Maestro Ernesto Bustamante

Maestro Ernesto Bustamante

12 de febrero 1922-2 de septiembre 2021

Los lunes por la mañana en el Hospital Universitario de San Ignacio en Bogotá, alcanzaba a ver las manos arañadas y pulladas del profesor Ernesto Bustamante. Había pasado el fin de semana en su finca en las afueras de Bogotá cuidando su cultivo de rosas, esas flores que, cuando nacen en Colombia, son las más apetecidas del mundo, con todo y sus espinas que accidentalmente lesionan las manos de quien con pericia y celo las protege.

Durante años nos acostumbramos a ver las hábiles y dóciles manos del maestro maltratadas por una de sus grandes pasiones, que al mismo tiempo lo llenaba de energía positiva, de amor, de ánimo inspirador, de gratitud, respeto e inspiración. Yo pienso que el lenguaje simbólico de la generosidad es la docencia, el desprendimiento de conocimientos de un maestro para trasladárselos a sus alumnos, esperando que lo superen y vuelen todavía más alto. Tuve la fortuna de tener al mejor a mi lado durante dos décadas y media.

Ernesto Bustamante viajó desde Medellín a formarse con el pionero de América Latina, Alfonso Asenjo. Bajo su tutela llegó a Santiago en donde principió su entrenamiento en Neurocirugía. Asenjo reconoció al inquisitivo clínico y diestro cirujano. Intento sin éxito imaginarme el rostro estricto del profesor chileno escudriñando las expresiones y gestos faciales del maestro Bustamante, quien en silencio cuestionaba las telarañas de la semiología neurológica del paciente en estudio.

En Santiago de Chile conoció a Jeanne, quien con su encanto lo cautivó en breve. Seguramente ella le contó la leyenda del amor ancestral de Hues y Copihue, que parió bajo las románticas aguas de una laguna la flor nacional de su país, porque fue justamente en ese lugar mítico donde resolvieron regresar a Colombia y establecer en Medellín su hogar. Tres hijos fueron la bendición de Ernesto y Jeanne.

La carrera académica del doctor Bustamante se inició en la Universidad de Antioquia, con la formación de alumnos y una producción académica que enaltecía su vocación pedagógica. Siempre pensó que la clínica y la cirugía eran un matrimonio indisoluble y parejas complementarias. Libró una lucha constante para mantener neurociencias en la misma aula académica. Sus cirugías comenzaron a calar en el ambiente incrédulo de los resultados, y en la medida en que la experiencia enriquecía, nuevas propuestas quirúrgicas aparecían.

Los problemas sociopolíticos de la Universidad de Antioquia lo desanimaron. Jaime Gómez González se lo trajo al Instituto Neurológico de Colombia como director científico, y en su seno se produjeron cerebros de la especialidad esparcidos hoy por todo el país. Durante los 26 años que pasé a su lado, no puedo recordar un solo día sin verlo estudiar. La biblioteca y los textos fueron sus compañeros más cercanos. Recorrió todos los estratos gremiales y dio un ejemplo de transparencia en el manejo de los asuntos colectivos. Fue fundador de la Federación Latinoamericana de Neurocirugía y su presidente Honorario. Organizó con éxito el Congreso Latinoamericano de Neurocirugía en Medellín, entre otras actividades.

Su producción académica fue robusta y prolija, como él mismo. Escribió centenares de artículos médicos y en doce libros publicó sus mayores tesoros, algunos de ellos apoyados por la Asociación Colombiana de Neurocirugía, que en ese entonces vimos como una especie de brazo educativo de la entidad. En la Academia Nacional de Medicina fue un innovador; sus conferencias, de lujo, eran imperdibles. Fue el primero en hablar con la elocuencia que da el conocimiento, de las neuronas espejo y de los memes. La profundidad de sus investigaciones y escritos era oceánica.

Pero hay que recordar al hombre, al ser humano impresionable y sensible ante las ocurrencias de sus hijos y nietos, y las palabras de agradecimiento de quienes fuimos recipientes de su sabiduría. Poco tiempo después del fallecimiento de su esposa, yo personalmente le insistí para que fuese al Simposio Internacional de Neurocirugía en Cartagena, donde presenté su libro, el cual tuve el honor de prologar. Allí dejé que mi corazón hablara y utilicé la analogía de las rosas, el amor y los aneurismas cerebrales. Guardaba el temor de que la muerte de Jeanne se llevara a mi maestro también. Cuando terminé, se me acercó y me dijo: “Burgos, casi me ha hecho llorar”. Ese era el hombre desconocido para muchos de sus alumnos, el mismo que disfrutaba el silencio, la meditación y la lectura, y cuyo sistema de recompensa cargaba solo tres cajas de dopamina: su familia, las rosas y las neurociencias.

Los últimos años su luz en el hogar fue apagándose, por las dolencias propias de la edad y, cuando las conexiones sinápticas dejaron de recibir energía, el maestro murió. Ana María, su hija, y su nieta, le acompañaron con alegría. Y vaya si en mi país no es un privilegio morir de muerte natural.

Asistí a la misa de sus cenizas en traje quirúrgico. Había finalizado la resección de un meningioma voluminoso paraselar que envolvía nervios ópticos y vasos carotideos. A través del microscopio la voz del profesor Bustamante me guiaba: “No coagule; diseque… más cerca. Ojo con la coroidea, llegue a la cerebral media. Recuerde sus perforantes, hay que respetarlas. Son las que marcan las secuelas. No toque el III par”.

He pensado que cuando un neurocirujano latinoamericano muere, deja un pequeño Asenjo en el continente. Cuando viaje un par colombiano, con gratitud diré que dejó un cromosoma Bustamante. Sí, mi profesor querido, el de la vida silenciosa y las enseñanzas elocuentes, a quien con seguridad también recordaré siempre que vea una rosa. Así como cada vez que el día de San Valentín escuche un avión en el cielo con rumbo a Estados Unidos, lo imaginaré cargado de esos 700 millones de tallos que en esa fecha les sirven en otras latitudes a los enamorados para decir: “Te quiero”.

@Rembertoburgose

Publicado: octubre 8 de 2021

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