Resulta cuando menos exótico que el presidente Santos se atreva a calificar a alguien de cínico cuando él es, de lejos, el mejor exponente que en la actualidad tiene la escuela de Antístenes y Diógenes.

El cinismo hace parte del código de comportamiento humano y político de quien ocupa la presidencia de la República. Desde que comenzó su carrera política como ministro de comercio de César Gaviria, fue una veleta que sin ruborizarse iba cambiando con total desenvoltura de bando, buscando satisfacer sus intereses particulares.

Hacer un ranking de los movimientos que delatan el cinismo de Santos resulta imposible, pues por su abundancia se constituiría en poco menos que en una misión imposible. El país no puede olvidar que Santos ayudó a elegir a Ernesto Samper en 1994 y que luego, en medio de la crisis del proceso 8000, en vez de buscar una salida institucional, prefirió urdir un complot con la guerrilla de las Farc y con los grupos de autodefensa, para efectos de planificar y llevar a cabo un golpe de Estado que debía desembocar, nada más ni nada menos que en una asamblea nacional constituyente.

Lo curioso es que para ese complot que en realidad fue una empresa criminal, Santos contó con el apoyo de un peligroso criminal: el desaparecido esmeraldero, narcotraficante y paramilitar, Víctor Carranza.

Fracasada su intentona golpista –característica que lo iguala al desaparecido dictador venezolano, Hugo Chávez-, Santos resolvió volverse pastranista. Después, desde el asfalto, se opuso con pies y manos a la elección de Álvaro Uribe en 2002, pero al registrar el arrollador éxito del gobierno de la Seguridad Democrática, sin ponerse trémulo, resolvió volverse uribista de cara a las elecciones de 2006, cuando a codazos se abrió un espacio para convertirse en el principal impulsor de la reelección.

Claro que es un cínico. Se hizo pasar como el defensor número uno de la Seguridad Democrática para estafar a más de 9 millones de ciudadanos que con su voto lo llevaron a la presidencia en 2010. Cuando era ministro de Defensa de Uribe y candidato presidencial suyo, señalaba, fustigaba y confrontaba a la satrapía venezolana. Posesionado en la presidencia de Colombia, en menos de 72 horas, resolvió pasar a manteles con Hugo Chávez a quien empezó a considerar como su “nuevo mejor amigo”. Así como utilizó al uribismo para llegar al poder, empezó a utilizar al chavismo para alcanzar su sueño dorado: firmar un pacto a cualquier precio con las Farc, única y exclusivamente para que en Noruega decidieran darle el Nobel de Paz, premio apenas suficiente para satisfacer su enfermiza vanidad.

Ahora que no necesita a Venezuela y que la dictadura de ese afligido país no le sirve para nada, Santos resuelve confrontar a Nicolás Maduro, llamándolo cínico. No, el dictador de Venezuela es un criminal, un corrupto y un asesino despiadado de la oposición y el cínico es, precisamente, el mandatario de los colombianos.

@IrreverentesCol

Publicado: enero 12 de 2017