Lc 15,1-32, que se leyó en la misa de ayer, es uno de los textos más hermosos de los Santos Evangelios. Combina tres parábolas maravillosas: la dracma perdida, la oveja perdida y el hijo pródigo. Vid. Evangelio de hoy Domingo 11 de Septiembre de 2022 y Homilía. (evangelio-de-hoy.com)

Las tres nos hablan de cómo el pecado nos pierde, pero la misericordia de nuestro Padre Celestial se apiada de nosotros y nos rescata de los abismos a que nuestros desvíos nos arrojan.

No es el caso de hacer confesión pública de mis errores, que han sido muchos y el Señor ha perdonado, sino, precisamente, de dar testimonio de cómo obra la gracia para encauzar nuestras vidas y darles sosiego aún en medio de las tribulaciones que nuestra condición terrenal hace inevitables.

Una gran amiga que recuperé después de medio siglo de ausencia me escribió hace poco elogiando la paz interior de que ahora gozo. Hube de responderle que no es fruto de mi voluntad, sino de mi cercanía con Dios. El mío no es el Deus Absconditus. absolutamente otro y velado irremisiblemente a nuestro entendimiento, tal como lo conciben ciertas vertientes teológicas, sino el que se manifiesta no sólo a través de la creación, sino en nuestra vida interior y hasta en los acontecimientos que nos rodean. Yo puedo decir que si he sobrevivido y tengo mi alma en paz es por la gracia de Dios.(Vid. Deus Absconditus | SpringerLink).

Como Dostoiewsky, creo en la lucha entre Dios y Satanás que se libra en el interior de cada uno de nosotros.

Los psicoanalistas sostienen que nuestra conducta desviada es fruto de unas fuerzas ocultas que se dan en la esfera del inconsciente y se desatan a raíz de circunstancias traumáticas que se padecen sobre todo en la infancia. Ignoran que en ese mundo lóbrego actúan desde el exterior unas fuerzas malignas de origen demoníaco.

Como cardenal Ratzinger, el papa Benedicto XVI observó alguna vez que hay tales manifestaciones de maldad en la conducta humana que sólo podemos explicarlas en función de esas influencias exteriores de carácter infernal.

Pedro Aja Castaño acaba de publicar un escrito titulado “Aviso de un alma condenada al infierno” que parte de la base de una realidad que muchos hoy niegan o ignoran, a saber: 

Los demonios existen; lo prueban los exorcismos. Los condenados son seres humanos cuyas conciencias han involucionado hasta llegar a ser INFRAHUMANOS; esto quiere decir que odian todo lo que es humano o divino. Pero no sabemos cómo se llega a esa condición; ni por qué es importante saberlo, porque se le considera un tema ‘tabú.’ Sin embargo, creo que en el siglo 21 es necesario explorarlo porque moral y éticamente la sociedad actual es un desastre. Por eso presento el presente testimonio para que nos ayude a discernir un poco el asunto.” Vid. Avisos de un alma condenada en el infierno (2) – Periódico Debate (periodicodebate.com)

Todos corremos el riesgo de perdernos por a, b o c razones y por distintos caminos. Como escribió Dante al comienzo de “La Divina Comedia”, podemos penetrar en una selva oscura y acercarnos a esa puerta dónde se anuncia con severidad:”Los que aquí entráis, abandonad toda esperanza”. Pero el Padre Misericordioso que nos ama corre en nuestro auxilio para que enderecemos nuestras sendas.

Ese angustioso tema de la perdición es uno de los motivos de la hoy injustamente olvidada obra literaria de Mauriac, a la que conviene volver para captar lo que encierra el fondo abisal de esta naturaleza que hizo exclamar a Pascal: “Qué hueco y lleno de suciedad es el corazón del hombre”(Pascal, “Pensamientos”, Sarpe, Madrid, 1984, p. 87). Él mismo ha escrito que “el hombre no es más que un sujeto lleno de error natural, sin la gracia” (ib. p.59).

Mauriac ha escrito una densa novela, “Lo que estaba perdido”, fruto de la grave crisis personal y religiosa que padeció en la década de 1920 (vid. Ce qui était perdu – François Mauriac – Babelio). 

El Evangelio nos enseña que Nuestro Señor Jesucristo vino precisamente a rescatar lo que estaba perdido, la dracma de una pobre mujer, la oveja extraviada de un pastor, el hijo pródigo que halla su redención en el padre misericordioso que a su regreso lo abraza, los cubre de besos, pide para él un traje nuevo, pone en su dedo un anillo y ofrece un banquete para celebrar su conversión, puesto que “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc. 15, 7).

Suelo relacionar este preciosísimo pasaje evangélico con el que trata sobre los jornaleros de la última hora (Mt. 20, 1-16), porque soy uno de ellos y cada mañana al abrir mis ojos, después de manifestarle a mi Dios que lo amo, le digo: “En ti creo, confío y espero, a ti me encomiendo y quiero servirte”. Del mismo modo, después de la Consagración le digo: “Dios mío, tuyo soy; te pido que me ayudes a crecer en el amor para dar testimonio de ti haciendo el bien y dando buen ejemplo”. En esta etapa final y crucial de mi existencia, ya lo poco que puedo hacer de provecho, después de tantas horas perdidas, es alabar a Dios y dar fe de lo que ha obrado en mí.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: septiembre 14 de 2022