Por José Obdulio Gaviria

Las zapatillas eran marca Roggers, línea California, de esas que son tan finas y elegantes que solo son accesibles en los días de las rebajas anuales que hacen los grandes comerciantes gringos. Pues he de informarles que las suelas de esas zapatillas Roggers se derritieron cuando pisaron la acera de acceso a las instalaciones de la cárcel de Riohacha, Guajira. Tan alta es la temperatura afuera y adentro en ese penal.

Los reclusos no denigran del calor de infierno, porque les parece que si hubiera frío sería peor. Lo que les parece injusto es que tengan que soportarlo hacinados en celdas en las que los encierran las doce horas diarias del horario nocturno carcelario.

Moderan la temperatura con ventiladores chinos puestos con arte de trapecistas en todos los rincones a donde puedan llevar la electricidad artesanal, a esa que acusan de ser la causante de incendios y muertes en las viviendas de pobres.

Como nunca fumigan, los bichos -ninguno amable o con vocación de mascota-, pululan en patios y celdas. Las enfermedades que expanden con sus picaduras y roces, tampoco son tratadas ni con medicina moderna ni tradicional. Es que no hay presupuesto. Todo se queda en Bogotá, en Fiduprevisora, una fiduciaria que reemplazó a Caprecom. Los presos presumen que algún político (dígase senador o representante) montó caja menor con la plata de sus analgésicos y antipiréticos.

Vi jóvenes heridos a los que no se les hacen curaciones; vi portadores del VIH que absorben diariamente virus y bacterias como para propagar una epidemia universal. Vi mujeres sentadas, humildes, temerosas, esperando su traslado porque Riohacha no tiene cárcel para mujeres.

No habrá que abundar en detalles de lo que son los servicios sanitarios. Baste solo pensar que Hércules los habría comparado desfavorablemente con los establos de Augías.

El cuadro siguiente es objetivo. Lo hizo la Defensoría del Pueblo, cuyos funcionarios más parecen ángeles de la guarda que miembros de la burocracia estatal.

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Sufren moralmente tanto como sufren físicamente los presos. Y la dirección carcelaria y la guardia del IMPEC (allí, por lo menos) es tan solidaria con sus presos como la Defensoría. Si no hubiese sido tan dramática la experiencia, la catalogaría como tierna: pidieron a los presos que entraran todos a las celdas para que los senadores constatáramos que cuando se acuestan forman un tapete de piel, carne y huesos; y que no se pueden mover lo más mínimo porque chocan con los otros cuerpos; y que los olores son hedor y la transpiración forma charcos y que quien ha visto esto una vez no olvidará jamás que visitó, juntos, los nueve círculos del infierno.

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La sociedad colombiana no puede permanecer impasible sabiendo que esta navidad habrá 580 colombianos viviendo en un espacio de 0.6 metros cuadrados por persona.

Compromiso de la comisión de senadores fue interponer sus buenos oficios para que el sistema judicial actúe de inmediato en plan de urgencia, de emergencia humanitaria. Muchos de los presos vibran y sufren porque sus audiencias se realicen; pero los aplazamientos son el pan de cada día. Si jueces y fiscales accedieran a utilizar las salas de audiencia que la cárcel habilitó, muchos podrían salir y con ello algo se solucionaría el hacinamiento. Otro paliativo temporal sería montar un campamento provisional para los presos de menor peligrosidad. Algo hay que hacer.

@JOSEOBDULIO