La inaceptable blasfemia de Petro

La inaceptable blasfemia de Petro

La fe cristiana afirma, con una claridad que no admite ambigüedades, que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Esta confesión no es una fórmula piadosa, sino el núcleo mismo de la cristología. Precisamente por ello, la santidad de Cristo no puede entenderse como una excelencia moral alcanzada progresivamente ni como el resultado de una lucha interior contra el pecado, sino como una realidad constitutiva de su ser personal. En Jesucristo, la santidad no es adquirida: es originaria, plena, perpetua y sin mácula.

En cuanto verdadero hombre, el Hijo eterno asumió íntegramente la condición humana. Compartió nuestra carne, nuestra historia, nuestra vulnerabilidad. Se hizo semejante a nosotros en todo, menos en una cosa decisiva: el pecado. Esta excepción no es un matiz secundario ni una precisión moral marginal, sino un dato teológico central. El pecado no pertenece a la esencia de lo humano, sino que es una herida histórica causada por la libertad de que gozan las criaturas. Por eso, lejos de disminuir la humanidad de Cristo, su total ausencia de pecado manifiesta la humanidad en su forma más auténtica y realizada.

Esta santidad perfecta no permaneció oculta ni confinada a una formulación dogmática abstracta. Se hizo visible tanto en la vida oculta de Jesús como en su vida pública. Los años silenciosos de Nazaret no son un vacío irrelevante, sino una parte esencial del misterio de Cristo: allí se revela una santidad vivida en lo ordinario, en la obediencia filial, en el trabajo humano y en la comunión constante con la voluntad del Padre. Nada en los Evangelios sugiere ambigüedad moral, doble vida o desorden interior; por el contrario, todos los textos sagrados confirman que Su vida terrena fue íntegra, unificada y transparente.

En los años de vida pública, esta santidad se manifiesta de manera aún más clara. La autoridad con la que enseña, la libertad con la que se enfrenta al mal, la pureza de su trato con hombres y mujeres y la coherencia absoluta entre palabra y acción revelan una humanidad sin fisuras interiores. Los Evangelios no presentan a un Jesús dominado por pulsiones desordenadas que deba reprimir, sino a un hombre plenamente dueño de sí, cuya libertad humana está radicalmente orientada al amor y a la verdad. Esta imagen será recibida, custodiada y profundizada íntegramente por la tradición posterior de la Iglesia.

No existe ningún texto que forme parte del canon bíblico, en particular del Nuevo Testamento, que afirme, sugiera o permita inferir que Jesucristo hubiera tenido relaciones sexuales. 

Tampoco existe un solo testimonio de los Padres de la Iglesia, ni orientales ni occidentales, que sostenga semejante idea. San Ireneo de Lyon, al desarrollar la teología de la recapitulación, presenta a Cristo como el nuevo Adán que asume la humanidad para sanarla desde dentro, rehaciendo el camino del hombre sin desorden ni ruptura. Orígenes, por su parte, subraya la santidad absoluta del Logos encarnado y su orientación total al Padre, interpretando la imagen de Cristo esposo de la Iglesia en un sentido teológico y simbólico, nunca biográfico. El silencio patrístico sobre una supuesta vida sexual de Jesús no es accidental: constituye una prueba histórica de que tal idea era completamente ajena a la fe de la Iglesia primitiva.

Santo Tomás de Aquino al responder la pregunta de si hubo pecado en Cristo, afirma sin equívocos (S. Th III, q15, a1): «Cristo no asumió en manera alguna el defecto del pecado, ni el original ni el actual, según lo dice san Pedro: “Él, en quien no hubo pecado y en cuya boca no se halló engaño”». 

La certeza de la impecabilidad de Cristo se vuelve todavía más elocuente cuando se examinan las grandes herejías cristológicas de los primeros siglos. Ni el arrianismo, que negó la plena divinidad del Hijo; ni el nestorianismo, que fragmentó indebidamente la unidad personal de Cristo; ni el apolinarismo, que empobreció su humanidad, se atrevieron jamás a cuestionar la santidad personal de Jesucristo ni a introducir la idea de una vida sexual activa. Las controversias cristológicas giraron en torno a la relación entre las naturalezas, a la identidad del Verbo y a la economía de la salvación, pero nunca pusieron en duda la integridad moral ni la consagración total de Cristo. Incluso en el error doctrinal, existía un consenso básico: Jesucristo no podía ser concebido como un hombre sometido a una lógica de autorrealización privada incompatible con su misión salvífica.

Esa es una verdad probada que ha sido gravemente lastimada por la inaceptable afirmación de Gustavo Petro. Su aseveración en el sentido de que Jesucristo tuvo relaciones sexuales, no constituye una hipótesis, una lectura alternativa ni una discusión teológica legítima, sino una afirmación temeraria, falsa y ofensiva. Atribuir a Jesucristo una vida sexual activa no responde a ningún debate serio ni a ninguna investigación históricamente responsable. Es una declaración gratuita, carente de todo respaldo documental, que ignora la Escritura, desprecia la tradición cristiana y evidencia un desconocimiento profundo de la teología. 

Resulta absolutamente inaceptable para los cristianos lo expresado por la persona que ejerce el cargo de presidente de Colombia. No estamos ante una opinión debatible ni ante un recurso retórico sin consecuencias, sino ante una ofensa directa y consciente a la figura central de la fe cristiana. Se trata de una intervención que vulnera el núcleo mismo de la cristología y constituye una falta de respeto grave hacia millones de creyentes que reconocen en Jesucristo al Hijo eterno de Dios hecho hombre. No hay aquí desconocimiento inocente ni ligereza accidental, sino una acción verbal orientada a banalizar lo sagrado y a agredir las convicciones religiosas de una comunidad mayoritaria en Colombia.

La gravedad de lo ocurrido no reside únicamente en la falsedad conceptual de lo dicho, sino en el daño simbólico, cultural y espiritual que produce. Trivializar la figura de Jesucristo y someterla a lecturas ideológicas carentes de rigor no contribuye al diálogo ni al pluralismo, sino que erosiona el respeto debido a las creencias religiosas. La libertad de expresión no legitima la ignorancia militante ni justifica la humillación de lo que otros consideran sagrado, menos aún cuando proviene de una figura pública llamada a ejercer la palabra con responsabilidad.

Rechazar con firmeza este tipo de declaraciones y exigir una respuesta clara de quienes tienen el deber de custodiar la fe no es un gesto de intolerancia ni de fanatismo. Es un acto legítimo de defensa de la fe cristiana y de la dignidad de una tradición religiosa milenaria. Jesucristo no necesita ser reinterpretado mediante provocaciones infundadas para resultar relevante o actual. Su santidad perfecta, su vida entregada y su identidad única siguen siendo hoy, como siempre, un punto de referencia irrenunciable para la fe cristiana y para la comprensión misma de lo humano. Todo intento de degradar esa figura no revela audacia intelectual ni pensamiento crítico, sino una pobreza conceptual que termina por deshonrar más a quien la formula —o la calla— que a Aquel a quien pretende ofender.

@IrreverentesCol

Publicado: enero 29 de 2026