Los progresistas de hoy repiten el libreto macabro del comunismo del siglo XX. Predican amor y tolerancia mientras siembran odio y muerte. Esa es la verdadera naturaleza del progresismo: una máscara moral para justificar crímenes políticos. No es una ideología de la inclusión, sino un proyecto totalitario que no soporta la disidencia ni la libertad.
El asesinato del líder conservador Charlie Kirk en Utah, a manos de un fanático izquierdista, debería sacudir al mundo libre. Kirk, que fundó Turning Point USA, se convirtió en un referente de las nuevas generaciones que resisten el adoctrinamiento woke, el feminismo demente y el racismo invertido que hoy se disfraza de justicia social. Su muerte no fue un hecho aislado. Fue un crimen político. Un asesinato de odio: lo mataron por alzar la voz en defensa del cristianismo, por enfrentar a la ralea progresista con verticalidad y ardentía.
En Colombia, hace poco más de un mes, también cayó Miguel Uribe. Un joven brillante, valiente, con futuro político, abatido por las balas del Estado narco-socialista. Un régimen que ha convertido la represión en política pública y la persecución judicial en estrategia electoral. Uribe fue víctima de la violencia oficial, la misma que hoy se esconde detrás de discursos vacíos sobre paz y derechos humanos.
Los paralelos históricos son ineludibles. Lenin hablaba de emancipación mientras firmaba listas de fusilados. Stalin llenó los campos siberianos con poetas, sacerdotes y campesinos acusados de «enemigos del pueblo». Mao exterminó a millones en nombre de una utopía igualitaria. Hoy, el progresismo digitalizado opera con las mismas lógicas, pero con nuevas herramientas: difamación mediática, censura en redes, tribunales ideologizados, y cuando eso no basta, la violencia física.
Lo advirtió el gran Albert Camus: «Todas las formas de salvación que prescinda de la libertad del hombre conducen al asesinato». El progresismo no respeta la libertad porque no puede coexistir con ella. No cree en el disenso, sino en la imposición. No busca la convivencia, sino la anulación del otro. Por eso, mata.
El discurso progresista, con su lenguaje empalagoso y su pose compasiva, es profundamente hipócrita y canalla. Detrás de cada consigna inclusiva hay un desprecio feroz por la vida de quienes piensan distinto. Detrás de cada marcha por la diversidad hay un odio larvado contra la tradición, la familia y la fe. Detrás de cada política de «igualdad» hay un deseo de reingeniería social que, como toda utopía totalitaria, termina en sangre.
¿Dónde están los defensores de los derechos humanos? Callan, cuando el muerto no es de izquierda, sino un conservador. Porque el asesino no es de derecha, sino «progresista». Porque la víctima, a fin de cuentas, es un «fascista».
Los crímenes del progresismo deben ser denunciados con la misma fuerza con que se denunció el totalitarismo. Su violencia es la misma. Su desprecio por la vida humana es el mismo. Su afán de control absoluto es el mismo. Lo único que cambia es la estética y el léxico.
El mundo está inmerso en una guerra silenciosa, pero profundamente destructiva. No se libra con uniformes ni tanques, sino con discursos, cuchillos y pasaportes. La civilización de la Cruz —esa que nos dio la dignidad humana, la libertad de conciencia, la razón crítica y el Estado de Derecho— está sitiada. Y uno de los arietes más eficaces del progresismo global es el islamismo radical, convertido hoy en su comodín ideológico. Mientras la izquierda habla de «inclusión» y «diversidad», respalda sin vergüenza a regímenes, milicias y fanáticos que odian la libertad, desprecian a las mujeres y anhelan la destrucción de todo lo que Occidente representa.
No es casualidad que, allí donde la progresía triunfa, también crece la tolerancia hacia el antisemitismo, la glorificación del terrorismo islámico y el relativismo cultural más obsceno. Esa alianza impía entre el progresismo decadente y el islamismo criminal representa una amenaza existencial. El asesinato de líderes como Charlie Kirk, el silenciamiento de voces incómodas, la demolición de símbolos cristianos en nombre de una supuesta justicia postcolonial, son señales inequívocas de que la batalla ya ha comenzado. Si el mundo libre no reacciona con firmeza, no quedará más que el lamento tardío de quienes, en nombre de los «derechos», les abrieron la puerta a los verdugos.
@IrreverentesCol
Publicado: septiembre 11 de 2025
