La farsa de «la desobediencia civil pacífica»

La farsa de «la desobediencia civil pacífica»

El senador Iván Cepeda ha convocado a una “resistencia civil pacífica” o “desobediencia civil pacífica” frente a la inminente posesión del presidente electo Abelardo de la Espriella.

Con esta retórica, condiciona el reconocimiento de una autoridad legítimamente constituida por el voto popular a caprichos personales y exigencias extraconstitucionales. No se trata de un ejercicio de conciencia moral, sino de un artificio retórico que merece ser desenmascarado con la verdad histórica y constitucional.

Recordemos el origen noble de estos conceptos. Henry David Thoreau, en su ensayo Resistencia al Gobierno Civil (1849), más conocido como Desobediencia Civil, planteó el deber individual de no colaborar con leyes manifiestamente injustas, como las que sostenían la esclavitud o una guerra de conquista. Su acto fue individual, pacífico y acompañado de la aceptación plena de las consecuencias legales. Nunca propuso un alzamiento contra la autoridad legítima, sino una desobediencia personal y consciente. Lo expresó de forma elocuente: «Bajo un gobierno que encarcela a cualquiera injustamente, el verdadero lugar para un hombre justo es también la prisión». En una idea que tiene aires del ejemplo de los protomártires cristianos frente a las leyes del imperio romano.

De Thoreau derivaron inspiración Gandhi y Martin Luther King Jr., quienes lideraron movimientos masivos contra opresiones evidentes: el colonialismo británico y la segregación racial en Estados Unidos. En ambos casos, la resistencia y la desobediencia civil fueron herramientas contra males morales indiscutibles, nunca contra el resultado de urnas limpias en una democracia.

El llamado de Cepeda no surge de una injusticia comparable a la esclavitud o la dominación extranjera, sino del simple desacuerdo político con un gobierno electo democráticamente. Invocar a Thoreau, Gandhi o King en este contexto es un abuso conceptual típico de ciertos sectores. Lo que realmente propone es una profundización de la rebelión política, figura delictiva en la que se amparan las FARC y el ELN, históricamente acompañada de crímenes de sangre, secuestros y terrorismo. Como lo expresó sin rodeos una dirigente de la JUCO: “Sí, somos una plaga, y vamos a hacer a Colombia invivible”.

No es casualidad que Cepeda se identifique, en el imaginario colectivo y en su trayectoria, con las huestes que representaron Iván Márquez, Jesús Santrich y Alfonso Cano. Cuando alguien con esos ecos históricos habla de “desobediencia civil pacífica”, las palabras suenan a eufemismo. Detrás de la supuesta paz verbal y de la “paz total” asoma la llama incendiaria: el mismo discurso que justifica la violencia bajo banderas de “resistencia” y que pretende encubrir con retórica civilizada lo que en los hechos ha significado rebelión armada.

La desobediencia civil genuina no deslegitima de antemano al vencedor electoral ni condiciona la transición democrática a exigencias imposibles. Eso no es resistencia; es insubordinación institucional disfrazada de virtud cívica. Es la antesala del “estallido social” liderado por quienes están incursos en el delito de rebelión, tal como lo demostró ya la justicia colombiana.

En una democracia, el camino correcto ante la derrota es la oposición republicana, el control político y el debate dentro de las instituciones, no el anuncio previo de que no se reconocerá al gobernante electo.

Colombia ha sufrido mucho con la confusión entre palabras pacíficas y hechos violentos. Quienes, como Cepeda, predican la “resistencia” bajo ropajes suaves nunca han aceptado que la verdadera paz y la verdadera democracia se construyen respetando el veredicto de las urnas, no amenazando con desconocerlo. La conciencia moral no se invoca para justificar la rebelión; se ejerce acatando la ley y trabajando dentro de ella para mejorarla. Tal como hicimos los uribistas frente al horroroso gobierno de Gustavo Petro, al que siempre le reconocimimos legitimidad de origen, tanto que el presidente Uribe aceptó reunirse con él y le dio el trato de “señor presidente”, al mejor estilo de los grandes políticos anglosajones. Petro nunca fue capaz de entender eso.

Cualquier otra cosa es, simplemente, la vieja rebelión de siempre con un nuevo nombre.

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