En tiempos de campaña no hay ingenuidades posibles. Cada aspirante tira para su propio lado, cuida su parcela de poder, refuerza su discurso y defiende sus intereses con uñas y dientes. La política, en su paroxismo, no conoce de almas cándidas. Frente a las elecciones del año entrante en Colombia, esta lógica elemental se ha hecho más visible que nunca. Basta mirar, para empezar, la lista al Senado del Centro Democrático para entender que en política no hay decisiones inocuas, solo decisiones con costos.
Dicha lista será cerrada. Y como ocurre en cualquier plancha de esta naturaleza, son muchos más los insatisfechos que los satisfechos. Los que no fueron incluidos, pese a que aspiraban con legitimidad, quedan heridos en el orgullo y dolidos en la ambición. Nada más humano dentro de la lógica despiadada de la competencia política. Los que sí quedaron incluidos y además en puestos de privilegio están, por supuesto, felices. Respiran tranquilos, hacen cuentas alegres y sueñan con el Capitolio. Pero la tranquilidad no es pareja para todos. Quienes quedaron en posiciones intermedias viven en el filo de la incertidumbre, temerosos de no alcanzar el umbral real de la elección. Y los que aparecen más abajo, esos que saben que no saldrán, no solo están molestos sino resignados a una peculiar línea en su hoja de vida: «excandidato al Senado». Clave de humor, sí, pero también clave de frustración.
Nada de esto es nuevo. La diferencia es que ahora el eco de la inconformidad se amplifica en redes, micrófonos y pasillos políticos. La lista cerrada ordena, disciplina, pero también rompe ilusiones. Es una herramienta eficaz para consolidar un proyecto, pero inevitablemente deja un saldo de heridos que deberán decidir entre la lealtad militante y el retiro silencioso. Ese es el primer demonio: el de las listas, que promete unidad, pero cosecha resquemores.
El segundo demonio es aún más complejo: el mecanismo de selección del candidato presidencial. Hoy hay dos ideas claramente enfrentadas. La primera, promovida por Abelardo De La Espriella, propone definir cuanto antes y por encuesta al aspirante presidencial. Es una fórmula rápida, aparentemente pragmática, que busca evitar el desgaste de una consulta prolongada. Pero no es difícil entender por qué quienes no están bien posicionados en los sondeos la rechazan de plano. Las encuestas, como instrumento político, generan adhesiones cuando se está arriba y profundas sospechas cuando se está abajo.
Frente a esa propuesta, muchos le apuestan a la consulta de marzo. La defienden como un mecanismo participativo, democrático, capaz de legitimar al eventual candidato. Sin embargo, también sobre la consulta se ciernen los fantasmas. Algunos advierten que será demasiado tarde y que, para entonces, se le habrá dado una ventaja considerable a Iván Cepeda, quien podría pasar cuatro o cinco meses en una campaña casi solitaria, sin un contendor claramente definido al frente. En política, el tiempo no es un detalle: es un capital.
Pero hay un temor aún más espeso, casi un mito que se repite con insistencia: que la izquierda «meta la mano» en la consulta, es decir, que movilice a sus votantes para respaldar al candidato «más derrotable» de la oposición. Ese riesgo existe, es real, pero no puede ser sobredimensionado sin matices. Solo sería plenamente operativo si la izquierda no hace su propia consulta, pues las normas prohíben que un elector vote en dos consultas distintas. El demonio existe, sí, pero no siempre tiene libertad absoluta para actuar.
Ante este panorama, la tentación es clara: satanizar uno u otro mecanismo, asumir que las encuestas son perversas por definición o que las consultas son una trampa segura. Y ahí es donde se comete el error más grave. En política no es prudente casarse ciegamente con una sola alternativa ni descartar de plano la otra. Ambas tienen virtudes y defectos, ventajas tácticas y riesgos estratégicos. La madurez política consiste, justamente, en no dejarse gobernar por el miedo.
Se ha dicho hasta la saciedad que la oposición enfrenta un desafío colosal. Un eventual gobierno de Cepeda sería —que de esto no quepa la menor de las dudas— un régimen de corte estalinista en pleno siglo XXI.
El buen político no es aquel que vive huyendo de los demonios, sino el que los reconoce sin permitir que lo paralicen. Listas cerradas, encuestas, consultas: todos son instrumentos. Ninguno es, en sí mismo, el signo del apocalipsis ni la garantía automática del éxito. Convertir cada procedimiento en un campo de batalla moral solo termina debilitando a quienes dicen querer fortalecer.
Al final, lo que está en juego no es solo quién encabeza una lista o quién gana una encuesta, sino la capacidad de la oposición de actuar con inteligencia estratégica, sin infantilismos ni miedos sobredimensionados. Porque en política, como en la vida, los demonios no desaparecen por ignorarlos, pero tampoco se vencen temiéndolos. Se enfrentan con cálculo, con temple y, sobre todo, con la serenidad de quien entiende que ningún método es perfecto, pero todos pueden ser útiles si se usan con cabeza fría.
Publicado: diciembre 9 de 2025
