de inducirnos a olvidar que el nuevo gobierno ha recibido un país al borde de la ruina desde todos los puntos de vista. Por donde se la mire, la herencia de esa cauda de truhanes asusta y obliga a poner los pies sobre la tierra.

La tarea que le espera al Tigre es descomunal y requiere el apoyo decidido de todos los colombianos de buena voluntad. Es indispensable unir esfuerzos alrededor de la coalición que lo respalda en el congreso, limando asperezas y superando fisuras que en mala hora han venido apareciendo.

Estoy enteramente de acuerdo con el senador Rafael Nieto Loaiza cuando advierte sobre la necesidad de que las relaciones con el congreso se adelanten reconociendo que es la corporación que representa los diversos y complejos matices de nuestra sociedad.

El finado Luis Carlos Galán, que enarboló las banderas de la lucha contra la corrupción política, reconocía que en el congreso se contaba con personas, excelentes, buenas, regulares, malas y pésimas. El Astado, que se formó en los tragadales de la delincuencia política que defendía dizque en aras de la justicia social, se inclinaba por atraer a esas últimas categorías. Ahora lo que toca es convocar a la excelencia para contar con sus luces en pro de la reconstrucción de Colombia.

No podemos ignorar que, en ausencia de partidos fuertes como los había en el pasado, hoy la gobernanza requiere configurar coaliciones que agrupan tendencias disímiles que suelen ligarse por intereses coyunturales. El manejo de esa diversidad exige mucho tacto de parte de los llamados a conducirla. Todo político aspira a incrementar su poder y es frecuente que en una coalición trate de lograrlo a costa de sus aliados ocasionales. En el caso presente, hay un conjunto que sobresale por su nivel de votación, el Centro Democrático, y no resulta extraño que otros de menor entidad traten de cobrar relevancia a sus expensas. Esa actitud debilita la coalición y mina los esfuerzos que demanda la tarea común.

Aunque es dudoso que la partición casi que por mitades que se puso de manifiesto en la contienda presidencial se mantenga vigente, hay que admitir que por lo menos cerca de un 40 % de la opinión podría conservar su apoyo a la tendencia comunista que solapadamente dirigen el extravagante Astado y su oscuro carnal Cepeda. Es de esperar que esa tendencia vaya debilitándose a medida que el buen gobierno del Tigre muestre sus frutos, pero de todas maneras es indispensable prestarle atención, máxime si se considera la cercanía de las elecciones del año entrante. Ya lo he dicho en otras ocasiones: se trata, como en una célebre película mexicana, de dos tipos de cuidado. El primero de ellos es un agitador irresponsable que busca tensar las cuerdas más oscuras y pugnaces del resentimiento popular. Lo ha hecho con éxito en un pasado reciente y podría ensayarlo de nuevo. El segundo es un tenaz odiador, como lo demuestra la implacable e injusta persecución judicial que a lo largo de varios años ha desatado contra el expresidente Uribe en venganza por haber arrinconado a sus amadas Farc. Son dos energúmenos que suscitan las fuerzas del Averno. Hay que darse la bendición cuando se los menciona.

En síntesis, al optimismo que han traído consigo los inicios del actual gobierno se hace menester rodearlo de buenas dosis de sentido de la realidad política. No hay que olvidar que la política se adelanta primero que todo con base en hechos que, como decía Lenin, son tozudos.

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