Ayúdame a vivir

Este es el título de una película de Libertad Lamarque en la que canta el tango homónimo que la hizo famosa en España y América Latina, Ayúdame a vivir.

Es evidentemente una pieza melodramática que a unos les toca el alma hasta hacerlos llorar y a otros los invita a la burla. Pero de lo que aquí se trata no es de analizar la película ni la canción, sino de utilizar el título para ilustrar un aspecto fundamental de las relaciones interpersonales, sean las de simple amistad o, con más veras, las amorosas.

Es verdad de Perogrullo que la vida humana transcurre en medio de circunstancias difíciles que hacen de ella una aventura azarosa. Buena cuenta de ello se da en el fascinante libro que acaba de publicar mi fraternal amigo Javier Tamayo Jaramillo bajo el título de «En contravía y por atajos», que como digo en su presentación, nos ofrece a su manera unas como memorias de infancia, adolescencia y juventud.

Según él, haciendo suya una observación de Dilthey, «La vida es una rara mezcla de azar, destino y carácter». Discrepo cordialmente, pues creo que tras el misterio de la acción humana hay, como observa Dostoiewsky acerca de su personaje Dimitri Karamazov, la lucha entre Dios y el Diablo que se libra en el interior de cada hombre. Javier descree de la Providencia; yo, en cambio, la encuentro en cada uno de los pasajes de mi vida, que no ha estado exenta de dolorosos episodios de caída y recuperación, o mejor dicho, de muerte y transfiguración, en el sentido del célebre poema sinfónico de Richard Strauss, que versa sobre el padecimiento terrestre hacia la bienaventuranza.

La cultura contemporánea, fuertemente impregnada de ateísmo en sus distintas modalidades, ha perdido de vista el hecho de que a través de nuestra vida edificamos un ser espiritual con vocación de trascendencia hacia la eternidad. Cada paso que damos contribuye a esa edificación o a su demolición. Y como lo he escrito en otra parte en torno al impacto que en cada uno de nosotros produce la decepción, «Cuando uno cree estar ascendiendo hacia la cumbre de la espiritualidad, una decepción lo desmorona todo y obliga a reemprender la marcha casi desde el punto de inicio. Trae consigo tormentas interiores, dudas, sensación de fracaso, frustraciones, heridas que se reabren, esfuerzo doloroso para volver a empezar a partir del perdón. Las tres caídas del Señor en el camino del Calvario nos enseñan a levantarnos una y otra vez. Laus Deo.»

Pues bien, por ese arduo camino de construcción de una personalidad cimentada en el espíritu no andamos solos. El libre desarrollo de la personalidad que la Constitución consagra ampulosamente como objeto de un derecho fundamental, se realiza de modo inexorable dentro de marcos sociales y, más precisamente, interpersonales. Ascendemos o nos hundimos con nuestros prójimos.

Traigo a colación una obra que Enrique Santos Discépolo dejó inconclusa al momento de su muerte, el precioso tango «Mensaje». Sus deudos le pidieron a Cátulo Castillo que le pusiera letra. Cátulo se puso en el lugar de Discépolo, y escribió como si este lo hiciera desde el cielo una de las mejores paginas de su copiosa y variopinta producción. El mensaje que pensó que enviaría el finado dice, entre otras cosas, estas: «…Mensaje con que te digo que soy tu amigo y tiro el carro contigo…Yo, tan chiquito y desnudo, lo mismo te ayudo cerquita de Dios…»

¡Eso hacen quienes nos rodean con su afecto: nos ayudan a vivir!

Hace algún tiempo escuché en una de las iglesias en las que procuro asistir diariamente a misa, una homilía que me produjo honda impresión. El celebrante insistió en ella en que no nos salvamos solos. De hecho, se da la comunión de los santos, los que habitan este mundo terrenal y los que ya han pasado a la vida eterna. Unos y otros, de distintos modos, cooperan con todos los humanos en esa marcha hacia la bienaventuranza que inspira el poema sinfónico de Richard Strauss. Esa cooperación se da a través de la oración, el ejemplo, el consejo, el estímulo, la camaradería, el alivio en el dolor o en la preocupación, en las muestras de afecto que nos acompañan en cada paso que damos por la vida.

A raíz de mis recientes quebrantos de salud, me he visto favorecido por tantas manifestaciones de solidaridad procedentes incluso de personas que apenas conocía de vista y hasta de otras que han aparecido circunstancialmente a ayudarme a bajar unas escaleras, a recorrer un trecho demasiado largo para mis posibilidades de movilización o a hacer compras en el mercado, que no puedo dejar de pensar que la bondad del prójimo se halla por doquiera. Está ahí, presta a manifestarse de modo espontáneo.

Después de la Consagración, siempre le doy gracias a Dios porque nos auxilia con su gracia, nos fortalece con su presencia y nos guía con amor por el camino de la bienaventuranza.

Leí no hace mucho una reflexión de San Pío de Pietrelcina, el gran santo del siglo XX y quizás de todos los tiempos, según se colige de lo que sobre él escribió Antonio Socci en «El Secreto del Padre Pío» (La Esfera de los Libros, Madrid, 2009). Ha dicho el santo que el amor es un reflejo de la acción de Dios sobre la humanidad. Así lo creo: cuando entre nosotros surge de pronto el sincero y desinteresado sentimiento amoroso compartido en sus distintas modalidades, de las que no se excluye una profunda relación de amistad, es la obra de Dios que viene en nuestro auxilio. Y, por contra, el amor engañoso o ilusorio, el que se nutre del ánimo aventurero, el pecaminoso, así como el desamor que enfrenta los que antes se quisieron de veras y por obra del funesto orgullo, la torpe acedia o las seducciones que tanto abundan por ahí, se ha trocado en indiferencia, desdén o rencor, son productos de la deletérea acción del Maligno que se solaza con el extravío de las almas.

El libro de mi amigo Javier evoca la presencia que él cree que fue obra del azar, pero a todas luces lo fue  de la Providencia, de un alma bendita que pasó fugaz y trágicamente por su vida para estimularlo, enderezarlo y hacer de él la eminencia  que hoy conocemos y admiramos: la finada Ángela Montoya, que seguramente le sigue ayudando cerquita de Dios.

Esto lo escribo con una dedicatoria implícita a la que, haciendo mío un verso de Racconto, «esquiva y provoca». Que Dios la bendiga siempre.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: diciembre 19 de 2019

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