Los resultados electorales del pasado domingo trajeron consigo no pocas sorpresas, pero al mismo tiempo corroboraron algo que podía avizorarse según la lectura de las encuestas, a saber: que el techo de Petro ubica cerca del 40% del electorado y que el 60% restante no quiere un programa que nos ponga en la triste situación que padecen hoy nuestros hermanos de Venezuela. El pueblo colombiano quiere cambios, pero no los que ofrece Petro, que implican saltos al vacío, sino unos centrados en nuestras realidades. En síntesis, cambios para mejorar y no para empeorar.

Al tenor de las circunstancias del día de hoy, parece imposible que Petro logre en la segunda vuelta que tendrá lugar el próximo 19 de junio aumentar su caudal de votación hasta el punto de la mayoría absoluta. Lo más probable es que Rodolfo Hernández sume a los seis millones y medio de votos que acaba de obtener los cinco millones que le ofreció sin contraprestación Fico, más otros que puedan aparecer en el camino.

Petro tiene razón cuando dice que con estas elecciones se pone fin a una época de nuestra historia y se da comienzo a otra. Pero se equivoca cuando afirma que la nueva que ahora se inicia es la que él promete, vale decir, la de la instauración del Socialismo del Siglo XXI en Colombia. Es claro que el pueblo no cree en esas promesas y muchísimo menos en el truhan que las ofrece.

La votación de Rodolfo Hernández , como también la de Fico y la de Fajardo, no sólo representa el rechazo al petrismo, sino a la corrupción que es como un cáncer que azota al país y al que no es ajeno un conglomerado que agrupa a Piedad Córdoba, Roy Barreras, Benedetti, Julián Bedoya y otros especímenes que Petro ha venido acumulando en su colector de basuras.

Hay que admitir que la corrupción no es propia tan solo del petrismo, dado que atraviesa todo el restante espectro político hasta el punto de invadir las diferentes esferas del poder estatal. Muchos que no la comparten e incluso la critican han llegado a la conclusión de que no hay otro remedio que convivir con ella como si se tratase de un mal menor.

La tesis del ingeniero es muy distinta. No sólo hay que censurarla, sino combatirla atacándola en todos los frentes. Fajardo ha dicho que hay que recuperar la decencia en la política, lo cual se traduce en las consignas de Rodolfo: “No mentir, no robar, no traicionar, cero impunidad”.

Estas banderas le darán seguramente el triunfo en la segunda vuelta, pues resumen las más hondas aspiraciones ciudadanas. Pero suscitarán reacciones soterradas de quienes hoy se benefician del abuso de los recursos públicos. Ya veremos a los congresistas, los beneficiarios de la desmadrada contratación estatal, los funcionarios inservibles y muchos otros más conspirando contra Rodolfo con toda la panoplia de armas arteras que aparezcan a su disposición.

Hay que votar copiosamente por el ingeniero y, sobre todo, apoyarlo con denuedo en las batallas que le tocará librar para poner orden en las finanzas públicas, de modo que sirvan para atender a las necesidades populares y no a intereses oscuros que hoy se aprovechan de ellas.

Rodolfo Hernández no es perfecto, su talante puede resultar desagradable, no se comporta como un dechado de buenas maneras, pero le sobra lo que hoy se requiere para enderezar el rumbo que traemos: carácter. 

Unas palabras finales sobre Fico: realizó una campaña admirable, digna de mejor resultado, que lo ubica dentro de los líderes con que el país tendrá que contar para los tiempos que se avecinan. Puso en alto el nombre de Antioquia, que respondió a su llamado con una nutrida votación. Hoy Antioquia tiene quien hable por ella con autoridad y dignidad. El mapa electoral insinúa que es necesario pensar en un rediseño de nuestro ordenamiento territorial. Antioquia siente y piensa por sí misma: quiere autonomía.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: junio 1 de 2022