Es inevitable que entre Abelardo De La Espriella y Paloma Valencia haya una confrontación fuerte. Están disputando el mismo espacio y un cupo en la segunda vuelta. Las encuestas serias, las que realmente reflejan lo que está pasando en la calle, muestran que De La Espriella lleva una ventaja importante. Ese dato explica por qué desde la campaña de Valencia han arreciado los ataques y por qué el tono se ha ido endureciendo.
La de Paloma es, sin rodeos, una coalición Frankenstein. Ahí hay de todo. Es una colcha de retazos. Conviven sectores del Centro Democrático con el grupo de Juan Daniel Oviedo, una facción difícil de ubicar ideológicamente y con posturas que chocan de frente con la doctrina uribista en temas sensibles como el cambio de sexo en los niños, la legalización de las drogas, el aborto y la eutanasia, por mencionar algunos aspectos. Y a eso se suma una presencia clara del santismo, con figuras como David Luna, Mauricio Cárdenas Santamaría y Juan Carlos Pinzón. Con esa mezcla, es difícil hablar de una línea clara. Al elector le cuesta saber qué está respaldando: si a la Paloma del uribismo, a la Paloma que se rodea de Oviedo o a la Paloma acompañada por exministros de Santos. No hay una idea nítida de proyecto.
Pero más allá de esa inconsistencia, hay algo que sí es claro: desde esa coalición han salido ataques particularmente agresivos contra De La Espriella. La respuesta es inevitable. En estos tiempos nadie controla lo que dicen miles de simpatizantes en redes. Desde la campaña de «El Tigre» han llegado reacciones fuertes, de grueso calibre, frente a esos ataques. Es una confrontación que está abierta y que va a seguir subiendo de tono.
La estrategia de Abelardo está definida: ir directo al pueblo y marcar distancia de las estructuras tradicionales. La de Valencia es otra: apoyarse en los partidos y sus maquinarias. Dos caminos distintos. La eficacia de cada uno no la van a decidir las encuestas, sino las urnas el 31 de mayo. Ese día se sabrá si el mensaje de uno o del otro realmente conectó.
Ninguna de esas decisiones es reprochable en sí misma. Cada campaña eligió su ruta. Y precisamente por eso la confrontación es inevitable. Se van a medir, se van a contrastar y se van a cuestionar. De eso se trata una elección.
Ahora bien, hay límites. Hay líneas que no se cruzan. Y una de ellas es la persona del presidente Álvaro Uribe Vélez. Abelardo De La Espriella ha sido uno de sus defensores más firmes, con coherencia y lealtad a lo largo de los años, en medio de ataques e infamias. Lo ha dicho públicamente: Uribe es «el gran colombiano». Lo reiteró hace poco en una entrevista para Semana. Esa posición es clara.
Quienes conocen al presidente Uribe saben cómo hace política: duro con los problemas, respetuoso con las personas, de frente, con cartas abiertas. Atribuirle maniobras de guerra sucia es desconocer por completo su forma de actuar.
Aquí lo que está en juego no es menor. Se trata de evitar que el comunismo se quede con Colombia.
Por eso hay algo que no se puede perder de vista. El primero de junio cambia todo. Después de la primera vuelta, los equipos de De La Espriella y de Valencia van a tener que encontrarse, quieran o no, para enfrentar a Cepeda. Esa es la realidad. Y entre más duros y más personales sean los ataques hoy, más difícil será el entendimiento para la segunda vuelta.
Eso exige responsabilidad de lado y lado. Valencia debería poner orden en su entorno, empezando por hacerle un llamado a su cuñado Juan Carlos Pastrana, un calumniador serial e irreflexivo que se está encargando de llevar la confrontación a un terreno innecesario. De La Espriella, tiene una tarea concreta: llamar a sus bases a mantener respeto por la persona del presidente Álvaro Uribe Vélez y sus hijos Tomás y Jerónimo. Es el mismo respeto que él ha demostrado de forma pública, consistente y sin matices hacia una familia que él sabe que lo respeta y aprecia. Sus seguidores deberían reflejar esa misma línea. La confrontación política es una cosa. Cruzar ciertos límites es otra.
No hay que perder de vista lo esencial: aquí hay un riesgo real, que el comunista Iván Cepeda llegue a la presidencia. Y ese no es un escenario menor. Colombia hoy sufre las consecuencias de lo que sucedió hace cuatro años, cuando los que enfrentaron a Gustavo Petro no lograron alinearse en segunda vuelta. Ese antecedente no puede pasar desapercibido.
Publicado: abril 26 de 2026
