Toda violencia es reprochable, pero la que sucede por los colores de la camiseta de un equipo de fútbol es realmente estúpida. El fantasma de la pelea de barras en los estadios, que había desaparecido, volvió en el momento más inoportuno y de la forma más reprochable. Las autoridades deben actuar sin contemplación para evitar el resurgimiento de una pesadilla que mancha el devenir del deporte más apasionante del mundo.

De las cosas más apasionantes que puede haber en la vida es un buen partido. Y claro, no nos pongamos con falsos moralismos. Uno de los ingredientes que hace mágico a este deporte es el juego de las hinchadas. Los gritos, insultos y cantos construyen un folclore especial que le da vida al estadio.

De hecho, el fútbol no ha sido lo mismo a lo largo de este año de pandemia sin público en las gradas. Aunque los jugadores hacen lo mismo que antes, algo les falta a las transmisiones. Las emociones no son las mismas y ese silencio sepulcral que acompaña las indicaciones de los técnicos entristece un escenario de desahogo permanente.

Por eso, con el rápido avance del plan de vacunación en el País una de las decisiones más esperadas era la vuelta del público a los estadios. Un factor que no solamente enriquece los partidos, sino que les ayuda a los equipos a cuadrar sus maltrechas finanzas.

Sin embargo, sin siquiera comenzar el primer partido una batalla campal se armó en el Campín, propia de las peores épocas de los hooligans. Una imagen grotesca que le dio la vuelta al mundo y que no veíamos hace años.

Muchas son las causas por las que sucede esto. Desde la aceptación con que estos grupos acogen a una infinidad de jóvenes sin norte ni identidad, hasta convertirse en su propia familia, hasta un trasfondo de microtráfico que mueve financieramente las organizaciones.

No obstante, más allá de discutir sobre el origen de estas dinámicas, lo importante es que el Estado debe actuar con total severidad para detener el crecimiento de la violencia en los estadios. Por ejemplo, la única forma en que los países europeos lograron tal cometido fue estableciendo severas sanciones contra cualquiera que actuara indebidamente en un partido y ciertamente ese es el camino que tendríamos que seguir en Colombia.

Las campañas pedagógicas para combatir este problema no son nada distinto a una pérdida de tiempo y nuestro maltrecho sistema judicial hace que la mayoría de capturados en estos incidentes queden libres a las pocas horas.

Si queremos un fútbol en paz donde las familias puedan ir con tranquilidad a los estadios necesitamos unas reglas de juego claras para todos, donde se impongan fuertes sanciones a los violentos que permitan enviarles un claro mensaje a todos aquellos que pretenden utilizar este deporte para amedrentar y atacar a los demás.

@Tatacabello

Publicado: agosto 6 de 2021