Sin aflojar

Sin aflojar

Aunque es un lugar común, no está de más recalcarlo: la confianza y el triunfalismo son letales para las campañas políticas. 

Es cierto que Abelardo De La Espriella lidera todas las encuestas; es cierto que hay un ambiente de opinión pública muy favorable; es cierto el pánico que produce una eventual victoria del candidato stalinista; pero también es cierto que el régimen socialcomunista colombiano ve a estas elecciones como un asunto de «supervivencia», razón por la que los principales lugartenientes de Petro están haciendo hasta lo imposible por entronizar a Cepeda en el poder. 

Esa «supervivencia» no es personal. Ellos conocen esa realidad. Sus vidas no corren riesgo, pero sí su libertad. Con De La Espriella en la presidencia ellos saben que tendrán que responder ante el país, pero puntualmente ante la administración de justicia por los saqueos que cometieron, por sus alianzas con el terrorismo y por su participación en estructuras narcotraficantes. Sujetos como Armando Benedetti, el epítome de la corrupción y de la degradación, buscan impedir, al precio que sea, la victoria del Tigre.

Echandía afirmaba que cuando un partido distinto ganaba las presidenciales, temblaban hasta los porteros. Ahora, los que tienen que temblar son los maleantes que integran esa estructura delincuencial llamada «petrismo». 

Faltan pocos días para las elecciones. Hay que concurrir masivamente a votar. Sin relajamiento ni confianza. Olvidar el resultado de la primera vuelta, y entender que el ballotage es una campaña completamente diferente en la que se arranca desde cero. Los demócratas colombianos están enfrentando al mal radical, al hampa, al narcoterrorismo. En consecuencia, es necesario hacer campaña hasta el último minuto, convenciendo indecisos, atrayendo abstencionistas y ratificando a los convencidos. La victoria ha de ser incontrastable.

Que nadie se deje amedrentar por las amenazas de violencia que están difundiendo los más beligerantes lugartenientes de Petro, que increíblemente no han sido reducidos por la justicia colombiana que, al parecer, está concentrada en fallar tutelas impidiendo el saludo militar o el uso de la camiseta de la selección de fútbol. 

Valga insistir en una idea central: hay que ganar ampliamente. La diferencia debe ser tan contundente que no deje espacio para maniobras, artificios ni cuestionamientos. En momentos como este, una victoria estrecha es un aliciente para que la plaga socialista desate una brutal conflagración. 

La prudencia indica que hay que prepararse para lo que vendrá después del día de las elecciones cuando se verá la ira y el resentimiento petrista en acción, luego los defensores de la democracia deberán mantener la determinación de defender su victoria con los mismos bríos que exhibieron durante las elecciones. 

La corrección política enseña que en unas elecciones democráticas no hay vencedores ni vencidos. En la situación actual de Colombia, esa premisa es falsa. Sí debe haber vencedores y sí debe haber vencidos. Por eso, resulta indispensable que la victoria sea tan contundente que los derrotados comprendan que su época ha terminado. Que se acabó la impunidad, se acabó la intimidación, se acabó el saqueo, se acabó la utilización del Estado como instrumento de enriquecimiento, persecución y complicidad criminal. 

Es necesario que los grandes vencedores en las elecciones les notifiquen a los vencidos que Colombia ha decidido expulsarlos del poder y enviarlos al único lugar en el que merecen estar: los estrados judiciales, los banquillos de los acusados y, por supuesto, el basurero de la historia nacional. Ha llegado la hora de la rendición de cuentas. 

@IrreverentesCol

Publicado: junio 17 de 2026

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