Lo de Nueva York es uno de los episodios más vergonzoso de que haya memoria. El presidente de Colombia, hecho una verdadera piltrafa, con una guayabera arrugada y unos pantalones con restos de orina en la pretina, de pie en un taburete, megáfono en mano y acompañado por un sujeto que hacía las veces de traductor, a pesar de hablar un inglés muy posiblemente aprendido en un centro de estudios nocturno de la avenida Caracas, se graduó como facineroso internacional al servicio de la causa del terrorismo islamista.
Petro, en vez de representar a Colombia con altura, se comportó como un agitador de esquina, alborotando el orden público, incitando a la violencia y, lo más grave, llamando a los militares estadounidenses a desobedecer las órdenes de su presidente y comandante en jefe, Donald Trump, en el marco del conflicto entre Israel y la banda terrorista Hamas. Es decir, Petro no sólo insultó la institucionalidad norteamericana: intentó soliviantar a las Fuerzas Armadas de la mayor potencia del planeta, un acto sin precedentes y de la mayor gravedad.
El gobernante de Colombia es el principal validador internacional del terrorismo mahometano. Sus palabras, sus gestos y sus decisiones en política exterior lo han ubicado del lado equivocado de la historia, poniéndose hombro a hombro con quienes legitiman la violencia en nombre de ideologías radicales. Y lo hace cargando la bandera y la banda presidencial de Colombia, comprometiendo a toda la nación, exponiéndola al riesgo de ser percibida como aliada del terrorismo. Nada más nocivo, nada más irresponsable.
La reacción de los Estados Unidos, al cancelarle su visa, es no sólo entendible, sino plenamente merecida. Ningún país, con un mínimo de dignidad institucional puede permitir que un jefe de Estado extranjero intente socavar la cadena de mando de sus Fuerzas Armadas. El gobierno Trump actuó con firmeza, y Colombia debería entender que no fue un castigo contra el pais, sino un mensaje contra un sujeto peligroso que, en su delirio ideológico, ha procedido como un vulgar apartamentero, y no como el representante de una nación entera.
Petro, zascandil y brutal, reaccionó ante la noticia de la revocatoria de su visa, burlándose de la situación al decir que lo único que perdería sería la posibilidad de visitar al «Pato Donald». Esa frase, que pretende ser graciosa es, en realidad, un insulto a los Estados Unidos, a sus instituciones y a la relación histórica que ha sido pilar del desarrollo de Colombia.
Porque gústele o no al neocomunismo criollo, Estados Unidos no es un parque de diversiones; es el país más poderoso del mundo, la primera potencia económica, militar y tecnológica. Es el socio estratégico más importante que tiene Colombia.
Ridiculizar esa relación es, además de mezquino, una muestra del desprecio absoluto de Petro por los intereses de millones de colombianos cuyo sustento depende de la relación Bogotá-Washington.
Gustavo Petro es hoy un paria internacional. Una alimaña política que ha perdido todo respeto en el escenario global. Una cucaracha irresponsable que, en lugar de liderar a su nación, la arrastra hacia el fango de alianzas inmundas. Ha decidido aliarse con el mal. Ha escogido a los terroristas del Corán, a los narcotraficantes venezolanos, a los extremistas iraníes. Sólo falta que anuncie un acuerdo con Corea del Norte para completar su «epopeya» diplomática.
En los diez meses que le quedan en el poder, lo mínimo que debería ocurrir es que, alrededor suyo, se establezca un cerco internacional. Que sea bloqueado diplomáticamente que lo aísle, no a Colombia, sino a él como individuo tóxico para el orden global.
Finalmente, es necesario que los Estados Unidos vayan más allá. No basta con retirarle la visa a Petro. El Departamento de Estado debería cancelar las visas a todos los ministros, a todos los funcionarios del régimen petrista, a todos los que se benefician del neocomunismo colombiano. Medida que necesariamente debe extenderse a los familiares de esas personas.
Del mismo modo, resulta prudente impulsar de inmediato la deportación masiva de quienes, siendo propagandistas del petrismo, viven legal o ilegalmente en suelo norteamericano. Esa sería la señal más clara de que Estados Unidos no tolera ni valida a los que, desde la comodidad de un estatus migratorio, pretenden alimentar con sus arengas la expansión del caos.
Colombia merece un presidente que construya, no un agitador que destruya. Petro eligió ser despreciado y ser receptor de la burla. Ahora, que asuma la soledad y el aislamiento que él mismo buscó.
Publicado: septiembre 29 de 2025
