Los cultivos ilícitos y la producción de coca y sus derivados aparecieron un día en medio de la guerra sin nombre del país, como una oportunidad para hacer creer a los habitantes de muchas zonas del territorio nacional  que mediante la práctica de tales  actividades podrían salir fácilmente de la pobreza y la miseria en que estaban sumidos.

Y gracias a esa mentira, Nariño es a nivel nacional uno de los departamentos con mayores cultivos ilícitos  y, por ende, de la producción de alcaloides. Este territorio tiene 37 mil hectáreas sembradas de coca, de acuerdo con el último informe Simci de las Naciones Unidas,

Municipios como Tumaco, Barbacoas, Cumbitara, El Charco, El Rosario, Francisco Pizarro, Ipiales, La Tola, Magüí, Mosquera, Olaya Herrera, Policarpa, Ricaurte, Roberto Payán y Santa Bárbara, están cubiertos de plantíos de coca, así digan lo contrario.

Sin embargo, esa triste realidad en que viven dichas localidades ha servido, además, para que gentes de otras latitudes llegarán por montones a sus territorios en búsqueda de un “sueño”, una “esperanza” en medio del narcotráfico para poder sobrevivir.

Es así como hoy en día en casi la mayoría de los municipios del departamento existen personas de diferentes grupos étnicos que conviven bajo un solo denominador común: trabajar para el narcotráfico

Frente a ese panorama, se puede afirmar que Nariño tiene una economía del narcotráfico y todo el poder que de éste se deriva.

Esta situación a todas luces preocupa porque para los narcotraficantes y todos aquellos directamente involucrados en el comercio ilícito de la droga, los dividendos recibidos son incentivos sumamente poderosos.

Y, los narcotraficantes, para no perder el poder, el dinero que obtienen y las comodidades que les puede ofrecer, usan todos los medios criminales a su alcance como el asesinato, la intimidación y chantaje para defender lo que consideran suyo.

Por ello, mientras se mantenga esa “economía del narcotráfico” será un obstáculo más para que la paz en varias regiones del país y, en especial, en Nariño  llegue a feliz término.

Esto en razón a que los grupos delincuenciales organizados, miran en la  economía  del narcotráfico, el combustible que necesitan en aras de financiar su presencia, sin que les importe en lo más mínimo el que tengan que adelantar toda clase de violencia con tal de subsistir y demostrar que son “grupos de presión” frente a la institucionalidad.

Así las cosas y si queremos salvar a Nariño y, por ende, al país de los tentáculos del narcotráfico, se tienen que tomar acciones efectivas desde el punto de vista jurídico y político.

Y una de ellas que salta a la vista es que se permita la erradicación área con aspersión de los cultivos ilícitos porque las erradicaciones manuales que se llevan a efecto por los mismos cultivadores y la policía nacional no han servido para acabar de raíz el problema.  

Por ello, tengamos muy en cuenta  que más allá de la discusión sobre la conveniencia o no del glifosato,  la verdadera discusión está “sobre la amenazas y riesgos que afronta el país por cuenta del crecimiento vertiginoso de los cultivos ilícitos y las consecuencias que esto trae en la seguridad nacional y la protección de los derechos de los colombianos”.

Ayer fue el municipio de Samaniego en Nariño. Allí murieron varias personas como consecuencia de las balas asesinas que no se sabe quién o quiénes dispararon u ordenaron ser disparadas, mañana puede suceder en otros lugares  del departamento o del país en donde el narcotráfico sigue siendo el combustible de esta guerra sin nombre.

@Soluepastas

Publicado: agosto 19 de 2020