Cárcel o destierro

Cárcel o destierro

Toda religión política necesita herejes. El comunismo, más que ninguna otra. Desde los tiempos de Lenin y Stalin, el problema nunca fueron los enemigos declarados del régimen; esos eran fáciles de identificar. Los verdaderamente peligrosos eran los disidentes, los inconformes, los que se atrevían a cuestionar los dogmas oficiales. A esos había que destruirlos: unos terminaron en los gulags, otros fueron fusilados, muchos acabaron desterrados, y no pocos descubrieron que ni siquiera el exilio los libraba de la persecución.

Quien disentía dejaba de ser un ciudadano para convertirse en un enemigo del pueblo. El comunismo jamás ha reconocido el derecho a la oposición. 

En consecuencia, no tienen por qué causar extrañeza las palabras de Cepeda «invitando» a quienes tienen reparos sobre el rumbo del país a que se marchen de Colombia. No fue una mera salida en falso. Sus palabras tienen mucha historia. Cuando un comunista sugiere que quienes discrepan deberían abandonar su patria, no está improvisando, sino que está recurriendo a uno de los reflejos más antiguos de su tradición política.

Cepeda no habla desde la teoría. Basta con darle una mirada rápida a su vida pública en la que decenas de personas, empezando por el expresidente Uribe, han sido arrastradas a procesos judiciales por atreverse a denunciar sus abusos, cuestionar sus maniobras o desenmascarar su naturaleza estalinista. El mensaje se repite sin cesar: el que se oponga tendrá que pagar un elevadísimo precio que hasta ahora ha consistido en años de acoso judicial, pero quizás mañana sea mucho peor. 

No puede pasarse por alto que el comunismo jamás se conforma con el silencio de sus adversarios. Su meta es mucho más alta: su eliminación política, familiar y personal. El discrepante es una rémora que no merece pertenecer a la sociedad, luego debe ser expulsado de todos los espacios de decisión, de los medios de comunicación, de las universidades, de la controversia pública. El sueño dorado de un comunista de manual como Iván Cepeda es un entorno donde solo exista una voz legítima: la suya.

Una posible llegada de Cepeda a la Presidencia no implicaría simplemente la continuidad del petrismo. Representaría el ascenso al poder de un hombre que contempla la discrepancia como una forma de hostilidad y que considera sospechoso a todo aquel que no se pliegue a sus dogmas. Para él, el problema no son los abusos del poder, sino quienes los denuncian. 

Por eso la elección que se aproxima trasciende los nombres y los partidos. Lo que está en juego es la supervivencia misma de una oposición libre. La historia enseña una lección tan vieja como el comunismo: cuando un autócrata consolida el poder, sus adversarios son convertidos en enemigos del Estado. Y cuando eso ocurre, la cárcel y el destierro dejan de ser excepciones para convertirse en instrumentos ordinarios de gobierno.

La «amable» invitación de Cepeda a abandonar Colombia no es una cortesía. Es una advertencia dirigida a millones de ciudadanos que se niegan a someterse a su visión del mundo. En el universo mental del comunismo, los opositores no son compatriotas, sino herejes. Y los herejes, tarde o temprano, terminan ante el tribunal, camino del exilio o convertidos en objetivo permanente del régimen.

@IrreverentesCol

Publicado: junio 12 de 2026

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