Plinio llegó a puerto

Por José Obdulio Gaviria

Plinio Apuleyo Mendoza llegó a puerto. Se ha apagado la voz más lúcida, valiente y generosa del periodismo, la literatura y la política colombiana. El vacío que deja su partida deberá llenarse con memoria agradecida. 

Siendo aún treintañeros —García Márquez, Plinio y Vargas Llosa—, se hicieron amigos entrañables. Los unía la genialidad, la pluma esplendorosa, la militancia de izquierda, la voluntad de poder y una curiosidad infinita por conocer y escribir sobre la condición humana.

Se conocieron en el París de los años cincuenta, en un Barrio Latino de buhardillas, cafés y discusiones interminables. García Márquez y Plinio se reencontraron allí después de haberse cruzado en Bogotá y Vargas Llosa se sumó a esa cofradía del boom que soñaba con transformar América Latina desde la palabra y desde la política.

Los tres miraron hacia La Habana con entusiasmo. Fidel Castro, barbudo comandante de una revolución que parecía fresca y antidogmática, los sedujo. Plinio dirigió la oficina de Prensa Latina en Colombia (1959-1961), órgano de difusión de la revolución latinoamericana, y vinculó a García Márquez. Vargas Llosa, desde su propia trinchera, compartió durante un tiempo esa ilusión. Cada uno cultivó de manera distinta su relación con Fidel, Raúl y el Che. Plinio y Gabo vivieron de cerca los primeros años de euforia. Pero la realidad golpeó: la persecución a los homosexuales, la supresión de toda libertad para quien no fuera marxista ortodoxo, el control absoluto sobre la cultura y, sobre todo, el caso Padilla de 1971. 

El poeta Heberto Padilla, forzado a una autoinculpación pública, se convirtió en el símbolo de la asfixia. Vargas Llosa fue el primero en romper con claridad y firmeza y Plinio lo acompañó: juntos impulsaron la revista Libre en París y encabezaron el movimiento de protesta de los intelectuales contra Castro. García Márquez, en cambio, permaneció al lado de la dictadura.

La amistad entre los tres se tensó. Plinio y Gabo mantuvieron siempre su sociedad de poetas vivos pero confrontaron en la ideología; Vargas Llosa y Plinio se convirtieron a las ideas liberales y militaron en ellas con la misma pasión con que antes habían abrazado el pensamiento de izquierda. Una sociedad de tres genios se transformó en dos sociedades de dos, y el factor común fue siempre Plinio.

Los escritos de Plinio y Vargas Llosa se volvieron trompetas de la libertad, la democracia y la dignidad individual. Por la grandeza de ambos como escritores y por la claridad de su pensamiento, fueron —y siguen siendo— los más esclarecidos difusores y defensores de las ideas liberales en el mundo de habla hispana.

¿Por qué Plinio fue el único de los tres amigos que no recibió el Nobel? 

Especulemos: su vida fue extraordinaria y debió ser la inspiración para escribir la gran novela fundamental que, como Cien años de soledad para García Márquez o Conversación en La Catedral para Vargas Llosa, hubiera hecho que el conjunto de su obra mereciera el premio máximo de las letras. Narrada con la maestría con que escribió las vidas ajenas, su propia biografía habría sido imposible de olvidar.

Su obra lo demuestra. En Años de fuga narra el desencanto de los intelectuales de la izquierda latinoamericana; en El olor de la guayaba recoge sus conversaciones íntimas con García Márquez; en Gabo: cartas y recuerdos, en Retazos de una vida y en tantos ensayos y crónicas hay una lucidez y una elegancia que nada desmerecen frente a la de sus dos amigos. 

Pienso que Plinio tuvo a la mano el Nobel si hubiera convertido su propia biografía en literatura. Fue tan intensa que parece inventada. El más importante líder político colombiano del siglo XX fue Jorge Eliécer Gaitán. El padre de Plinio era su gran amigo. El 9 de abril de 1948, cuando el caudillo cayó asesinado, el padre de Plinio estaba cerca y el joven Plinio Apuleyo acompañaba ese momento trágico que cambió para siempre la historia del país. Años después, en su etapa de revolucionario, fue el amigo cercano del padre Camilo Torres, figura central en los orígenes de esa organización. 

Antes de la Revolución Cubana, viajó con García Márquez por los países del Este. Regresaron desengañados del socialismo real. Ese desencanto se profundizó con Cuba: la persecución, la falta de libertades, el caso Padilla. Su valentía para encabezar, junto a Vargas Llosa, el movimiento de protesta contra Castro y el Che por la conculcación de las libertades fue un acto de coherencia intelectual de primer orden. Poco a poco se alejó de las corrientes marxistas hasta adoptar una clara posición anticomunista y democrática. 

En la primera década del siglo XXI se produjo su encuentro con Álvaro Uribe. Plinio se vinculó de manera estrecha a la formulación y defensa de la política de Seguridad Democrática. Fue incondicional de ese cuerpo de doctrina. Defendió la legitimidad del Estado colombiano con la misma pasión con que siempre cuestionó las tiranías.

En el debate nacional e internacional se convirtió en una de las voces más representativas de las ideas uribistas. Acompañó seminarios y foros del Centro de Pensamiento Primero Colombia. Se batió con elegancia y firmeza contra los predicadores de la “justicia en la causa” que presentaban la violencia como instrumento de liberación del pueblo colombiano, actitud intelectual mayoritaria entre pensadores y políticos de su generación. El maestro renegó de la corriente justificadora de la “lucha armada” en Colombia. Prefirió la verdad incómoda a la comodidad de los lugares comunes.

Hoy, mientras el país lo despide, propongo dos gestos concretos de memoria: que el partido Centro Democrático dé su nombre a la biblioteca de la sede de la colectividad, y que la bancada del Concejo de Bogotá proponga que una institución educativa del Distrito lleve el nombre de Plinio Apuleyo Mendoza. Será una forma justa de reconocer a quien dedicó su vida a las letras, a la libertad y a Colombia. Paz en su tumba.

@IrreverentesCol

Publicado: julio 30 de 2026

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