La oposición frente al desafío de derrotar a Cepeda

La oposición frente al desafío de derrotar a Cepeda

Las campañas políticas, por su propia naturaleza competitiva, tienden a estimular el paroxismo emocional en los seguidores de los distintos candidatos. En un escenario ideal, las contiendas electorales deberían desarrollarse exclusivamente en el terreno de las ideas: confrontación de programas, discusión de propuestas y contraste de visiones sobre el futuro de una sociedad. Ese sería el espacio propio de una democracia madura.

La experiencia demuestra algo muy distinto. Las campañas movilizan emociones intensas. Los simpatizantes de cada candidato no solo defienden un proyecto político, sino que terminan identificándose profundamente con él, hasta el punto de asumir las críticas como ataques personales. Ese fenómeno transforma con frecuencia el debate político en un terreno dominado por la pasión antes que por la razón.

Aparecen entonces los insultos, las descalificaciones y, en algunos casos, las agresiones verbales entre seguidores de distintas posiciones. Las redes sociales han amplificado ese fenómeno de manera notable: la inmediatez, el anonimato relativo y la búsqueda de la viralización favorecen las respuestas impulsivas y los enfrentamientos. Es una realidad difícil de modificar, porque la política democrática moviliza identidades, emociones y sentido de pertenencia. Pretender que millones de ciudadanos reaccionen con absoluta frialdad frente a un proceso que define el rumbo del poder político es, en gran medida, una aspiración idealista.

La campaña presidencial colombiana es una especie de trípode político. Una de las patas de ese trípode está representada por el comunista Iván Cepeda Castro. Allí se encuentra la principal amenaza política, en la medida en que se propone una transformación estructural del modelo económico y del sistema institucional colombiano. Una victoria de Cepeda implica la muerte de la democracia colombiana. 

Otra pata corresponde a una oposición de carácter más centrista, que intenta presentarse como una alternativa institucional y moderada que ha emanado de una coalición integrada por excandidatos con posturas que van desde el centro-izquierda hasta el uribismo moderado de Paloma Valencia. Su estrategia consiste en disputar el electorado opositor con un discurso que combina crítica al gobierno con una propuesta política más matizada.

La tercera pata del trípode estaría constituida por una derecha más definida ideológicamente, menos inclinada a suavizar sus posiciones y más dispuesta a plantear con claridad un enfrentamiento político directo con la extrema izquierda. Abelardo De La Espriella representar a un electorado que reclama posiciones más contundentes frente a la amenaza del proyecto comunista. 

Las últimas presidenciales de Argentina ofrecen un paralelo interesante para entender este tipo de escenarios. En la primera vuelta de esa contienda, el candidato kirchnerista  Sergio Massa enfrentaba a dos figuras fuertes de la oposición: Javier Milei, conocido popularmente como el León, y Patricia Bullrich, apodada el Pato.

Entre Milei y Bullrich la confrontación fue implacable. Se atacaron con dureza durante toda la campaña de primera vuelta, se acusaron mutuamente de representar riesgos para el país y la disputa alcanzó niveles particularmente agresivos. La tensión llegó al punto de que ambos se amenazaron públicamente con llevarse a la cárcel uno al otro.

Cada uno buscaba consolidarse como la verdadera alternativa frente al oficialismo y disputaban el mismo espacio electoral. La competencia era, por lo tanto, inevitablemente feroz.

La situación cambió cuando llegó el balotaje. Una vez definido que el enfrentamiento final sería entre Massa y Milei, la lógica política se transformó. Atrás quedaron los insultos, atrás quedó la confrontación implacable. Lo que se produjo fue una convergencia de esfuerzos y una unidad de propósitos para derrotar al heredero de Cristina Fernández de Kirchner. 

Sin desaparecer las diferencias ideológicas entre los distintos sectores opositores, se construyó una unidad de miras cuyo objetivo era impedir la continuidad del proyecto político que representaba Massa. Finalmente, ese alineamiento político resultó decisivo en el resultado electoral.

Ese episodio ilustra una realidad bastante constante en las democracias contemporáneas. Durante la primera fase de las campañas, los sectores que comparten un mismo espacio ideológico compiten entre sí con intensidad para definir quién encarna mejor esa representación. Cuando llega el momento decisivo, la lógica electoral obliga a recomponer alianzas y a concentrar fuerzas frente al adversario principal.

Algo parecido puede ocurrir en Colombia.

Lo esencial es no olvidar cuál es el verdadero enemigo político: Iván Cepeda, el comunista que demolerá las bases de la democracia colombiana tan pronto acceda al poder. Él es el Fidel Castro colombiano, delincuente al que Cepeda ha expresado su admiración en distintos momentos.

Por esa razón, la pregunta decisiva dentro del campo opositor no será solamente quién tiene un discurso más contundente o quién logra movilizar a su base política más fiel. La pregunta central será quién tiene mayor capacidad de construir una mayoría capaz de derrotar a Cepeda en segunda vuelta, y garantizar la seguridad de los colombianos una vez se produzca la salida la izquierda del poder porque nadie puede llamarse a engaños: si el petrismo-comunismo pierde las elecciones, la caterva que hace parte de esa corriente pretenderá bloquear e incendiar al país, tal como hicieron en 2001 cuando pusieron en jaque al débil gobierno de Iván Duque. 

La disputa entre Paloma Valencia y el Tigre se desarrollará inevitablemente dentro del mismo nicho electoral: el de los votantes opositores. Ese fenómeno implica lo que podría describirse como una cierta canibalización electoral: votantes que inicialmente se inclinan por un candidato terminan desplazándose hacia el otro.

Electores que en un primer momento apoyen a Valencia podrían terminar apoyando a De La Espriella. Ese desplazamiento es natural cuando dos candidaturas compiten por representar a un mismo espacio político, a través de propuestas marcadamente distintas. 

Entre esos dos polos también existe un segmento importante de electores que no se identifican plenamente con ninguno de los dos proyectos. Son votantes centristas o independientes que observan la contienda con cautela y que aún no han definido su posición.

Muchos de ellos también se oponen a una eventual victoria de Cepeda, pero no se sienten automáticamente representados por las candidaturas opositoras existentes. Ese grupo terminará siendo decisivo.

La indefinición de esos electores probablemente se resolverá hacia la candidatura que logre presentar una alternativa de gobierno más convincente, una propuesta capaz de ofrecer una salida clara a crisis que vive Colombia. 

La política electoral funciona así. No gana necesariamente quien tiene el discurso más duro ni quien representa con mayor pureza una posición ideológica. La victoria suele corresponder a quien logra persuadir a la mayoría de que es la opción más eficaz para enfrentar el momento histórico de la sociedad. 

@IrreverentesCol

Publicado: marzo 16 de 2026

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