El resultado electoral observado el pasado domingo dejó una lección que conviene subrayar con claridad: en democracia, las realidades políticas las determinan las urnas, no las redes sociales ni las encuestas amañadas. La distancia entre el clima artificial que se construye en el debate digital y la expresión efectiva de la ciudadanía volvió a quedar expuesta.
Particularmente revelador fue el resultado de la consulta en la que resultó elegida Paloma Valencia. Durante semanas se intentó instalar, mediante sondeos e invenciones mediáticas, una percepción de apatía o debilidad electoral que terminó siendo desmentida por la participación real de los ciudadanos. La jornada electoral demostró que muchas de esas mediciones estaban profundamente distorsionadas por intereses políticos evidentes.
Las encuestas difundidas antes de la votación no lograron anticipar, ni siquiera de manera aproximada, el volumen de participación que finalmente se produjo. La Gran Consulta por Colombia alcanzó cerca de seis millones de votos, una cifra considerable que no había sido prevista por prácticamente ningún estudio de opinión divulgado en los días previos a la elección.
El contraste entre lo que se anunciaba y lo que finalmente ocurrió obliga a revisar con seriedad el papel que hoy desempeñan ciertos instrumentos de medición electoral. Cuando los sondeos dejan de ser herramientas técnicas y se convierten en mecanismos de orientación política o de construcción artificial de percepciones, pierden su función informativa y terminan actuando como instrumentos de manipulación del debate público.
Los resultados también permiten identificar con mayor claridad el mapa político que comienza a configurarse de cara a la elección presidencial. Más allá de la proliferación de candidaturas inviables que llegarán a la primera vuelta, el panorama real parece estructurarse alrededor de tres fuerzas.
La primera es la izquierda neocomunista que representa el heredero político de Gustavo Petro: Iván Cepeda. Su candidatura no parte desde cero. Llega respaldada por una base electoral considerable que puede estimarse, como punto de partida, en los 4.5 millones de votos obtenidos por el Pacto Histórico en la elección de Senado. Esa votación constituye el núcleo duro del proyecto político de la izquierda radical en Colombia y representa un punto de apoyo electoral significativo.
En segundo lugar aparece con fuerza el liderazgo de Paloma Valencia. Su triunfo en la consulta la posiciona como una figura con capacidad real de disputar la Presidencia. No se trata únicamente de un triunfo personal, sino del respaldo de toda una coalición política que, sumada, alcanzó cerca de seis millones de votos, gracias a la inagotable capacidad del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Ese caudal representa una base sólida sobre la cual puede construirse una candidatura competitiva en la primera vuelta presidencial.
La tercera fuerza es la Abelardo De La Espriella, quien emerge como un outsider dentro del panorama político tradicional. Su figura conecta con un sector amplio de ciudadanos que se siente distante de las estructuras partidistas clásicas y que encuentra en su discurso una expresión de inconformidad frente al rumbo del país. Su respaldo popular, aunque difícil de medir con precisión, no puede ser subestimado. De La Espriella encarna para muchos colombianos una voz firme, una voz directa y una propuesta de país que se presenta como clara y definida frente a los desafíos actuales.
Así, más allá del ruido político y de la multiplicación de candidaturas que inevitablemente llegarán a la primera vuelta a finales de mayo, el escenario se perfila alrededor de estas tres corrientes.
Conviene advertirlo con absoluta claridad: aquí no se ha ganado nada. Sería profundamente equivocado —y políticamente irresponsable— caer en actitudes triunfalistas. La amenaza que representa el proyecto comunista de Iván Cepeda continúa plenamente vigente. Su base electoral existe, está organizada y constituye un factor que no puede ser ignorado.
Las campañas electorales siempre estimulan la pasión, avivan los ánimos y empujan a los candidatos a confrontaciones cada vez más intensas. Esa dinámica forma parte natural de la competencia democrática. Pero quienes hoy se encuentran en el campo de la oposición deben actuar con una prudencia estratégica singularísima. La confrontación entre quienes comparten un mismo objetivo político puede terminar siendo el mayor beneficio para su adversario.
Por esa razón resulta indispensable cuidar el tono y el contenido de la disputa electoral. El debate es necesario y saludable; los ataques destructivos no. No se trata de evitar las diferencias, sino de impedir que la competencia termine dejando heridas que después resulten imposibles de restañar.
Cada candidatura debe hacer su campaña, presentar sus propuestas y someterse al veredicto de las urnas en la primera vuelta. Ese ejercicio permitirá medir con precisión el respaldo real de cada proyecto político. Pero al mismo tiempo debe existir la conciencia de que la competencia de hoy deberá transformarse mañana en cooperación política.
De ahí la importancia de tender puentes desde ahora entre los distintos sectores de la oposición, entre sus liderazgos y entre sus equipos políticos. Esos camino de comunicación debe comenzar a construirse desde este momento a través de compromisarios capaces de preparar el terreno para lo que será una necesidad política ineludible: una alianza de cara a la segunda vuelta.
El nombre del juego es el entendimiento entre las diversas corrientes de la oposición. Entendimiento entre sus liderazgos. Entendimiento entre quienes comparten la convicción de que el país no puede quedar en manos de un proyecto político inspirado en el neocomunismo.
No puede perderse de vista la capacidad que estos movimientos extremistas han demostrado históricamente para recomponerse, reorganizarse y revertir escenarios electorales aparentemente adversos. Subestimar esa habilidad sería un error de enormes proporciones. No sería la primera vez que una elección aparentemente definida termina dando un giro inesperado en el balotaje como consecuencia de divisiones internas en el campo democrático.
Por eso la conclusión es sencilla y contundente: la competencia debe ser firme, pero limpia. Sin trampas, sin atajos, sin zancadillas. Cada candidato defendiendo su visión de país, pero con la conciencia de que después de la primera vuelta será indispensable caminar juntos.
Al final, como quedó demostrado el pasado domingo, la política real no se decide en las redes sociales ni en los estudios de opinión diseñados para orientar percepciones. Se decide en las urnas.
Y cuando llega la hora de votar, es el ciudadano —libre, silencioso y soberano— quien tiene la última palabra. Allí, en ese momento decisivo, caen las narrativas fabricadas, se disuelven las encuestas interesadas y aparece la verdad más simple y más poderosa de la democracia: la voluntad del pueblo expresada en su voto.
Publicado: marzo 10 de 2026
