Álvaro Gómez Hurtado en su monumental documento El acuerdo sobre lo fundamental, recogido en el segundo tomo de las obras selectas publicadas por Villegas Editores, sostiene con claridad meridiana: «La política es la forma como se cuida de la patria. Se hace política para conseguir el bien común… Y si el bien común se consigue, ahí está, también, toda la gloria».
Han pasado treinta y un años desde su asesinato, crimen que, por lo demás, continúa cubierto por la más nauseabunda impunidad. No ha habido fiscal general de Colombia que anuncie que bajo su administración se castigará a los determinadores de ese magnicidio. Todo ha quedado en palabras huecas, porque esos mismos funcionarios, paralizados por el miedo o por la conveniencia, se han encargado de proteger a los poderosos políticos liberales que idearon y ordenaron el crimen. El tiempo pasa y algunos de los responsables, como Horacio Serpa, han muerto sin responder ante la justicia.
Una de las últimas obras políticas del doctor Gómez fue la fundación de su propio movimiento, disidente del partido Conservador, aunque no de las ideas. Por el contrario, lo que lo impulsó a crear una nueva estructura política fue la defensa coherente de unos principios que habían sido abandonados por la colectividad azul, la cual prefirió la burocracia, la politiquería y el clientelismo antes que la doctrina y el servicio al bien común.
Así, en 1990, se presentó por tercera vez a la presidencia de la República, cobijado por el naciente Movimiento de Salvación Nacional, con el objetivo explícito de enfrentar a la maquinaria roja. Fue derrotado en las urnas, pero sus ideas salieron enaltecidas, al punto de que, un año después, su grupo se convirtió en la tercera fuerza más votada en la convocatoria de la Asamblea que redactó la Constitución que hoy rige en Colombia.
El grueso de sus ideas y planteamientos conserva una vigencia notable. En 1989, por ejemplo, advirtió que Colombia se está «africanizando» como consecuencia de la violencia guerrillera, señalando que «parece que ha llegado el momento de sacudirnos la revolucionariedad y de hacer una valoración de lo nuestro, sin el compromiso de denigrarlo. Porque resulta imperioso volver a situarnos dentro del escalafón mundial en una situación de ascenso. El actual empobrecimiento de América Latina es el resultado de esa política de autodestrucción [marxista]».
Tras su asesinato, su hermano Enrique Gómez Hurtado y el dirigente Roberto Camacho asumieron la tarea de mantener viva la llama de Salvación Nacional. Gómez, desde el Senado, y Camacho desde la Cámara de Representantes, se convirtieron en los principales portaestandartes del alvarismo. Mientras Colombia se hundía en la inmunda corrupción del narcogobierno de Samper, y luego en la insoportable rendición del gobierno Pastrana frente a las Farc, ellos alzaron su voz con firmeza para defender un Estado de derecho cada vez más debilitado.
Fueron consecuentes con los principios. De cara a las elecciones de 2002, cuando todo indicaba que Horacio Serpa sería el ganador, Gómez y Camacho fueron los primeros en sumarse a la campaña del entonces desconocido Álvaro Uribe Vélez, quien, pese a su origen liberal, defendía con lucidez y determinación postulados sustancialmente coincidentes con los suyos.
Los años pasaron. Primero llegó la trágica muerte de Roberto Camacho, en un extraño accidente en helicóptero mientras hacía campaña en Cundinamarca. Luego, el merecido retiro del doctor Enrique Gómez, quien vivió sus últimos años contemplando con dolor la decadencia moral del país por el que tanto había luchado.
Álvaro Gómez Hurtado enseñaba con insistencia que –en política– «¡hay que estar! Es la obligación de nuestro tiempo. Es la obligación de todos los días. Probablemente es la obligación de todas las gentes» (Conferencia sobre la democracia sin partidos).
Ese hay que estar, está siendo hoy asumido por su sobrino, Enrique Gómez Martínez, quien se ha propuesto darle un nuevo aire a Salvación Nacional. Luchó con tenacidad para recuperar la personería del movimiento y ha peleado contra viento y marea para que abrir espacios donde su voz –que es la miles de colombianos decentes que se resisten a que el país se precipite por el abismo–, pueda ser oída.
Retomando al doctor Gómez Hurtado en su reflexión sobre la democracia sin partidos, él afirmaba que «conseguir la solidaridad ennoblece la política y premia el buen gobierno. Se obtiene así el compromiso de las gentes, que permite contar con el apoyo desinteresado de quienes muestran su conformidad. Para que sea eficaz, la solidaridad no sólo debe surgir del convencimiento sino ser espontanea y gratuita. Eso hace posible que la democracia se constituya en un buen gobierno y que la política sea barata y honesta».
Por ello, en el ADN del alvarismo se encuentra la Política con mayúscula, y no hay rastro alguno de clientelismo ni de transacción corrupta. Cuando alguien piensa votar por Salvación Nacional, lo hace sabiendo que, a cambio, no recibirá prebendas ni promesas de puestos, sino la satisfacción moral de haber respaldado a un movimiento doctrinario, comprometido con ideas claras y con una concepción elevada del servicio público.
Es frecuente oír que muchas personas consideran a Enrique Gómez Martínez un candidato valioso, coherente y con ideas claras para el Senado, pero al mismo tiempo afirman que no perciben un respaldo ciudadano suficiente y que, por esa razón, optarán por votar por otro partido «con más opciones». Esa lógica es precisamente la que impide que el Movimiento de Salvación Nacional crezca y se consolide: el apoyo existe, pero no se traduce en votos efectivos. Si alguien se siente auténticamente representado por sus principios, por su defensa institucional y por su propuesta política, la consecuencia natural no puede ser la abstención ni el cálculo estratégico, sino el voto decidido y entusiasta. Los proyectos políticos no se fortalecen con elogios tibios, sino con respaldo concreto en las urnas; por ello, la coherencia exige que quienes creen en Salvación Nacional lo expresen de manera masiva y clara, votando por ese partido en las elecciones de marzo y convirtiendo la afinidad ideológica en fuerza electoral real, porque hoy, como ayer, la invitación sigue vigente: votar por Salvación Nacional es apostar por un país que pueda, como decía Álvaro Gómez, volver a vivir.
Publicado: enero 19 de 2026
