Considero oportuno referirme, a propósito de la conmemoración del primer centenario de las apariciones de la Santísima Virgen en Fátima, al papel que juega lo religioso en la vida pública.
Una serie de prejuicios muy enraizados en la mentalidad sobre todo de sectores que gozan de notable influencia en las colectividades, menosprecia todo lo atinente a lo religioso, considerando que es algo propio de estadios incipientes de desarrollo de la humanidad que han sido definitivamente superados por la razón moderna y, con más veras, por la llamada razón postmoderna de que hoy se habla sin mucha consistencia.
Ese menosprecio va desde quienes son del todo indiferentes a los planteamientos religiosos, pasando por quienes pretenden remitirlos a esferas estrictamente subjetivas y culminando en quienes quisieran erradicarlos del todo porque piensan que no solo son enteramente irracionales, sino perjudiciales para la sana convivencia en sociedades avanzadas que aspiran a estructurarse sobre la base del pluralismo en todos los órdenes.
Sea de ello lo que fuere, en estas actitudes hay un común denominador, consistente en que lo religioso no tiene cabida en la razón pública que se supone debe guiar las decisiones que a todos nos afectan en la vida comunitaria.
De entrada, hay que observar que a lo largo de la historia la religión ha jugado un papel de la mayor importancia en todas las civilizaciones y las sociedades que de las mismas han hecho parte, por no hablar de las primitivas y las tribales o patriarcales de tiempos antiguos. Tal vez solo la civilización occidental contemporánea y las sociedades comunistas de los tiempos recientes han adoptado sesgos irreligiosos o decididamente antirreligiosos. Pero, corroborando la observación, conviene señalar que donde se ha pretendido reducir o eliminar la influencia de las religiones tradicionales, estas se han visto reemplazadas por ideologías que cumplen la función de religiones seculares o políticas, tal como lo ha estudiado, entre otros, Eric Voegelin.
Ello sucede porque las comunidades se fundan, más que en la imposición del poder o en las afinidades de intereses, en consensos de valores, y estos, como es bien sabido, son refractarios a la racionalidad científica y, en general, la instrumental que campea en los tiempos que corren.
Como lo he expuesto en mis cursos de Filosofía del Derecho, la exploración del mundo de los valores nos lleva a las altas cimas del espíritu y solo podemos comprenderlo desde esa elevada perspectiva. Si no consideramos al ser humano en su totalidad y por ende en su profundidad, a partir de una Antropología Filosófica consistente, no podremos captar la índole de lo justo ni el sentido del bien común que nos permite identificar la racionalidad de la acción política. Recordemos a Max Scheler, cuya axiología ubicaba los religiosos en la cúspide de ese mundo de valores.
La santidad constituye en efecto la máxima perfección humana, la plenitud de nuestra naturaleza, lo que nos hace verdaderamente a imagen y semejanza de Dios. De ahí, el lamento de León Bloy:”Solo hay una tristeza, y es la de no ser santos” (Ver León Bloy Fragmentos).
Hoy se habla con bastante ligereza del libre desarrollo de la personalidad, ignorando que la libertad es don precioso del que disponemos para realizarnos plenamente, es decir, para divinizarnos, tal como lo expone Claude Tresmontant en un libro que tengo como joya preciosísima: “L’Enseignement de Ieschoua de Nazareth” (Éditions du Seuil. Paris, 1970), o como lo enseña más recientemente el padre Brune en distintas publicaciones sobre el mundo espiritual (Para que el hombre se convierta en Dios).
Lo religioso toca con realidades ciertamente complejas y difíciles de discernir, que dan lugar a discusiones interminables y a las especulaciones más heterogéneas o audaces. Pero son realidades sobre las que, como lo he escrito en otro lugar, median elementos que suministran serios motivos de credibilidad.
Resumo en cuatro los temas básicos a que da lugar la consideración de esas realidades:
-La existencia de dos mundos: el sensible y el suprasensible.
-Las interacciones de esos dos mundos.
-La supervivencia del alma humana después de la muerte biológica.
-La influencia del modo como nos hemos realizado en esta dimensión terrenal en nuestro estado post-mortem o del más-allá.
A la luz de las conclusiones a que podemos llegar después de examinar estos cuatro temas cabe considerar el de las apariciones de la Santísima Virgen, que están ampliamente documentadas.
Las estudia en detalle, por ejemplo, Yves Chiron en su “Enquête sur les Apparitions de la Vierge” (Le Grand Livre du Mois, Paris, 1995), o el padre Laurentin  en su “Diccionario de las Apariciones Marianas” o en “Lourdes, relato auténtico de las apariciones” (Lourdes, relato auténtico de las apariciones).
Las apariciones en Fátima cobran un relieve de la mayor significación. De su carácter sobrenatural dan fe el “Milagro del Sol”, presenciado por una enorme multitud el 13 de octubre de 1917; el comportamiento de los tres pastorcitos; los anuncios proféticos dados a conocer por Sor Lucía y el cumplimiento de varios de ellos (el triunfo del comunismo en Rusia, la aurora de enero de 1938, la II Guerra Mundial, la persecución de la Iglesia bajo los regímenes comunistas); los llamados a la conversión, el arrepentimiento, la oración y el sacrificio; en fin, la advertencia a la humanidad acerca de lo que podrá sobrevenirle si insiste en transitar por el escabroso camino del mal.
Fátima se prolonga en Garbandal (sobre lo que todavía no hay pronunciamiento de la Iglesia); en Akita, que gozó del beneplácito del entonces cardenal Ratzinger; y en Medjugorje, escenario de elocuentes fenómenos espirituales que son hoy objeto de cuidadosa investigación por el Vaticano.
De Medjugorje tuve conocimiento a través de un libro de Wayne Weible que encontré en una visita a Estados Unidos. Ahí relataba su experiencia como protestante en múltiples viajes que hizo a ese lugar a todas luces sagrado. Tiempo después, Weible protocolizó su conversión al catolicismo. Muchos otros han seguido su camino. Medjugorje, en donde la Santísima Virgen se sigue apareciendo, no solo ha atraído a más de treinta millones de peregrinos, sino que ha sido escenario de impresionantes conversiones de las que da cuenta, por ejemplo, el libro de Jesús García, “Medjugorje” (Libroslibres, Madrid, 2009).
De estos y otros eventos proféticos se ocupa el libro de Vance Ferrell, “The Marian Messages”, que puede consultarse aquí: The Marian Messages .
¿Quién puede dudar sobre cómo las fuerzas oscuras del mal se imponen hoy por doquier? ¿No es evidente la presencia multiforme e intensa del pecado en la vida de los individuos y las colectividades? ¿No tenemos claro que, como lo advierte el Evangelio en Jn 8, 34, el pecado es la peor de las esclavitudes? ¿Qué se pone de manifiesto hoy en Colombia, sino una amenaza que constituye la suma de todos los males que hemos venido padeciendo desde hace más de medio siglo? ¿No son las Farc, el Eln, las demás organizaciones criminales y los políticos que les sirven unos hatajos de demonios?
No me cabe duda: el combate que hoy se libra en el mundo es de índole espiritual. Enfrenta a las fuerzas de la Luz y de la Oscuridad, tal como lo pone de manifiesto el padre Dwight Longenecker en su importante libro “Catholicism Pure and Simple” (http://www.catholicscomehome.org/catholicism-pure-and-simple/).
A propósito del padre Longenecker, él dedica la edición de hoy de su blog a la conmemoración de las apariciones de Fátima, escribiendo sobre “La ira de la izquierda y el terror que se avecina”, en  cierta consonancia, aunque dentro de otros contextos,  con lo que modestamente he venido advirtiendo en mis escritos para Pianoforte (Catholicism pure and simple).
Insisto en lo que he afirmado en otras oportunidades: la paz es un valor espiritual que solo se realiza a partir de cierta disposición de ánimo acorde con la verdad y la justicia, que obedezca al “Sursum Corda”, la elevación de los corazones, que proclama el prefacio de la misa católica.
No es esa actitud la que se pone de manifiesto en torno del NAF. Todo lo contrario, lo que se ve es la arrogancia de las Farc, el espíritu pendenciero de Santos, el miedo de las comunidades, la indignación de mucha gente y el desasosiego por todas partes.
Ya habrá oportunidad de preguntarle al papa Francisco:¿Quo vadis? O mejor: ¿A qué vienes?
Publicado: mayo 18 de 2017