El nombre y el rostro de Yuliana Zamboní vive en la memoria de todos nosotros. Una inocente niña de 7 años, hija de indígenas desplazados, secuestrada, violada y asesinada por un hombre treinta años mayor que ella. Así como recordamos y nos compadecemos por el caso de Yuliana, existen también miles de niñas inocentes, sin rostros y sin nombres, que también fueron raptadas, violadas, torturadas y obligadas a abortar en las filas de las Farc. Estas niñas son el peor tipo de víctimas, porque son víctimas invisibles que, debido a la necesidad de sacar adelante un proceso cuya finalidad es que sus victimarios salgan impunes, han sido borradas del planeta.

Como estas víctimas no tienen nombre, ni rostro, les hablaré de María, una niña de 12 años que vive en mi imaginación. María es hija de unos campesinos que viven en una vereda de Colombia. Vive con sus padres y su hermanito Miguel de 6 años, en una humilde casita en el campo. En esa casa no sobra nada y lo poquito que tienen es producto del trabajo de su padre y una que otra cosita que heredaron de los abuelos. Los días de María transcurren felices, su papá la abraza cada vez que sale de la casa y la vuelve a abrazar cuando regresa. En sus brazos siente que nada malo le puede pasar. Su madre, una mujer fuerte y a la vez tierna, le enseña los quehaceres diarios. Le encanta cocinar con su mamá, pero lo que más le gusta hacer es jugar con su hermanito, al que siempre ha visto como un muñequito que le trajo el Niño Dios.

Un día sintió los pasos de alguien afuera, pensó que era su padre y salió corriendo para saludarlo sólo para encontrarse con unos hombres uniformados y armados hasta los dientes. Sin mediar palabra, entraron a su casa, embarrando todo el piso de cemento, que ella acababa de barrer con su mamá. Exigieron que les dieran comida y algo de tomar. Después de saciar sus apetitos le dijeron a la madre de María que la niña se iba con ellos.  Era poco lo que ella podía hacer, excepto llorar y suplicar que no se llevaran a su bebé, pero la decisión estaba tomada.

María dejó atrás todo lo que conocía y amaba para encontrarse rodeada de extraños que decidieron llevársela de regalo a su comandante, un hombre con la fama de poseer un apetito sexual voraz por las niñas. Las primeras noches lloró, las siguientes se entumeció, ya no hablaba, ya no quería comer. Entonces el comandante le dijo que si no hacía todo lo que le ordenaran matarían a sus padres y a su hermanito Miguel. De ahí en adelante María, obedeció.

Ocho meses después de haber sido raptada no entendía por qué, a pesar de que casi no comía, su barriga le empezó a crecer. En su inocencia no entendía que había quedado en embarazo. Cuando el comandante lo notó, hizo llamar a Héctor Albeidis Arboleda, alias “El Enfermero”, para que le hiciera un aborto a María. Después de examinarla concluyó que ese embarazo estaba demasiado avanzado por lo que decidió darle unos horribles bebedizos para envenenar al bebé. A los dos días, cuando María lloraba del dolor, notó que lo que le dio no funcionó. Entonces decidió meterle una aguja para romperle el saco amniótico y ahogar al bebé. A las dos horas el bebé nació, estaba entre la vida y la muerte, era del tamaño de una mano, estaba perfectamente formado… sus deditos, sus orejitas… “se parece un poco a Miguel” pensó María. Después El Enfermero, con la frialdad que le daba el haber hecho eso muchas veces, le ordenó a una guerrillera que cogiera “eso” y se lo echara a los perros.

Ese hombre – ese monstruo – fue solicitado en extradición a España donde vive muy tranquilo hace cinco años. Cuando llegue a Colombia, si las Farc admiten que pertenecía a su organización criminal, va a beneficiarse del festival de impunidad del acuerdo de La Habana.

@ANIABELLO_R

Publicado: febrero 3 de 2017