La Constitución de Colombia establece en su artículo 202 que el vicepresidente de la República tiene una función clara y precisa: reemplazar al presidente en sus faltas temporales o absolutas.
Una falta temporal se presenta cuando el presidente, por alguna razón, durante el ejercicio de su mandato decide apartarse del cargo mediante una licencia para atender asuntos personales. Algo así ocurrió cuando Ernesto Samper se ausentó durante algunos días de la Presidencia y la vacante fue asumida por su vicepresidente, Carlos Lemos Simmonds. La falta absoluta, por su parte, se configura cuando el presidente renuncia de manera irrevocable, cuando es destituido como resultado de un proceso político en el Congreso de la República o, naturalmente, cuando fallece.
La figura del vicepresidente no ha sido una constante en la historia constitucional colombiana. La Constitución de 1886 la contemplaba originalmente. De hecho, quien encabezó el golpe de Estado contra el presidente Manuel Antonio Sanclemente el 31 de julio de 1900 fue su propio vicepresidente, el usurpador José Manuel Marroquín, quien terminó asumiendo el poder.
En 1905 esa figura fue eliminada y se adoptó el modelo del designado, elegido por el Congreso de la República para reemplazar al presidente en caso de ausencia temporal o absoluta. Solo con la Constitución de 1991 se reincorporó la vicepresidencia al sistema institucional colombiano.
En términos coloquiales suele decirse que el vicepresidente debe estar atento, sobre todo, a la salud del presidente. George Washington lo decía jocosamente cuando comentaba que allí venía el vicepresidente, siempre preocupado por la salud del presidente. Más adelante, John Nance Garner, vicepresidente de Franklin Delano Roosevelt, repetía la misma idea con humor: la primera obligación del vicepresidente cada mañana es elevar una plegaria por la salud del presidente.
Desde 1991 Colombia ha tenido vicepresidentes de muy distinta naturaleza. El primero fue Humberto de la Calle, vicepresidente de Ernesto Samper, quien renunció en medio del escándalo del proceso 8000 y fue reemplazado por Lemos Simmonds.
Andrés Pastrana llevó a la vicepresidencia a Gustavo Bell, un funcionario gris, sin mayor trascendencia política. Álvaro Uribe tuvo durante sus dos períodos a Francisco Santos, un hombre que por temperamento y estilo se encontraba en las antípodas del presidente, pero que en términos generales no fue ni conspirador ni estorbo. Cumplió algunas funciones relacionadas con los derechos humanos y nunca se convirtió en una traba para el gobierno.
Juan Manuel Santos tuvo tres vicepresidentes: primero Angelino Garzón, luego Germán Vargas Lleras y finalmente el muy cuestionado general Óscar Naranjo. Iván Duque, en cambio, sí tuvo una conspiradora en casa: Marta Lucía Ramírez, una enemiga declarada del presidente que, según relatan quienes estuvieron en ese gobierno, pasó los cuatro años al acecho, presionando y tratando de condicionar las decisiones del jefe de Estado.
Todo esto conduce al punto central: la razón de ser del vicepresidente es reemplazar al presidente. Por eso sus condiciones morales, personales, intelectuales, profesionales y políticas deben estar a la altura de esa responsabilidad. No es un cargo decorativo ni un simple premio electoral. Si el presidente falta, el vicepresidente debe asumir las riendas del país.
De ahí la enorme irresponsabilidad de Gustavo Petro cuando decidió llevar como fórmula a Francia Márquez. Es cierto que pertenece a una minoría étnica y que ha construido su liderazgo alrededor de reivindicaciones sociales y sindicales. Pero una cosa es el activismo y otra muy distinta la conducción del Estado. La vicepresidencia exige entidad política, solvencia intelectual y capacidad de gobierno. Francia Márquez carece de ese peso específico. Fue una decisión demagógica, una más dentro de las muchas decisiones irresponsables que han caracterizado a Gustavo Petro.
En contraste, en las últimas horas se ha conocido que uno de los candidatos con mayores posibilidades en las próximas elecciones, Abelardo De La Espriella, ha escogido como fórmula vicepresidencial al doctor José Manuel Restrepo. Exministro de Estado, rector universitario, académico respetado, Restrepo es un hombre de sólida entidad moral y un profesional de las mejores calidades.
Fue, además, de lejos uno de los mejores funcionarios del lánguido, triste y gris gobierno de Iván Duque. Su designación constituye una señal clara de madurez política por parte de De La Espriella, y al mismo tiempo envía un mensaje de confianza a los electores y a los ciudadanos.
Se suele decir que los candidatos a la vicepresidencia no suman votos y que lo importante es que no los resten. En el caso de José Manuel Restrepo ocurre algo distinto: su presencia en la fórmula seguramente le aportará votos a la candidatura del tigre. Amplía el horizonte de la campaña y permite conquistar sectores que todavía no se han vinculado a ese proyecto político.
Restrepo, además de ser el académico y el profesional del que se ha hablado, es un político atildado, con bagaje, con talante y con experiencia en la administración pública. Su presencia será un aporte importante en la campaña y, llegado el caso, también en el ejercicio del gobierno.
Todo indica que, si De La Espriella llega a la Presidencia, Restrepo no será una figura decorativa encargada de asuntos menores. Será un verdadero coequipero en el gobierno. El propio candidato lo ha dicho: su propósito es rodearse de las mejores inteligencias del país para reconstruir a Colombia después de esta larga y oscura etapa que atraviesa bajo el gobierno corrupto de Gustavo Petro.
En política, las fórmulas vicepresidenciales suelen ser apuestas tácticas. Algunas se escogen para equilibrar regiones, otras para representar sectores sociales, otras simplemente para cumplir compromisos electorales. En este caso, la designación de Restrepo parece responder a algo más serio: la búsqueda de un compañero de gobierno con preparación, criterio y capacidad de gestión.
Si ese es el propósito, la elección de José Manuel Restrepo no solo fortalece la campaña de Abelardo de la Espriella. También envía un mensaje institucional claro: el país necesita volver a tomarse en serio el ejercicio del poder. Y eso comienza, naturalmente, por elegir bien a quienes están llamados a gobernar.
Publicado: marzo 11 de 2026
