El asalto de una turbamulta comunista a la residencia del expresidente Álvaro Uribe Vélez constituye un episodio de una gravedad inaudita que Colombia no puede permitirse trivializar. Afortunadamente no ocurrió una tragedia. Pero el simple hecho de que una horda enardecida hubiera logrado llegar hasta la casa de habitación de un expresidente de la República ya representa una señal alarmante sobre el nivel de degradación política al que está descendiendo el país.
El derecho a la intimidad y a la tranquilidad del hogar es inviolable para todos los ciudadanos, incluido naturalmente el presidente Uribe. Resulta sencillamente inadmisible que su residencia hubiera sido accedida por unos hampones fanatizados poniendo en grave riesgo la integridad de doña Lina Moreno, quien se encontraba sola dentro de la vivienda. Hay límites elementales que una sociedad civilizada no puede permitir que sean sobrepasados sin empezar a deslizarse hacia formas abiertas de barbarie.
Es inevitable preguntarse dónde estaba la fuerza pública cuya misión consiste precisamente en proteger la seguridad del expresidente y de su entorno familiar. ¿Cómo fue posible que la gentuza llegara hasta la residencia? ¿Hubo acaso una orden superior para que los uniformados desatendieran la protección del lugar? Son interrogantes demasiado delicados como para ser despachados con explicaciones burocráticas o con silencios administrativos.
Debemos atender este antecedente con toda la gravedad que corresponde. Porque aquí no solamente ocurrió un episodio de hostigamiento contra un dirigente político. Lo verdaderamente inquietante es la notificación mafiosa que deja este hecho sobre lo que podría padecer Colombia en un eventual gobierno de Cepeda. Lo ocurrido frente a la residencia del doctor Uribe constituye un abrebocas del tipo de intimidación que el comunismo suele incubar allí donde ejerce el poder.
Con los comunistas al frente, las calles colombianas podrían terminar convertidas en territorio de grupos de choque disfrazados de manifestantes espontáneos. Primero señalan al enemigo, luego lo acosan y finalmente buscan sembrar terror para que el resto de la sociedad «escarmiente». Así son. Brutales, despiadados, infames, canallas, desgraciados, inhumanos. Se trata de seres de la peor catadura moral.
Los comunistas jamás se conforman con derrotar políticamente a sus adversarios. Necesitan intimidarlos, silenciarlos, humillarlos y convertirlos en enemigos públicos. Cuba, Venezuela y Nicaragua son prueba suficiente de ello. Y Colombia, bajo un gobierno de Cepeda, podría terminar padeciendo una versión tropical de aquellas viejas camisas pardas que en la Alemania de los años treinta se encargaban de sembrar miedo, intimidar opositores y tomarse las calles bajo la fachada de militancias populares espontáneas.
Por eso lo ocurrido frente a la residencia del presidente Uribe debe entenderse como una advertencia seria y no como una simple anécdota de campaña. Es muchísimo lo que está en juego. Colombia todavía está a tiempo de evitar caer en manos de un proyecto inspirado en el resentimiento, la intimidación y el fanatismo. Hay que derrotar políticamente a Cepeda y evitar a toda costa un gobierno suyo. Porque un régimen comunista encabezado por él sería, para millones de colombianos de bien, aquello que describe el pasaje bíblico: un verdadero crujir y rechinar de dientes.
Publicado: mayo 20 de 2026
