En Colombia, donde la política devora hasta a los muertos, lo más grave no es ya que asesinen a un joven como Miguel Uribe Turbay, sino que a su viuda, María Claudia Tarazona, se le niegue incluso el derecho a narrar lo que vivió. Su testimonio sobre lo ocurrido durante el velorio —cuando según ella María Fernanda Cabal se le acercó con un micrófono encendido y con palabras que ella interpretó como amenaza— ha desatado una oleada de insultos e incredulidad de algunos fanáticos irreflexivos.
Los seguidores de Cabal se han aferrado a dos argumentos débiles: que Cabal es «frentera» y, por tanto, no amenaza sino que dice las cosas de frente, y que existe un video —sin audio y de uno de los tres días que duró el velorio— en el que no se oye nada. Esos panditos de barricada pretenden, con sofismas de preescolar, borrar la voz de quien acaba de perder a su esposo asesinado. Pero la palabra de una viuda no se despacha con clichés ni con grabaciones mudas.
El primer hecho objetivo es que Cabal portaba un micrófono encendido en pleno funeral, frente al féretro y a los hijos del muerto. Tarazona le pidió que se lo quitara; Cabal se negó en un primer momento y luego lo entregó a una colaboradora. Eso está probado y no es un detalle menor: una viuda en duelo no se fija en bagatelas. El micrófono existía, y el gesto intimidante también.
Segundo: Tarazona afirma que Cabal le espetó frases como «tú no conoces Colombia, tú no sabes cómo es este país». En un contexto distinto esas palabras podrían sonar anecdóticas; en medio de un funeral, con el cuerpo del esposo asesinado a pocos metros, son dinamita pura. En ética política los contextos pesan más que las palabras. Lo que pudo ser un comentario fuerte se convirtió, por el escenario y la intención percibida, en lo que María Claudia Tarazona califica como «amenaza». Negar esa posibilidad es borrar la humanidad misma de una mujer en duelo.
Tercero: los defensores de Cabal muestran ese video como prueba concluyente de que no hubo amenaza. Pero el video no dice nada: no tiene sonido, y por lo tanto es imposible corroborar o refutar lo que denuncia Tarazona. Reducir la credibilidad de una víctima a un registro visual sin audio es un disparate lógico. La falacia es evidente: confundir la falta de registro con la inexistencia del hecho. El derecho, la ética y el simple sentido común enseñan que «ausencia de prueba no es prueba de ausencia». Y en contextos como este, el principio debe ser claro: a la víctima se le oye y se le concede presunción de veracidad, salvo evidencia flagrante en contrario.
Cuarto: ¿Qué incentivo real tendría Tarazona para inventar esta historia? Ninguno. Ya perdió lo más valioso: su esposo. Levantar una denuncia de este calibre la expone a la lapidación pública, a la sospecha y al señalamiento. Nadie en su sano juicio inventa semejante testimonio para «favorecer la precandidatura» de su suegro, como sostienen los maliciosos. Y si esa fuera la supuesta estrategia, ¿cómo se explica que la propia Tarazona en la entrevista con RCN hable bien de Paloma Valencia, rival interna de Miguel Uribe padre? El argumento conspirativo se derrumba solo.
Lo que sorprende y asquea es la ligereza con que se intenta silenciar a María Claudia Tarazona: que está «politizando» el dolor, que quiere «reventar» la campaña del Centro Democrático. Como si la política estuviera por encima del respeto al duelo. Como si el cálculo electoral pesara más que el derecho de una mujer a relatar cómo se sintió amenazada en el momento más oscuro de su vida. Quienes esgrimen ese argumento revelan su verdadera jerarquía de valores: primero la campaña, luego el cadáver.
Algunos miembros del Centro Democrático, en lugar de tomar en serio la denuncia, ha preferido cubrirse con el manto del cinismo. Se habla de «guerra sucia» interna, de divisiones y estrategias. Pero lo que está en juego no es solo una pugna electoral: es la credibilidad de una mujer que merece respeto. La pregunta es simple: ¿qué mensaje se envía al país si se desacredita, con argumentos tan pobres, a quien denuncia sentirse intimidada en medio de un funeral?
No se trata de elegir entre Tarazona y Cabal. Se trata de entender que, en una democracia, la voz de la víctima se oye, aunque incomode. Que el duelo no se usa como ariete político, pero tampoco se silencia con la excusa de que en el famoso video, sin audio, «prueba que no hubo amenaza». El relato de Tarazona muestra signos claros de credibilidad: coherencia en su versión, elementos objetivos (el micrófono, la cercanía, la frase), ausencia de contradicciones y, sobre todo, el altísimo costo personal que le representa hacerlo público.
La lapidación política contra la viuda de Miguel Uribe es deleznable. Más allá de Cabal, del Centro Democrático y de las precandidaturas, está en juego algo mayor: la dignidad de la palabra de quien ya lo perdió todo. Y si la política colombiana es incapaz de respetar siquiera a una viuda, entonces queda confirmado que ese país ha decidido darle la espalda no solo a la verdad, sino también a la mínima decencia.
@IrreverentesCol
Publicado: septiembre 16 de 2025
