La crispación política no debería sorprender a nadie. Todas las campañas electorales despiertan pasiones, exacerban emociones y llevan a las personas a defender con vehemencia aquello en lo que creen. La política tiene esa naturaleza. Pensar que en una época en la que millones de ciudadanos tienen acceso permanente a las redes sociales las campañas van a desarrollarse en un ambiente frío, distante y clínico, es simplemente ingenuo. Donde no ocurre eso es en las dictaduras, en los regímenes de partido único, donde la gente aprende a callar y a inclinarse reverencialmente ante el poder porque disentir tiene consecuencias letales. Las democracias hacen ruido y las dictaduras imponen silencio.
Eso no significa que todo valga ni que la política tenga que convertirse en un lodazal permanente. Pero sí obliga a entender que la controversia hace parte de la democracia y que las campañas, por definición, tensionan a las sociedades. Así ha ocurrido siempre. Lo que cambia hoy es la velocidad y el alcance. Antes las disputas quedaban encerradas en los cafés, en los directorios políticos o en las páginas de opinión. Hoy ocurren en tiempo real frente a millones de personas y con ciudadanos que viven cada elección como si fuera una batalla definitiva, porque al fin y al cabo la controversia política no es una enfermedad de la democracia, sino una de sus pruebas de vida.
También hay una exageración evidente en quienes creen que estas confrontaciones desembocan necesariamente en enemistades eternas. La experiencia demuestra exactamente lo contrario. La mayoría de esas pasiones son transitorias. El día después de las elecciones todo empieza lentamente a volver a la normalidad. Los insultos, las ofensas y las humillaciones terminan perdiendo intensidad. Quizás dejan cicatrices y ciertos resentimientos. Pero la política sigue moviéndose y las circunstancias cambian.
La historia colombiana está llena de ejemplos. Laureano Gómez y Jorge Eliécer Gaitán eran vistos como enemigos irreconciliables. Sus debates eran durísimos y sus ataques mutuos feroces, pero al mismo tiempo era común que se reunieran en sus casas, compartieran un trago y conversaran amistosamente. Algo parecido ocurrió entre Juan Manuel Santos y el recientemente fallecido Germán Vargas Lleras. Se despreciaban políticamente, desconfiaban el uno del otro y aun así terminaron entendiendo que debían unirse para sacar adelante sus respectivos intereses y agendas políticas.
También sucedió algo parecido entre el presidente Álvaro Uribe Vélez y Andrés Pastrana Arango, quienes durante años fueron antagonistas naturales. El plebiscito de 2016 los hizo coincidir para enfrentar una amenaza que consideraban superior a sus diferencias.
Por eso no hay que dramatizar cada pelea política ni asumir que toda controversia significa una ruptura definitiva. La política cambia todos los días. Los que hoy se insultan mañana pueden terminar sentados a la misma mesa, y los que hoy parecen inseparables mañana pueden acabar convertidos en rivales. No hace mucho, Claudia Nayibe López era la fórmula de Fajardo; hoy lo enfrenta intentando arrebatarle los votos del centro. Así ha funcionado siempre el poder. Lo demás es espuma, ruido y pasión electoral del momento.
Publicado: mayo 11 de 2026
