Lo que comenzó como una especie de carnaval de indignaciones identitarias, revestido de banderas de colores y cantos de amor, ha terminado convirtiéndose en un movimiento de odio brutal. El asesinato de Charlie Kirk, líder conservador de los Estados Unidos, en pleno corazón de Utah, debería haber sacudido al mundo como lo hizo el atentado contra John F. Kennedy. Pero no. La tibieza con que se ha informado, la cobertura edulcorada de los medios progresistas, y la retórica cobarde de los gobiernos, deja claro que esta guerra es real… pero silenciada.
En Colombia, apenas un mes atrás, fue asesinado Miguel Uribe, otro joven defensor de la libertad, otra voz incómoda para el sistema, otro símbolo de la defensa de los valores. Ambos crímenes, cometidos en contextos distintos, pero bajo la misma lógica de exterminio ideológico, confirman lo que muchos se han negado a admitir: el progresismo es hoy una ideología criminal. Lo fue también el comunismo soviético que fusiló a disidentes en masa, lo fue el maoísmo que exterminó millones en su Revolución Cultural, y lo es hoy el progresismo que, disfrazado de lucha por derechos humanos, incita a la violencia contra todo el que defienda a Dios, la familia, la propiedad privada o el orden natural.
Durante mucho tiempo, se dijo que no debía exagerarse. Que los activistas del arcoíris eran inofensivos, que el homicidio de bebés en el vientre era un «derecho», que los indignados solo querían un mundo mejor. Y mientras el mundo civilizado bajaba la guardia, la revolución avanzaba. Primero en las universidades, luego en los parlamentos, después en las cortes constitucionales… y ahora, en las calles y los cementerios. Cada nueva conquista ideológica ha traído aparejada una cuota de sangre.
Charlie Kirk no murió por capricho de un demente solitario. Murió por ser un símbolo de resistencia frente a un modelo que pretende reconfigurar el mundo sin moral, sin Dios, sin raíces. Murió por recordar que la libertad es un don sagrado. Murió por atreverse a decir que no todo deseo puede convertirse en derecho, que no toda forma de «amor» es virtuosa, que no toda reivindicación es justa.
Y aquí estamos, haciéndole frente a una guerra no declarada, pero brutalmente real. Una guerra que comienza en los algoritmos de censura digital, que continúa con los linchamientos en redes sociales, que se refuerza con amenazas, ataques físicos, cancelaciones laborales… y que desemboca, inevitablemente, en las balas. Porque cuando se normaliza el odio ideológico, cuando se criminaliza al adversario, cuando se reduce al disidente al estatus de enemigo de la humanidad, el paso siguiente es su eliminación.
Por eso acierta el presidente Donald Trump cuando anuncia que librará una guerra frontal contra el terrorismo al interior de su país. No es una metáfora. Es una urgencia. Porque si la sociedad no reacciona, si los pueblos libres no se levantan con dignidad, si los cristianos no recuperan el coraje de los mártires, no se perderá una contienda política, sino la civilización misma.
Colombia debería mirar con atención lo que ocurre. La izquierda radical ha cooptado las instituciones, ha manipulado la narrativa, ha perseguido a sus contradictores con saña judicial, ha asesinado líderes conservadores y ha infiltrado al Estado con militantes revolucionarios. No se trata de un giro ideológico, sino de un asalto al alma de la nación. De una tentativa sistemática por reemplazar la cultura de la Cruz por el caos nihilista de la hoz y el martillo, ahora travestido de bandera inclusiva.
Vivimos —aunque a muchos les cueste admitirlo— una guerra global, silenciosa y asesina. Y como en toda guerra, hay dos caminos: rendirse o combatir. El primero es indigno, el segundo es imperativo. Porque como bien advirtió Solzhenitsyn, «vivir sin mentiras» es la primera trinchera que hay que recuperar. Y decir la verdad —aunque duela, aunque incomode, aunque ponga en riesgo la propia vida— es el acto fundacional de toda resistencia.
El terrorismo hoy se disfraza de «empoderamiento», se expresa en parlamentos, y se financia desde fundaciones que promueven agendas de destrucción antropológica. El islamismo radical, otrora enemigo externo de Occidente, ha sido incorporado como aliado táctico de la progresía global. Esa es la infame paradoja de nuestros días: mientras queman iglesias en Europa, los defensores del islam son premiados en las universidades; mientras se crucifica a los cristianos en África, los verdugos son exaltados como mártires.
La civilización cristiana no puede seguir cediendo. Si no se planta, si no se defiende, será barrida. La guerra ha llegado, y no la hemos declarado nosotros. Pero la hemos recibido. Y ahora, como dijo Chesterton, «la verdadera batalla no es entre fe y duda, sino entre fe y desesperación». Que no nos encuentre cobardes.
Publicado: septiembre 22 de 2025
