La teoría de la motivación expuesta por Abraham Maslow a principios del Siglo XX tiene una figura clara en su pirámide: empieza por las necesidades básicas o biológicas que necesita el individuo y va subiendo en forma secuencial hasta llegar en la punta a las “Autorrealización” que incluye, entre otras, cuando el ser humano busca su crecimiento personal y todos los atributos para su realización. Es verdaderamente interesante su hipótesis. Pues bien, se aplicó la pirámide a esta pregunta: ¿el dinero da la felicidad? Se puede concluir por los datos de este estudio, que una vez se alcanza la etiqueta de la autorrealización, el dinero deja de ser importante y decisivo para alcanzar la felicidad. Entra en juego la “adaptación hedónica” que es moderar nuestra felicidad después de una buena noticia. Con alegría recibimos la subida del salario, pero después de unos momentos esto pasa a un segundo plano.

El debate sobre el dinero y la felicidad cumple décadas y contradicciones. Los efectos sobre la condición hedónica del bienestar tenían un límite cuando las personas se liberaban y no se preocupaban por lo imprescindible. En USA hay una publicación que lo resume; 75 mil euros al año de salario y el dinero deja de contar sobre la felicidad. Cuando tenemos las 5 estaciones de la pirámide de Maslow satisfechas el dinero no es relevante con relación a la felicidad. Ocurre el fenómeno denominado “ralentización del recurso”.

A veces donar dinero en un acto prosocial produce alegría y felicidad, pero por un tiempo muy corto. Después la percepción de haber “mal utilizado” el dinero llega a la conciencia de los grupos de trabajo de experimentación. El trabajo con los estudiantes en Alemania en donde un grupo donó inicialmente para el tratamiento prosocial de la TBC. Después de un tiempo de este gesto los indicadores de felicidad disminuyeron. Tendrá razón Dalai Rama cuando afirma “la felicidad no es algo listo. Viene de tus propias acciones”. La investigación con los dos grupos de hipertensos en los cuales a uno se le pidió que donara la plata que le daban. Después de un tiempo de seguimiento las cifras de tensión arterial en este grupo habían disminuido en forma persistente.

Si mezclamos felicidad y tiempo los hallazgos son sorprendentes. En un grupo de trabajo, medico, se les permitió a los colegas que obviaran una serie de actividades que les impedían estar más tiempo con su familia. Los resultados mostraron que invertir dinero en servicios que ahorran tiempo están relacionados con una mayor satisfacción con la vida y felicidad. Y mucho menos, cuando invierten dinero y se gasta en una compra material. Cuantos multimillonarios hemos escuchado quejarse por la gran cantidad de dinero que tienen en su billetera. Se puede afirmar con certeza que el dinero es necesario para vivir y permite desarrollarnos como seres humanos. Se sabe que las crisis económicas aumentan la depresión y los estados de ansiedad y esto se ha observado recientemente en todos los países del mundo.

Las personas cuando se sienten bien se enferman menos y tienen una mejor calidad de vida. Cuando están felices están más sanos. La felicidad, esa palabra esquiva, depende del cerebro y especialmente de sus neurotransmisores. Dopamina circulante viaja por los circuitos del placer y del dolor estimulando los ciclos de recompensa. Sus niveles bajos desencadenan alteraciones cognitivas, en la atención especialmente en la concentración. Adaptaciones estructurales evolutivas de reciente aparición, corteza orbitofrontal del lóbulo prefrontal, esta sintonizadas con los niveles de felicidad y de placer.

 ¿Y la genética de la felicidad? Muchos estudios han demostrado que la felicidad tiene un componente genético y nuestros cromosomas determinan la tendencia. Algunos la exageran (Universidad de Minnesota,1996:50% genética y 8% otros) pero quizá lo aceptado hoy es que el 36% explica el bienestar y el 32% de la satisfacción con las realidades de la vida. Que importante es disfrutar el presente, tener hábitos saludables y vestirnos de optimismo. Estos tres elementos unidos superan la tendencia genética con la cual venimos. Es la marca para el cerebro: nuestro estilo de vida.

Vivir guiado por la felicidad debe ser la meta y allí nos encontramos unos caminos donde la psicología positiva nos muestra la forma de hacerlo. Llenémonos de emociones positivas todos los tiempos: pasado, presente y futuro. Las experiencias optimas propone Seligman como flujo de conciencia. Armarnos de relaciones que nutran la sensación de bienestar y nos orienten a buscar el sentido de la vida: somos elementos sociales. Finalizar estableciendo metas en el camino de la felicidad. Son los logros que nos proponemos conseguir y que vamos alcanzando.

En la revista Forbes, encontré el artículo del psicólogo Kahneman y el economista Deaton -ganaron el premio Nobel de Economía- y la conclusión del trabajo del 2010 fueron que los altos ingresos compran la satisfacción en la vida, pero no la felicidad. Existe un punto interesante en la parte final de la reflexión y es que los ingresos son solo un determinante modesto de la felicidad y las personas no deberían centrarse más en el dinero.

Diptongo:

¿Y el dinero? Es un medio que permitiría conseguir las fortalezas positivas.

@Rembertoburgose

Publicado: septiembre 9 de 2022