En su mensaje de fin de año, el último como presidente de la República, Santos advirtió que 2017 había sido el año de la transición y razón no le hizo falta. En efecto, el año que acaba de terminar, gracias a la entrega de nuestra democracia a la banda terrorista de las Farc, fue el de la transición de un régimen republicano hacia un modelo castrochavista, sin mayor apego por la libertad política y económica.

Claro que en 2017 se hizo la transición de un Estado social de Derecho a un Estado socialista de hecho en el que una estructura delincuencial, involucrada hasta la coronilla en el tráfico de estupefacientes, resultó convertida en partido político, con sus cabecillas beneficiados con una amnistía de facto, la cual fue incorporada a través de la cuestionada jurisdicción especial para la paz, JEP.

Santos ha sido, de lejos, el peor gobernante que ha tenido nuestro país desde los tiempos oscuros en que el partido liberal, en cabeza de Ernesto Samper Pizano, le vendió la dignidad de la República a la mafia. Desde aquellos años, en que la mafia gobernaba y los opositores legítimos como Álvaro Gómez Hurtado caían asesinados, nuestra nación no sufría tan graves por cuenta del desgobierno y el desbarajuste institucional.

Su incapacidad para reconocer sus desaciertos es quizás más grande que su propia proclividad por mentir y engañar a los ciudadanos. La economía colombiana está padeciendo los estragos de su improvisación, pero sobre todo de la corrupción desatada desde el mismo instante en que asumió la presidencia de la República. El saqueo de que han sido víctimas las arcas públicas, se refleja en el pobre crecimiento de nuestra economía.

Santos dice que la transición también fue hacia la paz, “porque pasamos del logro de un acuerdo con las Farc para terminar el conflicto armado al complejo desafío de ponerlo a andar y construir la paz”. Mentiras absolutas. El acuerdo que tanto enorgullece al presidente, es un documento ilegítimo que fue mayoritariamente rechazado por el pueblo colombiano. Y la paz no se ve por ningún lado. Las Farc desmovilizaron a unos pocos cabecillas, pero dejaron al grueso de sus criminales en armas, delinquiendo y haciendo de las suyas en casi todos los puntos de la geografía nacional, bajo la denominación de “disidencias”.

Lo que es absolutamente cierto e incontrovertible es que el gobierno de Santos sí propició una transición. Colombia dejó de ser el destino que resultaba atractivo para la inversión extranjera; el terrorismo que estaba arrinconado fue investido como un grupo político; la sociedad que estaba cohesionada y mirando hacia un destino común, resultó insalvablemente polarizada por cuenta del discurso de odio promovido desde las más altas esferas gubernamentales: todo aquel que esgrima una crítica contra el gobierno es calificado como “enemigo de la paz”.

Es por ello que las elecciones de este 2018, serán el escenario preciso para reversar la transición de Santos y reestablecer la democracia plena en nuestro país, arrebatándole el poder que el presidente entregó en bandeja de plata a unos peligrosos terroristas.

@IrreverentesCol

Publicado: enero 9 de 2018