En la campaña presidencial que acaba de culminar, Petro corrió solo. Duró 4 años como candidato sin rival ideológico. Avanzó sin antagonistas en la izquierda y en la derecha. 

El Centro Democrático, que fue sometido a un feroz desprestigio y estigmatización, es una formación en vía de extinción. En menos de un cuatrienio, la poderosa colectividad mutó irreversiblemente y ahora es un grupo intrascendente, con una representación parlamentaria menor cuya influencia será muy reducida. 

Sin mayores rodeos: el hundimiento del CD debe ser entendido como la derrota de los presidentes Uribe y Duque. El primero, sometido a una ignominiosa campaña de liquidación moral y el segundo injustamente calificado por detractores y, lo que es peor, copartidarios. La gestión de Duque más temprano que tarde será merecedora de un justo reconocimiento. 

Los partidos que tradicionalmente han defendido los valores de la democracia están prácticamente liquidados. El liberal, en cabeza de César Gaviria, se convirtió en una máquina burocrática sin vocación de poder. El lastre del proceso 8.000 hundió para siempre a una colectividad que, a pesar de los muchos cuestionamientos que puede hacérsele, ayudó a mantener a flote el modelo republicano de Colombia. 

Y el partido conservador más que vergüenza, produce asco. La colectividad fundada por José Eusebio Caro y Mariano Ospina Rodríguez para ejercer la defensa de unos principios calcados de la doctrina de Burke ha caído en lo más profundo del hoyo. 

Sus actuales dignatarios, unos políticos de inmunda catadura, piensan con un insaciable estómago que se nutre con recursos públicos, sin reparar en la ideología de quien los alimente.  

Con estupor se ha registrado la actitud del conservatismo frente al futuro gobierno socialcomunista de Gustavo Petro. No es la primera ni será la última vez que el partido Conservador se entrega por unas monedas. Hace nueve décadas, Laureano Gómez fustigó a copartidarios suyos que se vendieron al gobierno de Enrique Olaya llamándolos “celosos criados en servicio y honra de su señor”. Decía el legendario dirigente que esos conservadores “no concibieron nunca la política sino como un medio de obtener ventajas personales, y que en toda intervención oficial buscan siempre el medro, llevándose grandes o pequeñas piltrafas del erario…”.

Palabras pronunciadas hace 90 años que son perfectamente oportunas para retratar a los conservadores que hoy hacen parte del Congreso de la República y que, mayoritariamente y en procura de unas migajas de poder, se entregaron a un gobernante que representa todo lo contrario al ideario conservador. 

De nada sirvieron los clamores desesperados de quien hasta hace poco fue el presidente del directorio nacional del conservatismo, el exsenador Omar Yepes Alzate, implorando de sus copartidarios un mínimo de coherencia. Algunos pretenden mimetizar la burda decisión de los conservadores, al calificarla como una acción de realismo y pragmatismo político, cuando en realidad se trata de una operación de corrupción. 

“El país se sorprende con la endeblez de su dirigencia política, cómo pasan de un partido a otro y cómo ahora buscan cobijo en el gobierno de Petro al que combatieron ayer. La derecha adhiriendo a la izquierda. ¡Vergüenza! ¿Qué dirán los electores”, escribió el solitario pero muy sensato Yepes, horas después de renunciar irrevocablemente a la dirección única del que durante décadas ha sido su partido político. 

Abundan las razones para no ser optimistas. No se vislumbra un dirigente que represente a un sector significativo de los millones de ciudadanos que se oponen a Petro y que no necesariamente están ubicados a la derecha del espectro ideológico.

Lo de Enrique Gómez Martínez es meritorio pero insuficiente. Su votación en la primera vuelta es de sentarse a llorar, por no mencionar el resultado de su partido, el ‘Movimiento de Salvación Nacional’ en las elecciones de Congreso. Sacó 30 mil votos. 

Ya sea por el temor que despierta o por la probada capacidad corruptora de los santistas que lo rodean, Petro tendrá mayorías en el Congreso. 

Así que la oposición, necesaria ahora más que nunca, tendrá que ejercerse desde la calle, a través de las acciones políticas de los ciudadanos. No será una tarea fácil de cumplir pues los escenarios son limitados. No habrá medios de información pues se empieza a registrar cómo la mayoría de las grandes casas de comunicación se están entregando dócilmente a un futuro régimen al que no le temblará el pulso para firmar los jugosos cheques de la pauta oficial. Primero vendrá la ‘mermelada’ y detrás de ella la represión y la persecución cuando las emisoras, canales, periódicos y portales no reciten a rajatabla el libreto oficial. 

10.5 millones de colombianos, la mayoría de ellos embargados por la angustia y el desespero, se volcaron a las urnas el pasado 19 de junio para votar por Rodolfo Hernández, un tipo con evidentes desequilibrios y sin solidez ideológica. Lo hicieron por él, pero si en el tarjetón hubiera estado cualquier otra cosa o ser viviente, el resultado habría sido exactamente el mismo. Fue un voto en contra de Petro, un tipo que ha dedicado su existencia a atentar contra la democracia, contra las libertades humanas, contra la libre empresa y contra la vida. 

Es infortunado que quienes no respaldan al próximo presidente no encuentren que su voz sea amplificada por unos partidos políticos porque ellos, para desgracia de la democracia criolla, han dejado de existir; hoy tienen mayor capacidad de convocatoria las redes sociales. 

Sea como sea, no puede haber una rendición. Bien vale la pena librar la batalla por la libertad. Quizás no sea un esfuerzo en vano. 

@IrreverentesCol

Publicado: julio 5 de 2022