Fue, bastante amargo para mí, presenciar el derrumbe del ideal soviético en Europa y verse impotente para revertir las pérdidas. Sabía que una vez derrumbado el muro, Alemania no iba a sobrevivir, pese a la promesa de Honecker a principios de 1989 de que el Muro de Berlín sobrevivía, seguiría en pie, dijo, por más de cincuenta o cien años.

Las palabras anteriores son nada más, ni nada menos, de Vladimir Putin, actual presidente in pectore de Rusia, quien vio con sus propios ojos como fue el proceso de caída del Muro de Berlín.

Para Putin, lo que percibió fue cómo la rendición incondicional de la Unión Soviética produjo un retroceso humillante, caótico y doloroso.

Ver ese espectáculo fue doloroso, nos dejaron solos y abandonados (Ver Myers, El nuevo Zar, 2015).

Las palabras de Putin se deben poner dentro del contexto que antes de llegar a ser lo que es hoy en día, Presidente de Rusia, fue un agente de la antigua y tenebrosa KGB, Komitet Gosudarstrennoaja Bezopasnosty, Comité de Seguridad del Estado.

Para comprender lo que fue la KGB, se recomienda ver la película: La vida de los otros.

1989 fue un año de turbulencias políticas cuyas repercusiones a nivel mundial todavía se discuten a boca jarro, con los fundamentalismos y apasionamientos que conllevan los planteamientos doctrinarios radicales.

Durante la década del ochenta del siglo XX, comenzaron a estallar revoluciones a lo largo y ancho de toda Europa del este, siendo la primera de ellas la recordada manifestación de Gdansk, un pequeño y frío puerto al norte de Polonia bajo la conducción de Lech Walesa quien pasaría a la historia por ser el primer sindicalista que se levantaría en contra de su propio régimen comunista.

Precisamente, el momento más álgido y crítico para el Socialismo fue el 9 de noviembre de 1989 cuando cayó el Muro de Berlín, lo que algunos autores han denominado como el ocaso del Socialismo.

Otros, van más allá: El colapso del socialismo real.

La gran paradoja de la caída del Muro de Berlín consistió, según Meyer, que los ciudadanos de Europa del Este durante tanto tiempo subyugados, reprimidos, oprimidos a la fuerza como lo fue el pueblo checoslovaco durante la primavera de Praga; frustrados por los niveles de pobreza extrema, falta de libertades y hambruna, se levantaron contra el yugo comunista derrocando a la hostia y el martillo.

El mundo Occidental, en general, presenció con asombro la caída del Muro de Berlín, catalogándola como la reivindicación del capitalismo, de la libertad, de la democracia, frente al despotismo tiránico en que se convirtió no solo el régimen comunista de los soviets, sino todos los regímenes tiránicos y déspotas donde se implementó dicho movimiento.

De hecho, cuando se analiza con frialdad la evolución de los movimientos revolucionarios socialistas, comunistas, se evidencia que todos comienzan igual, todos llegan al poder de la misma manera, todos terminan igual.

Algunos, se demoran más que otros en su proceso de acenso y de caída, pero, al final, el resultado termina siendo el mismo.

El resultado final de cualquier revolución socialista es una fractura social, económica, política, muy profunda que tarda años, décadas, siglos, tal vez, en normalizar su camino.

En Colombia, estamos ad portas de presenciar con nuestros propios ojos la llegada del socialismo real a través de Petro, sus bolsas y sus secuaces.

No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Puntilla: Entonces, según el presidente Duque: Irán no es una nación enemiga, nos merecemos nuestra suerte.

Rafael Gómez Martínez

Publicado: noviembre 16 de 2021