Es desafortunado decirlo, pero es evidente que nuestro País atraviesa por una profunda crisis de valores. No solamente por todas las dificultades observadas en los altos cargos del Estado, sino por la preocupante realidad por la que atraviesa nuestra niñez.

Los niños, el futuro de nuestra Nación, son la esencia de las familias, el alma de la sociedad y los seres frente a los cuales debe existir toda la sincera preocupación posible para protegerlos y encaminarlos hacia un adecuado crecimiento que los lleve a la rectitud y probidad.

Sin embargo, a pesar de ser, quizás, nuestra mayor responsabilidad como País, lo que vemos hoy en día desafortunadamente dista mucho de esos propósitos. Violaciones, adicciones, microtráfico y otros aberrantes ataques son la realidad que demuestra la gravedad de la situación.

¿Cómo se explica que alguien ataque la integridad de un menor? ¿A quién le cabe en la cabeza que los niños de la Guajira se mueran de hambre y sed? ¿Cómo es posible que los mayores responsables de violaciones y abortos sistemáticos estén posando de adalides de la moral en el Congreso sin haber pagado por sus crímenes? ¿Cómo entender que el vicio, en vez del deporte, se está apoderando del futuro del País?

Estos son los cuestionamientos que toda la ciudadanía se pregunta constantemente sin encontrar una explicación razonable. Una niñez sombría y difícil se convierte en una juventud descarriada que muy probablemente termina generando las bases de una etapa adulta sin las mejores condiciones.

Por eso, antes que presentar grandes reformas políticas o electorales, el Gobierno se debe preocupar fundamentalmente en la estructuración de una verdadera política para la protección de la niñez, la cual no se ve desde hace muchos años.

El retomar las cátedras de civismo y urbanidad en los colegios, el fortalecimiento de las asociaciones de padres, convertir el deporte en la principal herramienta para enfocar el tiempo libre de los menores, el severo fortalecimiento de las sanciones penales en contra de cualquier salvaje que se atreva a atacar la dignidad de un niño y la recuperación de los valores de familia son sólo unas de las muchas acciones que se deben tomar con la mayor celeridad y determinación política posible.

De absolutamente nada sirve el crecimiento económico, la reducción del tamaño del Estado o las múltiples reformas que cursan en el Congreso cuando, paralelamente, se está dejando de observar el devenir de aquellos a quienes les dejaremos el País.

En lo personal, no sé si la creación del Ministerio de la Familia, como lo han propuesto varios sectores, sea la solución para el problema, especialmente al observar los costos burocráticos que esto traería, pero lo que sí es cierto es que Colombia requiere urgentemente de una política estructurada dirigida por una entidad con fortaleza política y presupuestal que se responsabilice de esta, en vez de asignar funciones entre múltiples entidades que, al final de todo, no se apropian con firmeza de este propósito.

@Tatacabello

Publicado: octubre 26 de 2018