Colombia se pregunta a diario cómo fue que llegó a este estado de descomposición, con las instituciones desbarajustadas, la justicia convertida en un circo ideológico, la violencia disparada y el narcotráfico campante. La respuesta tiene nombre y apellido: Juan Manuel Santos. No hay que darle más vueltas. Santos fue el que sembró la semilla de la impunidad, el que enseñó a los criminales que el Estado de derecho era negociable y el que entregó la majestad de la República a los narcoterroristas de las FARC.
Ese personaje, que llegó a la Presidencia con los votos del uribismo y la promesa de continuidad en las políticas implementadas durante los dos cuatrienios de Álvaro Uribe, no tardó en traicionar a quienes lo eligieron. Su verdadero legado fue la estafa política, el cálculo frío y la obsesión por su propio premio Nobel, obtenido al precio de la rendición nacional y la entrega de ricos bloques petroleros a la empresa noruega de hidrocarburos. Desde ahí se entiende todo lo que se vive hoy en Colombia
Fue Santos quien, con su mal llamado «proceso de paz», instauró la lógica perversa de que el crimen paga. En vez de cárcel, curules. En vez de justicia, impunidad. En vez de reparación, mermelada para los suyos. La Justicia Especial para la Paz, esa maquinaria de absoluciones disfrazada de tribunal, fue la criatura que parió Santos para otorgar certificados de buena conducta a genocidas, violadores y narcotraficantes. Hoy, esa misma JEP sirve como tribunal político, en el que los militares son humillados y los terroristas tratados con guante de seda.
El origen del complot judicial contra Uribe también hay que buscarlo en Santos. Fue en sus oficinas, en sus cenáculos de poder y en su infinita capacidad de intriga donde se urdió la tramoya que hoy mantiene al expresidente como víctima de una persecución descarada. Santos sabía que para consolidar su pacto con las FARC necesitaba sacar del camino al único hombre que representaba un obstáculo real: Álvaro Uribe Vélez. Y para ello no le tembló la mano a la hora de poner en marcha toda la maquinaria judicial y mediática a su servicio. El oscuro magistrado en cuyo despacho empezó la persecución, recibió cientos de millones de pesos del gobierno Santos.
A todo esto, se suma un hecho por el que nunca ha respondido: sus campañas presidenciales en 2010 y 2014 fueron financiadas con la plata sucia de Odebrecht. Ahí están las pruebas, ahí están los testimonios, ahí está el silencio cómplice de la justicia colombiana que jamás se atrevió a tocarlo. Mientras a otros los crucifican por mucho menos, Santos sigue impune y protegido.
No hay que olvidar tampoco el episodio más indignante de la historia reciente: el robo descarado del resultado del plebiscito de 2016. El pueblo colombiano votó NO, de manera clara y mayoritaria, al acuerdo con las FARC. Pero Santos, fiel a su estilo tramposo y manipulador, decidió que la voluntad popular era un estorbo. Convirtió ese NO en un SÍ a punta de maniobras parlamentarias y de componendas en los pasillos del Congreso. Ahí se consumó la demolición de la democracia: si el voto del ciudadano no vale, ¿qué queda de la República?
Las consecuencias están a la vista. Si hoy Colombia nada en coca es porque Santos desmontó la política de erradicación y sustituyó la seguridad por discursos de reconciliación que nunca se tradujeron en hechos. Si hoy la violencia crece es porque Santos empoderó a los violentos. Si hoy la institucionalidad está podrida es porque Santos le enseñó al país que todo puede negociarse, y que el poder presidencial corrupto está por encima de la ley.
El legado de Santos no es la paz; su verdadero legado es la impunidad, la desconfianza, la mentira elevada a política de Estado. Santos abrió las puertas del país a la descomposición que hoy se padece, y sus cómplices siguen manejando los hilos de la justicia y de la política, garantizando lo más importante: que él nunca rinda cuentas.
Colombia debe tener memoria. Los males que la martirizan no son fruto de la casualidad ni de la improvisación del presente. Son el resultado directo de la obra calculada de un hombre que, en su ambición, vendió al país, traicionó a su pueblo y deshonró las instituciones. Se llama Juan Manuel Santos, y la historia no lo absolverá.
Publicado: septiembre 1 de 2025
