Rafael Nieto Loaiza llegó al Senado gracias a la lista cerrada del Centro Democrático. Antes de eso, su trayectoria fue, en esencia, la de un abogado con un breve paso por un viceministerio durante el primer gobierno del presidente Uribe, algunas asesorías jurídicas y una presencia muy activa, en las redes sociales.
En algún momento fungió como apoderado de Colombia en un litigio ante la Corte Interamericana. Se le ha cuestionado por la forma en que elaboró algunos alegatos, en los que supuestamente habría copiado y pegado párrafos de un texto preexistente.
Cuando nació el CD, encontró allí un espacio político que nunca había conseguido por cuenta propia. En 2018 se inscribió como precandidato presidencial. Durante esa campaña buscó el respaldo económico de Abelardo De La Espriella.
Aquel año, el Centro Democrático designó a su candidato a través del cuestionadísimo mecanismo de encuestas. Nieto quedó en los últimos lugares.
En la reciente carrera presidencial acompañó a la candidata de su partido, Paloma Valencia cuya campaña estuvo respaldada por una coalición improvisada, incapaz de despertar entusiasmo entre los ciudadanos. El desenlace fue el peor resultado electoral que haya sufrido el uribismo en toda su historia.
Durante esa campaña, llamó la atención la estrategia escogida por Nieto Loaiza. En lugar de concentrarse en la defensa de las «tesis» de su candidata, buena parte de su tiempo fue invertido en atacar a Abelardo De La Espriella. Sus intervenciones estuvieron cargadas de descalificaciones, insultos y mentiras.
Quien hacía unos años había implorado el respaldo económico de De La Espriella, aparecía ahora dedicado exclusivamente a desacreditarlo.
Desde el pasado 20 de julio, cuando tomó posesión de su curul en el Senado, está enfocado en perfilarse como el más agresivo crítico del presidente entrante, echando mano de un estilo en el que la descalificación vacía e insulsa desplaza los aspectos ideológicos y de fondo.
Es, cuando menos curioso que, mientras el CD hace parte de la coalición que respalda al gobierno del presidente De La Espriella, uno de sus senadores parece decidido a actuar como si fuera parte fundamental del Pacto Histórico, colectividad con la que se le vio emocionado celebrando el resultado de la elección del presidente del Senado.
Todo indica que Rafael Nieto Loaiza ha decidido desempeñar, durante este cuatrienio, el papel del senador desbocado e incontenible. En lugar de contribuir al éxito del gobierno respaldado por su propio partido, optó por intentar convertirse en el principal antagonista del Presidente Abelardo De La Espriella.
Es una decisión que solo él podrá explicar. Lo que sí tiene una evidente explicación política es el silencio que, frente a los ataques de ese senador, guarda el expresidente Álvaro Uribe. Nieto no es un congresista marginal del CD. Fue, de hecho, el segundo renglón de la lista que hoy actúa bajo el liderazgo del exmandatario que es el jefe natural de esa colectividad.
Así que lo que Nieto haga o deje de hacer, indefectiblemente termina comprometiendo al doctor Uribe quien, seguramente hará lo de siempre: guardar silencio. Cuando se le pregunte por las actuaciones de Nieto, responderá que respeta la independencia de sus compañeros de partido y que cada congresista es responsable de sus opiniones.
Esa fórmula, desde siempre, le ha permitido ponerse al margen de controversias provocadas por miembros de su propio partido sin asumir el costo político de sus actuaciones.
Cuando un senador como Nieto convierte el enfrentamiento permanente con el gobierno en el eje de su actividad pública, y el jefe del partido no lo llama al orden, ese silencio termina diciendo tanto como cualquier declaración.
En política, la tolerancia reiterada es entendida como respaldo.
Nieto, evidentemente, no dejará de fustigar al presidente De La Espriella. Pero si el expresidente Uribe públicamente no envía una señal de desaprobación, quedará constatado que el inexperto senador es, en realidad, el hombre para el «trabajo sucio».
Publicado: julio 26 de 2026
