Cuando las personas no obran responsablemente y adolecen de unos principios y valores muy sólidos, por lo general florecen los abusos y resultan incapaces de manejar la ambición y embebidos con el poder.

Tristemente las elecciones presidenciales en las democracias representativas, especialmente Latinoamérica, parecen estarse convirtiendo en un video juego o en un reality-show televisivo, donde la gente escoge entre varios productos mediáticos que no necesariamente llenan los requisitos mínimos que de acuerdo con el debido interés general y el sentido común se esperan de un gobernante.

Por eso el sistema de selección política de candidatos y avales dentro de los partidos y movimientos, atado a la costosa financiación de las campañas de elección popular, se convirtió en la enfermedad más grave de las democracias representativas.

La politiquería partidista, salvo que resulte alguien muy capaz y preparado y esté muy bien respaldado, opta por candidatos plastilina que puedan moldear a sus aspiraciones burocráticas, clientelistas y contractuales, pues sobre esa base embaucan a sus mecenas prometiéndoles que una vez estén electos les devuelven los favores invertidos.

Es claro que, en esta época del conocimiento, el debate no debería ser de derecha o izquierda, sino sobre lo que tiene sentido y es correcto, y lo que no lo es.  

No me digan que con la información y las métricas que se manejan hoy, los que llegan al poder no pueden fijarse qué modelos y sistemas administrativos realmente funcionan en el mundo y simplemente copiarlos. Pero de eso nada, el trabajo serio no le calza al clientelismo burocrático que solo busca “el poder para poder”.

Hay una diferencia absoluta entre entregarle el poder a personas con experiencia profesional, ecuánimes, disciplinadas, con vocación de servicio y una comprobada trayectoria honorable, y no a un sujeto caracterizado por ser ruin, osado, mezquino, embaucador e irresponsable. 

Sin embargo, por lo que el poder es una droga que emborracha y quema conciencias y principios, está llena la historia de casos en los que el poder público o privado, enceguece el entendimiento y la ambición anula el discernimiento, incluso en casos de individuos preparados, inteligentes y con una trayectoria responsable.

El asunto se agrava exponencialmente dependiendo de a quien se le entrega el poder, cuando lo que confluye en la personalidad de un líder son la indolencia acompañada de vanidad y de una enfermiza convicción y propósito de que para cambiar algo hay que destruir todo lo existente, y no de construir sobre lo ya logrado por la sociedad.

No solo es el problema de los avales a personalidades plastilina. El caso es que en el ejercicio del mando el comportamiento de la cabeza siempre ejerce sobre el cuerpo un efecto dominó. La persona que esté al comando del Estado, es un factor que de inmediato afecta toda la forma en que se comporta toda cultura operativa del aparato institucional. Ocurriendo lo mismo con la conducta de aquellos a quienes se les delega la responsabilidad de administrar ministerios y entidades públicas en relación a sus subordinados.

Estrenar poder es asunto mucho más complicado de lo que parece. Encontrar gente idónea en el sector público es un problema cada vez más complejo, especialmente cuando no hay una burocracia profesional estable y fundada en solidos principios de administración pública no ideologizados.  

Por lo general un nuevo regente opta por rodearse de otros inexpertos o personas que se ganan con cepillo y chinola su confianza y que ignoran por completo la debida operatividad del Estado, de la economía y la legalidad, y se dedican a atender congresistas y a tranzar votos por puestos.

De otro lado hay en la región evidencia suficiente de cómo un país entero se desbarranca cuando un líder vanidoso y con falencias personales y profesionales se rodea de personas ideológicamente obnubiladas en contra del sistema de libre empresa y mercados regulados como garantía de la inversión, de confianza y generación de valor.

Vemos hoy cómo nuestras naciones están al borde de convertirse en Estados fallidos pues no logran superar las falencias de ser mal administrados o cuando parece que pueden dar un salto al desarrollo, cambian de orientación y rumbo.

Lo anterior ocurre cuando: la ignorancia es la garantía de que se vale la retórica demagógica populista para defender un sistema diferente al de la libertad de empresa y de mercado y del crecimiento económico a partir del incentivo al emprendimiento; cuando la ambición individual doblega a la racionalidad; cuando el deber ser y el interés general sucumben en favor del enriquecimiento personal o de la arrogancia ideológica de quienes tienen por profesión la política y de los funcionarios públicos que habilitan la corrupción; cuando la inutilidad y la falta de preparación del servidor público opaca la responsabilidad en favor del engaño y la mentira; y cuando el resentimiento es el que impulsa el obrar con el rencor que se deriva de la insatisfacción consigo mismo.

La realidad es que vivimos en una región donde, el inmediatismo multiplicado por las comunicaciones modernas ha contribuido mucho a que las falencias culturales y educativas se conviertan en insatisfacción social.

No podemos ignorar que hay una correlación directa entre las votaciones y el ingreso real de las personas, ni que la forma en que los populismos llegan al poder y luego se mantienen, es vendiéndole o generándole un caos a la ciudadanía.

Los ciudadanos cuando perciben situaciones de caos, y qué más caos que una Pandemia y una depresión económica acompañadas de las revueltas violentas masivas que mediáticamente se han promovido en todos nuestros países por medio de la comunicación masiva y unipersonal por las redes sociales, se sienten inconformes y desamparados, y una buena parte de la población vota inconscientemente por el cambio indefinido o embustero.

A mi modo de ver esa es la razón por la cual la gente vota por un cambio. Se trata de un fenómeno de inconciencia colectiva que al parecer está determinado por la media del nivel cultural de las naciones y por la gran desconfianza que hoy le generan los políticos al ciudadano del común.

Lo anterior degenera en una nueva forma de procesos revolucionarios disfrazados dentro de los procesos democráticos tradicionales, que están cantados desde hace años, y que hoy está comprobado que consisten en la destrucción sistemática institucional de valor económico y de la importancia de la obligatoriedad de la legalidad.

Así llegan los populismos al poder. Engañan con el discurso y luego destruyen sistemáticamente en lugar de continuar construyendo con esfuerzo y sacrificio, como debe ser, para que un país sea cada día más estable y más atractivo a la inversión y a la generación de riqueza destinada a la multiplicación de oportunidades de empleo y de negocios que llevan al crecimiento de la economía, de los mercados por la senda de un desarrollo socioeconómico. 

El problema de llevar al poder o de que estén detrás del poder, quienes han tenido toda una vida como escala de valores un mal ejemplo atado a la ilegalidad porque han tenido una vida al margen de la ley. Por tanto, su referente es otro muy diferente a los principios de derecho que rigen un pacto social democrático.

La degeneración de las democracias es gradual y muchas veces tiene un límite irreversible, consistente en el desmonte de las salvaguardias o flotadores que la sostienen; como la solidez de la institucionalidad privada o gremial, la separación de poderes, la independencia y despolitización de la justicia y de los organismos de control y la capacidad persuasiva y coercitiva de las fuerzas armadas del Estado para mantener la seguridad ciudadana acorde al debido balance entre libertad y orden.

Esa degeneración empieza por las formas anárquicas, pasa por la autocráticas y termina en las totalitarias. Y ella empieza cuando se utiliza el garantismo para encubrir el facilismo y eludir las dificultades propias de cumplir las obligaciones ciudadanas cívicas y las normativas legales. 

A ver si entendemos lo que ocurrió en Colombia el 7 de agosto pasado. Imagínense qué pasa si amanecemos un día, y de buenas a primeras al celular o al computador por el que nos comunicamos le cambiaron remotamente durante la noche de sistema operativo. Ya el aparato no prende, el software no funciona, los mensajes no entran ni salen, y si acudimos al servicio de soporte nos dicen que el sistema cambio, que hay que comprar uno nuevo y las condiciones de servicio ya son otras. Las que impone el Estado.

Pasamos de la noche a la mañana, y que nadie diga que no estábamos advertidos, de un sistema híbrido entre una democracia decadente convertida en anarquía por el debilitamiento de separación de poderes afectado por la politización, ideologización e incompetencia promedio del servidor público, a un sistema autocrático que representa el seguro a la impunidad en materia criminal y ahora en materia administrativa, y que fácilmente puede convertirse en un totalitarismo disfrazado de democracia, como ya viene ocurriendo en muchos países de la región.

Es claro que como en el deporte o en toda actividad que demande disciplina y responsabilidad, las cosas se complican mucho más aún, cuando los círculos de poder viven de rumba, tienen adicciones a la bebida y la droga, y por lo tanto estas empiezan a relacionarse con ese fuerte efecto adictivo que genera el poder.

Publicado: septiembre 27 de 2022