No es la primera ni será la última vez en que el catolicismo esté en la mira de los intolerantes, de los fundamentalistas, de los extremistas. 

En el siglo pasado regímenes de extrema derecha -nazis- y comunistas en Europa declararon guerra frontal contra la religión -a la que llamaban el “opio del pueblo”-. En la Albania del brutal Enver Hoxha, por citar un ejemplo, los sacerdotes fueron llevados a campos de trabajos forzados, a los que llamaban centros de reeducación. Los religiosos eran incluidos en la lista de “personas con mala biografía”. 

Las iglesias fueron tomadas a la fuerza y convertidas en teatros, galpones, bodegas o simplemente demolidas. 

Lenin y Stalin hicieron lo propio. La iglesia ortodoxa rusa fue despiadadamente perseguida. Miles de templos terminaron consumidos por las llamas bajo la mirada sonriente del régimen que desentronizó a Cristo para fijar en el alma de los ciudadanos la figura del partido, fuerza superior que abarcaba todo en la vida de las personas. Todo por el partido, nada al margen de él. 

Una de las grandes conquistas de la humanidad en los tiempos recientes es el respeto por la libertad de cultos. Nadie puede ser perseguido por sus creencias ni maltratado en virtud de las mismas. 

Un Estado laico se caracteriza, precisamente, por la no intervención en los asuntos de la fe. El papel del Estado se limita a garantizar que los ciudadanos puedan vivir su espiritualidad de manera libre, con la seguridad de que no van a ser víctimas de constreñimiento por absolutamente nadie. 

Desde que Gustavo Petro asumió la presidencia de la República se han visto graves señales que ponen en riesgo a quienes practican la Fe Católica que, de acuerdo con diversos estudios, son más del 73% de la población. 

Hace algunos meses, en plena campaña, seguidores de Petro se tomaron por asalto a la Catedral Primada en plena Eucaristía dominical, amenazando e intimidando a los fieles que atendían la celebración. A pesar de que se identificó a buena parte de los antisociales, la justicia no hizo absolutamente nada en contra de los mismos que cínicamente alegaron que estaban haciendo un “performance”. 

La más reciente -que desafortunadamente no va a ser la última- fue el brutal intento de incendio de la catedral. No se sabe qué es más indignante, si la acción vandálica emprendida por un grupo de extremistas del feminismo, o la inacción de la Fuerza Pública mientras las ensoberbecidas facinerosas lanzaban bombas incendiarias contra los portones de la Catedral. 

Los católicos, tristemente, están en la mira de la extrema izquierda que ejerce el poder en Colombia. Nadie los defiende. Sus creencias son motivo de burla y argumento para el constreñimiento. Los lugares destinados para el recogimiento espiritual, como el oratorio que había en el aeropuerto de Bogotá, están siendo clausurados. Los sacerdotes empiezan a ser maltratados y los fieles amenazados, sin que las autoridades hagan valer sus derechos. 

Corresponde entonces que los Católicos de Colombia hagan lo que esté a su alcance para hacer respetar sus creencias y para defender los lugares sagrados, que a la luz del derecho internacional gozan de la mayor protección. 

@IrreverentesCol

Publicado: octubre 3 de 2022