En Colombia, los candidatos presidenciales no están obligados a debatir. Ese hecho marca la pauta. Los debates forman parte de la campaña, pero su impacto real es limitado. Rara vez logran que un elector cambie su voto. Las posiciones ya están definidas y las afinidades consolidadas. Lo que lo que los debates sí producen es otra cosa: reafirman convicciones, activan a los seguidores y elevan la intensidad entre quienes ya están comprometidos con una candidatura.
En esta campaña, pensar que un simpatizante de Iván Cepeda va a terminar votando por Abelardo De La Espriella por cuenta de un debate —y viceversa— es simplemente desconocer cómo funciona la política real. Ese tránsito no existe. Ese voto no se mueve. El terreno donde hay disputa es otro: el de quienes comparten un mismo espacio ideológico y compiten por el mismo electorado, donde un acierto suma y un error castiga implacablemente. En esta campaña ese pulso es claro: Paloma Valencia frente a Abelardo De La Espriella.
Esa es la verdadera competencia. Y ahí es donde «El Tigre» tiene que hacerse la pregunta clave: si le conviene exponerse. Muchos que antes respaldaban a Paloma Valencia hoy están con él. Ese traslado responde a una afinidad clara. Perciben que la línea dura, la confrontación directa contra el crimen y la claridad en el discurso se expresan mejor en su candidatura. Valencia optó por una campaña apoyada en postulados que evidentemente se apartan de la tradición uribista. Ese espacio, indiscutiblemente, no quedó vacío: fue ocupado por De La Espriella.
Tan evidente es el trasvase de votos que en la campaña de Paloma se siente. Y el presidente Uribe, en sus últimos videos, deja ver algo de esa inquietud. Es la reacción de quien está en contacto permanente con la gente y empieza a constatar que una parte de quienes antes lo seguían, hoy se inclina por la propuesta de Abelardo.
Con esa ventaja, la regla es elemental. Quien va arriba se cuida. La elección se define a favor del que cometa menos errores, no por el que sume más aciertos. Un debate, en estas condiciones, expone más de lo que aporta. Un desliz, una frase mal calibrada, una reacción fuera de lugar, y se pierde lo que ya estaba ganado. En una disputa dentro del mismo espacio, eso pesa mucho.
Ahora bien, si se mira desde la puesta en escena, un cara a cara entre «El Tigre» e Iván Cepeda sería de antología. De un lado, un defensor a ultranza de las libertades; del otro, un comunista. Dos visiones incompatibles y dos formas de asumir la política que no admiten confusión.
«El Tigre» juega en su terreno: domina el lenguaje, responde con rapidez, impone el ritmo e instala ideas. No depende de apuntes ni de libretos. Cepeda, en cambio, muestra lo contrario: se le dificulta la improvisación, se aferra a papeles y es incapaz de sostener una frase de tres segundos sin leer. En un cara a cara, la diferencia sería ostensible
Estaríamos presenciando un duelo de alto voltaje, no por traslado de votos, sino por el impacto que deja. Un choque frontal en el que uno marca el paso e Iván Cepeda reacciona. Un escenario donde la palabra define quién lleva la ventaja. Y ahí la diferencia saltará a la vista.
En consecuencia, Abelardo debería pensar muy bien antes de exponerse frente a Paloma Valencia. Si lo hace, sabe lo que viene: ataques directos, desgaste innecesario y una disputa dentro del mismo campo que no le suma. La pelea de fondo no está ahí. Está frente a Cepeda. Ese es el escenario donde vale la pena ir de frente.
Ese eventual debate se constituiría en una bella, bellísima oportunidad para desnudarlo de una vez y para siempre ante Colombia y el mundo. Que se sepa la calidad de comunista que es. Que se vean, sin matices, sus alianzas con el crimen organizado. Que los ciudadanos entiendan que no están ante un simple hombre de izquierda, sino ante un estalinista de estos tiempos, frente al que Chávez, Castro, Petro y demás yerbas del pantano se ven como inofensivas figuras menores.
Aquel careo dejaría un contraste imposible de ignorar. Sirve para que los indecisos entiendan qué está en juego. Para que sepan que la segunda vuelta se moverá entre dos opciones antagónicas. De un lado, Abelardo De La Espriella, como expresión del orden y las libertades. Del otro, Iván Cepeda, como representación de lo contrario. Ahí está la línea. Y cada quien sabrá de qué lado pararse.
Publicado: abril 21 de 2026
