Hay demasiadas diferencias con Daniel Quintero, pero no se puede tolerar el intento de veto para que sus hijas no ingrese al Colegio Alemán. Promover el odio y la intolerancia no logra nada distinto a sembrar más violencia en una sociedad que ha sufrido de sobra las consecuencias de no ser capaces de convivir con quien piensa distinto.

Y no es que esté defendiendo a Quintero. Las críticas a su gestión en Medellín sobran, comenzando con la fractura que causó entre la ciudad y el empresariado antioqueño. La capital paisa, que tanto avanzó en materia de innovación gracias a esta alianza, terminó convertida en un campo de batalla similar al que ocurrió en Bogotá durante la Alcaldía de Gustavo Petro. 

La narrativa de la lucha de clases reemplazó esa cooperación que históricamente había existido entre los medellinenses. Los generadores de empleo terminaron convertidos en los malos del paseo y desde la Alpujarra se han cazado peleas con casi todo el mundo.

Sin embargo, creo firmemente que la política debe tener límites. Las diferencias deben debatirse en el terreno de las idas y los argumentos y nunca deben trasladarse al ámbito familiar. Atacar a los cónyuges, padres o hijos de los Alcaldes, Gobernadores, Ministros, Congresistas o Presidentes no hace nada distinto a perdurar una dinámica de violencia que, desafortunadamente, tenemos arraigada en nuestro País.

De hecho, actuar de tal manera no es nada distinto a un acto de bajeza. Si los miembros del GEA y la clase política tradicional del Departamento tienen diferencias con las actuaciones de Quintero, hay caminos institucionales para contrarrestarlas, pero nunca segregando a una niña que no tiene la culpa de las disputas de sus papás y que, sin ser consciente de lo que pasa a su alrededor, quedó en el ojo del huracán. 

¿Qué se logra con ese tipo de cartas? Absolutamente nada. Atormentar a menores de edad que se sienten rechazadas sin saber la razón, sembrar odio en una familia que no tolerará los agravios en su contra y enviar un mensaje equivocado a las nuevas generaciones.

Todos debemos ser capaces de convivir en el mismo País sin matarnos. Izquierda, derecha, empresarios y trabajadores. Ese es el primer paso para logar una verdadera paz. La intolerancia ha sido la raíz de buena parte de las fallas estructurales de nuestra sociedad a lo largo de los años y hasta que no aprendamos a convivir en medio de la diferencia, nada solucionaremos. 

Firme con las ideas, suave con las personas y sin involucrar a las familias. Esta consigna, tan fácil de leer pero tan difícil de aplicar, tiene que ser una de las premisas inquebrantables en el ejercicio político si algún día queremos que Colombia sea un mejor País.

@Tatacabello

Publicado: mayo 27 de 2022