Los políticos son rápidos a la hora cuando les corresponde acomodarse a las nuevas circunstancias. Por eso, muchos de ellos son comparados con los camaleones, reptiles que cambian de color rápidamente, de acuerdo con las circunstancias ambientales. 

Que no cunda el pánico por cuenta de los políticos profesionales, chupópteros de la peor laya que en un santiamén hincaron sus rodillas ante el nuevo régimen. No se trata de personas que hayan depuesto sus principios, pues jamás los tuvieron. Buscarán ventajas del gobierno entrante, arrastrándose ante el todopoderoso Petro con infinita desvergüenza.

Ellos no son el problema. El pueblo no es torpe y tiene la capacidad de premiar con su favor a quienes proceden con entereza en las dificultades. 

Imperturbable grandeza en la derrota y en el consecuente y necesario ejercicio de la oposición al nuevo gobierno. Petro es el adversario y hay que enfrentarlo con la verticalidad que corresponde. Su programa político riñe con los principios básicos de la democracia. Transigir con él significará entregarle un cheque en blanco con el que tendrá licencia abierta para despedazar el menguado régimen de libertades que subsiste en Colombia. 

El 47% de los colombianos votaron en contra de Petro. De eso no puede haber duda alguna. El grueso de los votos obtenidos por el señor Rodolfo Hernández fueron una manifestación de pánico respecto del candidato que resultó alzándose con la victoria.

Hernández fue una figura circunstancial. Como estuvo él en el tarjetón pudo estar cualquier otra persona. Para ponerlo en términos gráficos: si en vez del exalcalde de Bucaramanga hubiera aparecido una rata, un perro o una cucaracha, seguramente el número de votos sería similar: 10.5 millones de personas que concurrieron a las urnas movidas por la voluntad de votar en contra del exterrorista del M-19. 

El triunfo de Petro no puede ser comparado con el del dictador venezolano Hugo Chávez en 1998. En esas elecciones, Chávez barrió. Su mandato fue amplísimo. El pueblo votó masiva y decididamente por él. 

En esas elecciones, el 56.2% de los votos fueron por él. Su rival, Henrique Salas Römer sacó el 39.9%. 16 puntos de diferencia son incuestionables.

Petro ganó únicamente por 3 puntos. 

Esa diferencia explica el afán con el que el petrismo ha estado levantando la bandera blanca de la reconciliación, diciendo que la pugnacidad quedó atrás y que es hora de construir un gobierno entre todos. Puras majaderías que delatan el temor que los embarga, pues saben que no les quedará fácil hacer de las suyas con medio país en contra. 

Es necesario entonces hacer un paréntesis para analizar en detalle la reunión que sostendrán el presidente electo y el presidente Uribe. 

Petro ha buscado una reunión con el exmandatario y jefe natural del Centro Democrático quien será una figura clave en el ejercicio de la oposición a su gobierno. Uribe no va a deponer sus ideas ni sus principios. Él es un dirigente de la más alta talla y ejerce la política a través del diálogo franco, sin cartas marcadas ni mensajes dobles y observando un respeto casi reverencial por la dialéctica y el intercambio de argumentos. Que los uribistas no se metan cucarachas en la cabeza ni los petristas se hagan ilusiones vanas. 

Uribe es y seguirá siendo un opositor implacable de Petro cuya visión de país es perfectamente opuesta a la que tienen el presidente Uribe y los millones de ciudadanos que lo ven como un líder y vocero de sus ideas. 

Con inteligencia, sin apasionamientos y con mucha cabeza fría. Así deberá adelantarse la oposición a Petro. No importa que una recua de politicastros de menor cuantía se estén rindiendo ante el próximo gobernante. Eso no es asunto de interés. Lo importante, lo realmente destacable es que hay más de 10.5 millones de colombianos que no están dispuestos a permitir que su libertad sea destrozada con ocasión de la implementación del programa que implementará el ganador de las elecciones. 

@IrreverentesCol

Publicado: junio 26 de 2022