El revolucionario anarquista ruso Mikhail Bakunin fue uno de los principales teóricos de la lucha de clases en el siglo XIX. Su tesis se resumía en una sola frase: “los campesinos deben tomarse la tierra y expulsar a los terratenientes que viven de la explotación de otros”.

Ese tipo de arengas incendiarias han sido el detonador para las revoluciones más sangrientas de la historia de la humanidad.

Cuando el mundo entero reconoce el tremendo daño que hace el socialismo, en Colombia se continúa coqueteando con ese tipo de experimentos que son perversos y tremendamente dañinos.

Desde la alcaldía de Bogotá, Gustavo Petro promovió la lucha de clases, causándole unas fracturas irreparables a la sociedad capitalina. Su estrategia fue la de promover el odio contra los “ricos”, en una ciudad llena de dificultades. En vez de buscar soluciones a los problemas, se concentró en impulsar el resentimiento de unos hacia otros.

Todo aquel que no se encuadre en su arrevesado modo de entender al mundo, inmediatamente es catalogado de “mafioso”. Aquello que esté por fuera de su modelo político populista, resulta siendo una “mafia”.

En un gobierno de Petro, el destino de Colombia será inexorablemente el mismo al que fue conducida Venezuela. Adiós libertades humanas, adiós libertad económica, adiós progreso y adiós democracia. El exalcalde Bogotá, nunca hay que olvidarlo, no es discípulo de Hugo Chávez. Él, Gustavo Petro, fue su mentor, su protector, su maestro.

Cuando el tirano venezolano estuvo asilado en Bogotá, luego de que el pusilánime Rafael Caldera lo indultara, fue Petro quien lo recibió, protegió y acompañó. En esas largas charlas se fijaron las líneas generales de la sanguinaria revolución bolivariana.

Petro tiene una visión del mundo en el que aquellos que lo respaldan son los buenos y quienes no están de su lado, son los enemigos del pueblo. Su discurso populista, incendiario, cargado de odio, incita a la violencia, a la segregación, a la separación de unos y otros. Él no propende por encontrar alternativas comunes, sino por fomentar el odio de las clases bajas contra las clases altas. El trabajador contra el empresario. El campesino contra el dueño de la tierra.

Buenos y malos. Blanco y negro. Cuando la historia ha demostrado que las sociedades son una inmensa gama de grises en los que unos y otros deben interrelacionarse para progresar de manera armónica.

Es curioso que mientras la región no termina de pagar el costo que han significado los gobiernos del izquierda, en Colombia haya intención –así lo reflejan las encuestas- de permitir que uno de los más radicales exponentes del peligroso “socialismo del siglo XXI”, como efectivamente es Gustavo Petro, se imponga en las elecciones de este año.

Venezuela fue perfectamente destrozada. Cuando caiga la tiranía, habrá que recomenzar de ceros. El daño causado por el chavismo en 20 años, tardará muchas décadas en ser reparado. El aparato productivo de ese país es inexistente. El talento humano desapareció, pues las mejores inteligencias venezolanas hace mucho tiempo salieron de aquel país.

¿Cómo entender que Colombia, país que padece en carne propia los efectos de la satrapía chavista gracias a los millones de venezolanos que buscan refugio en nuestro territorio, esté caminando hacia el abismo macabro del socialismo? Faltan 4 meses para las elecciones presidenciales y aún estamos a tiempo de propiciar un cambio de rumbo.

Anteponiendo cualquier ambición de orden personalista, los dirigentes que ideológicamente se oponen a modelos extremistas como el de Petro, están en el deber histórico de hallar un entendimiento político para efectos de que Colombia sucumba ante el “encanto” perverso del castrochavismo.

@IrreverentesCol

Publicado: febrero 5 de 2018