«¿Por qué me pegas?»

«¿Por qué me pegas?»

En estos días en que los cristianos contemplamos la Pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, hay escenas que no solo se recuerdan: se sufren. Hay palabras que no solo se leen: atraviesan el alma. Entre todas ellas, hay una que, por su desnudez, por su humanidad herida y por su profundidad divina, resuena con una fuerza que no se apaga con los siglos.

Se encuentra en el Evangelio de Juan. Jesús ha sido arrestado. Ha sido llevado ante Anás. Está rodeado de hombres que no buscan la verdad, sino una excusa. Está de pie, solo, en medio de la hostilidad. No hay equilibrio, no hay justicia, no hay escucha. Y entonces ocurre.

Uno de los guardias, sin razón, sin argumento, sin necesidad, levanta la mano y lo golpea.

Más que un golpe físico, es la expresión más cruda del poder mal usado. Es la violencia del que puede frente al que está reducido. Es el gesto antiguo y repetido de la humanidad cuando deja de reconocer la dignidad del otro. 

Jesús, Dios hecho hombre, recibe el golpe. Y lejos de reaccionar con ira, sin amenaza alguna, sin desplegar su poder, pronuncia una pregunta: «Si he hablado mal, declara ese mal; pero si tengo razón, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23).

Ese «¿por qué me pegas?» no es una defensa. Es una revelación. Es la voz de la inocencia golpeada. Es la dignidad que no se rinde. Es la verdad que no necesita gritar para imponerse. En esa pregunta cabe todo el dolor del mundo.

Porque no es solo Cristo quien la pronuncia. Es cada hombre, cada mujer, cada ser humano que ha sido humillado injustamente. Es el débil frente al abuso. Es el inocente frente a la arbitrariedad.

«¿Por qué me pegas?» No hay respuesta. Nunca la ha habido.

El que golpea rara vez sabe por qué. O, si lo sabe, no puede justificarlo. La violencia, cuando se desnuda, revela su vacío. No tiene razón suficiente. No tiene verdad. Solo tiene fuerza.

Y, sin embargo, frente a esa fuerza, Cristo no opone otra fuerza.

Esto es lo que desarma. Esto es lo que hiere el corazón del que contempla la escena con sinceridad.

Porque Él podía evitarlo. Podía detener aquella mano antes de que tocara su rostro. Podía responder con un solo acto de su poder divino. Podía hacer justicia en ese instante. Pero no lo hace. Acepta el golpe. Acepta la vejación. Acepta la aparente impotencia, y no porque sea débil, sino porque ama.

Ese «¿por qué me pegas?» está sostenido por un amor que no se defiende a sí mismo para poder salvar al otro. Incluso al que golpea.

Es una pregunta que no busca explicación, sino conversión.

En la figura del criado de Anás que se atreve a golpear al Señor —como lo describe el profesor de la Universidad de Navarra Federico Suárez en su libro La Pasión de nuestro Señor Jesucristo— se retrata un tipo humano que atraviesa la historia: «obsequioso con los de arriba, duro e inmisericorde con los de abajo; adulador con los que pueden beneficiarle, despótico con los que no tienen nada; capaces de soportar humillaciones de los poderosos hasta la abyección más indigna, pero soberbio con los débiles o los humildes». Y es precisamente ante ese rostro deformado de la condición humana donde la palabra de Cristo adquiere toda su fuerza: en medio de la violencia, no acusa, sino que despierta; no aplasta, sino que interpela. Es como si, con esa pregunta, abriera un espacio para la conciencia, obligando a quien golpea —y a cada uno de nosotros— a mirarse por dentro, a detenerse, a reconocer la verdad de lo que está haciendo.

Pero el golpe ya ha sido dado.

Y el silencio que sigue es más elocuente que cualquier respuesta.

Ese silencio recorre la historia.

Está en cada injusticia que no encuentra explicación, en cada abuso que queda impune, en cada lágrima que no recibe consuelo inmediato.

Sin embargo, en ese mismo silencio, la palabra de Cristo permanece: «¿Por qué me pegas?»

Lejos de ser un reproche, es una luz que revela quién es verdaderamente fuerte: no es el que golpea, sino el que, pudiendo hacerlo, no devuelve el golpe. El fuerte es el que permanece en la verdad cuando todo alrededor es mentira. El fuerte es el que sostiene la dignidad incluso cuando es envilecido.

En ese momento, Jesús no pierde nada. Ni su autoridad, ni su identidad, ni mucho menos su dignidad. Ahí es cuando nos muestra lo que es Él: Dios que ama hasta el extremo. Un amor que no responde al mal con mal, que no se defiende destruyendo, que, incluso herido, sigue preguntando… y esperando: «¿Por qué me pegas?».  

Tal vez, al final, ese «¿Por qué me pegas?» no es una palabra dirigida a quien levanta la mano, sino la expresión de un dolor profundamente humano que Cristo quiso asumir hasta el fondo. Es la pregunta que brota cuando alguien es tratado injustamente, cuando es pisoteado sin motivo, cuando no encuentra razón en el mal que recibe. En ella no hay rebeldía ni resistencia violenta, sino una entrega que desarma: la de quien acepta ser herido sin dejar de amar. Ahí se revela el anonadamiento de Cristo, su decisión libre de descender hasta lo más bajo de la experiencia humana, hasta ese lugar donde el hombre solo puede preguntar y no obtiene respuesta. Y es precisamente desde ahí, desde esa herida abierta y sin explicación, donde Él abraza todo el dolor injusto y lo convierte en camino de redención. 

Publicado: marzo 31 de 2026

@IrreverentesCol