Día de la Hispanidad

Día de la Hispanidad

El 12 de octubre es la fecha en la que la historia universal dio un viraje irrevocable. Quien pretenda llamarlo «invasión» o «genocidio» miente con descaro o repite consignas huecas. A partir de ese día, el Nuevo Mundo dejó de ser un territorio de sacrificios humanos y antropofagia ritual para abrirse a la cultura, al derecho, a la ciudad, a la lengua española y, sobre todo, a la fe en Cristo. No fue, como insisten los indignaditos, la conquista del oro y de la sangre; fue la conquista de las almas y la siembra de la civilización.

Antes de la llegada de Colón, lo que hoy algunos presentan como un paraíso incontaminado era, en realidad, un escenario de violencia tribal, pirámides manchadas con la sangre de cautivos, ídolos insaciables que reclamaban vidas humanas, pueblos sometidos por la fuerza de los más crueles. Esa fue la realidad con que se encontró España, y frente a la barbarie respondió no con destrucción, sino con orden, con educación, con ilustración y, por supuesto, con la Verdad. 

En consecuencia, es grotesco oír las consignas que afirman que España «esclavizó» a los indios. Bastaría con recordar las Leyes de Burgos de 1512 para que se desplome ese edificio de propaganda. Fernando el Católico, con fundamento en las denuncias de los frailes, promulgó aquel código que reconocía a los indios como «hombres libres y vasallos de la Corona», y no como bestias de carga. Allí se reguló el trabajo para que no excediera los nueve meses al año, con cuarenta días de descanso; se prohibió forzar a niños menores de catorce años y a mujeres embarazadas; se ordenó a los encomenderos dar alimento suficiente, vestimenta y atención médica; se mandó que cada comunidad tuviera Iglesia y misa dominical; se prohibió llamarlos «perros» y se dispuso instruirlos en la doctrina cristiana.

¿Puede hablarse de esclavitud allí donde la autoridad real dicta leyes que reconocen la dignidad del indígena, que moderan las jornadas laborales, que obligan al descanso, al sustento y a la evangelización? Quien insista en ello no hace historia, sino caricatura. Las Leyes de Burgos son testimonio de que España no llegó a América a degradar al indio, sino a incorporarlo al orden cristiano.

Ahora bien, juzgar los hechos ocurridos hace 500 años con los valores, las creencias y las sensibilidades del presente, no es, ni mucho menos, un ejercicio de lucidez moral, sino una forma sofisticada de estupidez. Es olvidar que los hombres de otras épocas actuaban dentro de los límites de su tiempo, de sus costumbres, de sus miedos y certezas. Pretender exigirles que se comportaran como lo hacen los hombres de hoy, con la mirada y la conciencia del siglo XXI, es tan absurdo como pedirle a un navegante del siglo XV que haya leído a Voltaire o que haya firmado la declaración de los derechos del hombre. Nada más torpe que erigirse de juez de pasado desde la cómoda superioridad del presente. 

España no impuso cadenas, erigió altares; no incorporó tiranía, fundó universidades; no trajo ídolos hambrientos de sangre, enalteció la Cruz redentora. Fue madre y no verdugo; fue forjadora de naciones y no destructora de pueblos.

Y frente al coro de los nuevos bárbaros que, con la bandera del resentimiento, llaman «opresión» a la evangelización y «genocidio» a la civilización, solo cabe responder con la verdad de la historia: América conoció su mayor dignidad el día en que recibió el Evangelio. Todo lo demás —el idioma, el derecho, la ciudad, la cultura— fue consecuencia de ese acontecimiento.

Esa es la realidad: antes de España, sacrificios humanos; después de España, Evangelio. Antes de España, tribus en guerra; después de España, Repúblicas. Antes de España, tinieblas; después de España, civilización.

Ese es el verdadero legado del Descubrimiento. Y por eso, lejos de vergüenza, el 12 de octubre merece lo que siempre ha tenido en el corazón de la Hispanidad: gratitud, orgullo y gloria.

@IrreverentesCol

Publicado: octubre 10 de 2025