Mientras los colombianos lloraban la tragedia del accidente del avión Hércules de la Fuerza Aérea Colombiana, en el que viajaban 125 personas —soldados humildes, héroes de la República, verdaderos hijos de la patria—, el presidente de Colombia optó por no estar a la altura de las circunstancias. En lugar de guardar la solemnidad que exige el dolor nacional, en lugar de honrar con dignidad la memoria de quienes murieron en cumplimiento del deber, decidió utilizar sus redes sociales para alimentar confrontaciones menores con sus contradictores políticos. Una conducta mezquina. Una reacción indigna. Una verdadera y asquerosa vergüenza frente a las víctimas y frente a todo un país que esperaba liderazgo, altura y sentido de Estado en uno de sus momentos más dolorosos.
La tarde de este lunes festivo, apenas horas después de confirmarse la tragedia —cuando aún ni siquiera se tenía claridad sobre el número de víctimas fatales y las causas del siniestro seguían siendo desconocidas—, el país aguardaba del jefe de Estado sobriedad, prudencia y un mínimo de humanidad. Pero no fue eso lo que ocurrió. En lugar de guardar silencio respetuoso, en lugar de encarnar la dignidad que exige su investidura, Gustavo Petro decidió abrir nuevas trincheras de confrontación política desde sus redes sociales. Arremetió contra la exvicepresidenta Marta Lucía Ramírez, a quien calificó de «princesa de la oligarquía», y acto seguido atacó a la senadora María Fernanda Cabal, llamándola «mujer vampira».
No se trata de una simple salida en falso. Es algo más grave: es la expresión de una conducta impropia de quien ostenta la jefatura del Estado. Resulta verdaderamente deleznable que un presidente de la República, en medio de un luto nacional, en un momento que debería convocar al recogimiento y a la solidaridad, descienda al nivel de la descalificación personal y la pelea menor con sus opositores políticos. Este episodio confirma un patrón de comportamiento que revela a un gobernante absorbido por sí mismo, incapaz de sustraerse de sí mismo incluso ante el dolor colectivo, y que proyecta una imagen de megalomanía, egocentrismo y una alarmante falta de empatía frente al sufrimiento ajeno.
Los accidentes mortales como este —que hoy enluta a Colombia— no son escenarios para la confrontación; son momentos que exigen unidad nacional, respeto y humanidad. Son horas para llorar a los muertos, para acompañar a los heridos, para abrazar a las familias que han perdido a sus seres queridos, para honrar a quienes murieron cumpliendo con su deber. Acá no se trata de cifras, sino de hombres que se transportaban en ese avión en cumplimiento de su misión, en servicio a la patria.
Resulta inane pedir altura de miras y ponderación en un jefe de Estado que ha hecho de la confrontación su forma de gobierno. Pero incluso en ese escenario, hay un mínimo exigible. Si no es capaz de convocar a la nación en torno a un propósito común en medio del dolor, si no puede elevarse por encima de sus querellas personales ni siquiera en una tragedia de esta magnitud, al menos debería tener la decencia elemental de guardar silencio.
Porque el silencio, en ocasiones, también es una forma de respeto. Y ente momento trágico, Colombia no necesita más ruido, más insultos ni más divisiones. Necesita un jefe de Estado que comprenda la gravedad del momento, que honre a sus muertos y que acompañe con dignidad a un país herido. Lo demás —la diatriba, la provocación, la mezquindad— no solo sobra: ofende.
Publicado: marzo 23 de 2026
