La ‘neolengua’ petrista

La ‘neolengua’ petrista

En 1984, George Orwell imaginó una sociedad donde el lenguaje había sido secuestrado por el poder. Las palabras ya no servían para describir la realidad, sino para deformarla. La “neolengua” no era solo un sistema lingüístico; era una maquinaria para borrar la memoria, adulterar los hechos y fabricar un presente perpetuo donde el gobierno siempre tenía razón. La historia se reescribía cada día, y quienes intentaban recordar eran condenados como enemigos del Estado. Lo que Orwell advirtió como distopía, los colombianos lo ven hoy, en carne viva, convertido en método de gobierno y estrategia ideológica.

Desde el primer día en el poder, Petro ha mostrado una obsesión casi orwelliana por reescribir el pasado. No se trata ya de interpretar la historia, sino de reinventarla, de imponer una neohistoria que sustituya los hechos por un relato sentimental y convenientemente amnésico. En esa narrativa, los victimarios del ayer se presentan como libertadores incomprendidos; sus actos de barbarie se recubren de heroísmo revolucionario; y las víctimas, aquellas que fueron sacrificadas en nombre de una causa delirante, son relegadas a un despreciable silencio.

Esa neohistoria tiene nombre propio: el M-19. Una estructura terrorista que dejó cicatrices que nunca cerraron. Pero en el discurso oficial de hoy, esa organización aparece transfigurada en símbolo romántico, en mito fundacional del «nuevo país». No hay pudor en esa operación de cosmética moral: se lavan los crímenes con la retórica de la reconciliación, se borran los rastros del dolor con consignas de redención. Y en ese proceso, se ofende de nuevo a las víctimas, se ultraja su memoria y se les exige que aplaudan a quienes los humillaron. Aquel que se oponga, inmediatamente es encasillado como «fascista». 

El episodio más atroz, es el del Palacio de Justicia. Allí, en noviembre de 1985, el M-19 irrumpió a sangre y fuego en el corazón de la justicia colombiana. Decenas de magistrados, funcionarios y ciudadanos inocentes murieron en medio del horror. Fue una acción demencial, un acto de terrorismo disfrazado de gesto político. Sin embargo, el relato actual pretende presentarlo como una «genialidad» –calificativo empleado por el propio Petro–, una expresión de “rebeldía” contra el sistema. Esa perversión del lenguaje orwelliano alcanza su punto máximo cuando se llama «heroísmo» a la barbarie, y «memoria» a la manipulación.

La más reciente exaltación de esa falsificación se da con la promoción oficial de la película Noviembre. En ella, los productores no se limitan a reinterpretar los hechos: los niegan. Se permite el ultraje de ridiculizar a los magistrados asesinados, de tergiversar sus destinos y de presentar a los responsables como víctimas. En un pasaje particularmente doloroso, se sugiere que el profesor Manuel Gaona Cruz —jurista íntegro, símbolo de la independencia judicial— fue asesinado por el Ejército. Pero los informes de la Comisión de la Verdad sobre el Palacio de Justicia son claros: Gaona fue ejecutado por la espalda por el cabecilla del M-19, Andrés Almarales, genocida admirado por Petro. 

Negar que los facinerosos del M-19 fueron los responsables de la muerte del maestro Gaona, no es libertad artística; es una alevosa agresión a la verdad.

Esta adulteración del pasado no es inocente. Responde a una lógica política que busca controlar el presente dominando la memoria. Orwell lo dijo con precisión profética: «Quien controla el pasado, controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado». La reescritura de la historia se convierte así en un instrumento de dominación. Cuando el lenguaje se tuerce, la conciencia se adormece; cuando los verdugos son convertidos en mártires, la justicia se vuelve farsa.

Colombia no necesita nuevas leyendas, sino memoria verdadera. No necesita que el poder sea el que diga qué recordar, sino que respete el derecho de las víctimas a que su dolor no sea manipulado ni convertido en argumento de propaganda. La historia no se reescribe: se asume, con sus sombras y con su sangre. Lo demás es la neolengua del poder, esa en la que la mentira se disfraza de arte, la impunidad de reconciliación, y la barbarie de «genialidad».

@IrreverentesCol

Publicado: noviembre 5 de 2025