Como advertí cuando se anunciaron los diálogos con las Farc, estas solo firmarían algo que las pusiera en el  poder.

Decían los clásicos griegos que los dioses ciegan a quienes quieren perder.

Esta ominosa sentencia cobra deplorable validez en la Colombia de hoy.

Es difícil entender la vertiginosa carrera que hemos emprendido hacia nuestra autodestrucción sin aceptar que obra entre nuestros dirigentes una ceguera colectiva que les impide darse cuenta de hacia dónde nos lleva su improvidencia.

Tal como lo advertí cuando se anunciaron los diálogos con las Farc, estas solo firmarían algo que las pusiera en el umbral del poder. Y así está ocurriendo con la mal llamada implementación del NAF (Nuevo Acuerdo Final) que resultó de las negociaciones de La Habana.

Al gobierno, al Congreso y al parecer a la Corte Constitucional, con la anuencia expresa o tácita de los partidos de la Unidad Nacional y la izquierda, de los altos mandos militares, de la jerarquía eclesiástica, de la Gran Prensa y de casi todos los dirigentes gremiales, da la impresión de que un viento de locura los impele a acumular desatinos dizque en procura de una paz que no es otra cosa que un espejismo que vela la fuente de nuevos y quizás más feroces conflictos que los que se pretende superar con el NAF.

No se advierte en el horizonte, en efecto, el panorama de una paz estable y duradera, sino el de muchas tormentas devastadoras, pues por cualquier lado que se lo mire el NAF es un instrumento perverso, astutamente urdido para facilitar la instauración de un régimen no solo totalitario y liberticida, que de suyo es criminal, sino, además,  narcoterrorista.

Coincido en todos sus términos con lo que acaba de publicar Luis Alfonso García Carmona en Debate acerca de la indolencia que se observa en torno de este desastroso estado de cosas, que más que de silencio en la noche podríamos tal vez calificar como de calma chicha (Ver Silencio en la noche).

Cosa de locos es exaltar a los capos de una de las organizaciones narcotraficantes más ricas y peligrosas del mundo, ofreciéndoles no solo impunidad y elegibilidad, sino una serie de gabelas que harán del suyo un partido hegemónico por los recursos que directamente recibirá del Estado, así como los que controlará para la ejecución de los planes previstos en el NAF, amén de los privilegios jurídico-políticos que entrañan, entre otras disposiciones, su presencia en la CIVI, la JEP y la Gestapo que se creará para perseguir a sus contradictores políticos.

Insisto en que el modus operandi de la CIVI y la JEP  implica severas demoliciones del principio de soberanía popular que sirve de fundamento de nuestra institucionalidad. Ese modus operandi encaja, ni más ni menos, dentro del tipo legal del delito de traición a la patria que contempla el artículo 455 del Código Penal.

De hecho, los atributos soberanos del poder constituyente, el legislativo y el judicial quedan bajo del control de las Farc y las potencias extranjeras cuyos intereses sirven. Y, para mayor ultraje, se pretende que una vez elevado el NAF a la jerarquía de canon supraconstitucional, su vigencia se garantice por lo menos a lo largo de los tres períodos presidenciales subsiguientes al actual, de modo que sus disposiciones gocen de un estatuto de irreformabilidad.

Esta es una locura inaudita. Como quienes nos gobiernan ignoran la historia o pretenden desafiarla, olvidan la experiencia de la Constitución de Cúcuta, cuyos creadores prohibieron reformarla en los primeros 10 años de su vigencia, con el triste resultado de condenar al fracaso el ambicioso proyecto del Libertador. Esa disposición de nuestros constituyentes de 1821 trajo consigo enfrentamientos inconciliables que derivaron en la dictadura de Bolívar, la guerra civil y la disolución de Colombia. Ya estamos prácticamente bajo una dictadura. Y no sería imposible que los descarados abusos de Santos y sus secuaces trajeran consigo levantamientos en distintos lugares y hasta impulsos secesionistas.

La JEP y la Gestapo que probablemente tendrá el cometido de organizar el general Naranjo siguiendo el modelo del G-2 cubano, heredero de la Stasi de la República Democrática Alemana, son por así decirlo la guinda del postre con que Santos aspira a festejar a las Farc para celebrar su incorporación al escenario politico nacional. Serán tanto la una como la otra los instrumentos que les servirán a los capos de esa organización narcoterrorista para saciar su ira contra quienes de distintas maneras los hemos combatido e intimidar a cuantos pretendan interponerse en su propósito de asalto del poder.

Como en el canto fúnebre de la vieja liturgía católica, con estos dispositivos vendrá el día de la ira. Entonces, veremos el llanto y el crujir de dientes de los incautos que han creído en las promesas de paz de Santos y las Farc.  (Ver Dies irae).

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: marzo 10 de 2017