Tal parece ser la sugerencia que hizo el expresidente Uribe al salir de su última reunión con el alto gobierno en la Casa de Nariño: que no nos estigmaticen diciendo que representamos a la extrema derecha, como tampoco al gobierno motejándolo de neocomunista.

En ciertos sectores recalcitrantes esto cayó muy mal, dando lugar a insultos y descalificaciones contra el expresidente.

Pero hay que entender que se trata de una iniciativa que busca aliviar la confrontación que reina hoy en la opinión pública colombiana. Si se la recibe con buena voluntad, el beneficio será para todos.

Algo más de la mitad del electorado votó por un gobierno que tiene derecho de adelantar sus políticas dentro de los condicionamientos que imponen la Constitución y las leyes. Hay que estar muy vigilantes para que así sea.

En realidad, el actual gobierno suscita no pocos interrogantes acerca de su identidad ideológica y sus propósitos de cambio institucional.

Si se ajusta al modelo socialdemócrata que ofrecen los países europeos, bienvenido sea. En cambio, si vira hacia el fracasado Socialismo del siglo XXI que ha traído la ruina a Venezuela, hay que declararle una oposición frontal.

Desafortunadamente las señales que brinda el gobierno no son del todo esperanzadoras. Ojalá prevalezca en sus orientaciones la moderación y no se deje llevar por sectores radicales que podrían agravar los conflictos y sumirnos en el caos.

Hay que ser realistas: nuestra sociedad es muy desigual, las familias que padecen hambre se cuentan por varios millones, se hace menester una intensa acción social del Estado para mejorar las condiciones de vida de vastos sectores de la población. Pero el realismo enseña que la mejor política social se nutre de una sana economía. “Dadme una sana economía y os daré una buena política”, reza un adagio viejo de siglos.

Hay algo que Marx no entendió y ha desorientado a sus seguidores: el papel del empresario en el desarrollo económico. Sin su creatividad, su libre iniciativa, su capacidad de asumir riesgos, su ímpetu progresista, el sistema económico se frena y decrece. El Estado, sujeto al control de burócratas y políticos oportunistas, no es capaz de imprimirle dinamismo al sector productivo. Y, desafortunadamente, suele sufrir la captura de intereses corruptos que representan pesadísimos lastres para la sociedad.

Por supuesto que las autoridades deben mantenerse atentas a las fallas del mercado, con el ánimo de controlarlas y corregirlas. Pero el dirigismo no puede llegar al extremo de enervar innecesariamente la libre iniciativa de los generadores de riqueza.

El mejoramiento de las condiciones laborales, la protección de los consumidores, la asignación eficiente de los recursos con miras al bien común, no son aspiraciones incompatibles con la libre empresa y la economía de mercado. Por el contrario, más bien las robustecen si están bien concebidas.

No sobra recomendarles nuestros gobernantes que procuren no torcerle el pescuezo a la gallina de los huevos de oro.

Tampoco sobra abrir un cauteloso y atento compás de espera respecto de un gobierno que apenas comienza y ojalá tenga buena disposición para moderar ciertos excesos. Colombia es un país muy complejo y quienes hoy detentan el poder político deben entender que su ejercicio no sólo tropieza con limitaciones jurídicas, sino con realidades sociales que podrían dar al traste con sus propósitos. 

La talla del estadista se mide según su adecuada comprensión de las realidades sobre las que le toca actuar.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: septiembre 30 de 2022